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Dayrí Blanco / @Dayriblanco07

El teléfono despertó a Maryubí Pinto. Dos notificaciones llegaron casi simultáneamente. Vio la hora, eran las 3:30 a.m. El buzón de entrada tenía primero en la lista de mensajes uno de su hermana que estaba “marcando la cola” en el supermercado chino de la urbanización. “Van a sacar harina y arroz”, leyó. El segundo era el texto que espera con ansias cada mes: el depósito de su bono de alimentación. No pudo dormir más. Se preparó para la jornada que le tocaría enfrentar: dos colas. En una perdería 15% de su ingreso a cambio de efectivo, y en otra 85% restante  para comprar lo poco que consiguiera en los anaqueles.

No le preocupaba el sol o la lluvia. Estaba lista para cualquier escenario. Llevaba su sombrilla y un gran pedazo de plástico con el que se tapaba de la condición ambiental que se presentara. A las 6:00 a.m., una hora y media antes que abriera el establecimiento ya estaba en la primera fila. 25 personas se le adelantaron. “Esos madrugaron”, expresó resignada a esperar al menos 120 minutos desde que el primer cliente entrara a cambiar dinero electrónico por billetes, requisito para poder comprar los kilos de comida que de manera regulada le iban a vender en la otra cola.

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