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Heberlizeth González [email protected]

Muy imponentes, con fusil empuñado y gritando a “todo el mundo”, estaban los guardias en el portón principal del  Hyperlider en Flor Amarillo. Milagros, de 6 años, repetía: mami vámonos, mami vámonos, mientras su mamá la tenía entre sus brazos y pedía permiso entre las personas para que la dejasen pasar a comprar cuatro paquetes de harina de maíz.

Juana Margarita, solo tiene a Milagros. Aunque en ese supermercado prohibieron llevar niños, fue con su hija porque no tiene con quien dejarla. Debe cuidar de una quemadura que sufrió en el brazo mientras cocinada en fogón en una humilde vivienda en La Fila, vía Noguera. Recurrió a ese método antiguo porque se le acabó el gas y en esa zona de campo es más difícil comprar la bombona.

El hambre obligó a Juana Margarita a cargar con su pequeña y cambiar la rutina de este martes: aguantar sol y posiblemente agua para llevar comida a su casa. Pedir dinero en el periférico de La Isabelica, porque desde hace años que no consigue trabajo, lo dejó para otro día.

Cuando comenzaron a lanzar bombas lacrimógenas, Juana Margarita corrió con su hija en brazos para evitar que se asfixiara. De los nervios se orinó. Ya se acercaba el mediodía y la mujer seguía allí, parada frente a los hombres de verde rogando que le permitieran la entrada al establecimiento.

José Pérez es activista de los DDHH. Llegó a las 6:00 a.m para formarse en la fila y no logró comprar. Prefirió irse a su casa con las manos vacías ante la tensa situación que vivió temprano en el Hyperlider.

Es un abuso de autoridad que los Guardias Nacionales y los PNB lancen bombas lacrimógenas en un lugar donde hay niños y personas de la tercera edad. A los gobernantes les digo que aquí no hay oposición u oficialistas. Nadie tiene una bandera. Aquí hay hambre, afirmó el hombre entrado en años.

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