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Fabio Solano | [email protected]

“Estábamos reunidos alrededor de la lámpara, cuando una imprevista brisa amenazó con apagarla. Nos apresuramos a subir la mecha para que la pequeña llama resistiera el embate del viento”. Aunque usted no lo crea, esas palabras no se refieren al inicio de una crónica de 1800. La verdad, corresponden al viernes 10 de junio del 2016 en la sala de nuestra casa, cuando sufríamos el racionamiento de electricidad en el horario más odiado de cualquier día, de siete a diez de la noche. La lámpara, un tanto descascarada, tenía veinte años que no se usaba. Eran de los peroles que se guardan en el cuarto de los corotos, luego de abandonar la fiebre por la playa, esa de ir a dormir en carpas en cualquiera de las islas de Morrocoy. Cuando el gobierno impuso el racionamiento eléctrico, recordamos la vieja lámpara de kerosene. Estaba cubierta por el polvo, pero en perfectas condiciones. La mecha se consiguió en los alrededores del periférico, y el combustible en una bodega de San Blas.

Y justo con esta lamparita de kerosene, la cual también sirvió para alumbrar la cena de esas oscuras noches de los viernes, regresamos en la memoria al pasado familiar. Parecida a esta era la lámpara que iluminaba las noches en la finca de mi tío Luis, cerca de la frontera, adonde íbamos a pasar vacaciones escolares. Luego de un agitado día con el ganado, o batiendo (y comiendo) melcocha recién salida del trapiche, en el corredor se reunía mi tío con toda su prole, doce hijos. Y bajo la luz de aquella lámpara contaba sobre la bruja que había derribado del enorme árbol de enfrente, una noche justo a las doce; o de cómo había cazado a tiros al zorro que atacaba a las gallinas en la madrugada. Recordando aquellas vacaciones de mediados del siglo XX, y comparándolas con nuestra obligada reunión de un viernes del 2016, de pronto un comentario sarcástico salió a relucir: “Caramba, parece que estamos retrocediendo en el tiempo, pero no por gusto, sino porque este gobierno nos está llevando hacia atrás”.

A los días confirmamos esa sospecha. Pasábamos frente a un Farmatodo cuando vimos la cola. Bajarnos e intentar incorporarnos fue cuestión de minutos. Llegamos tarde. Qué frustración. Cuando ya íbamos hacia el carro, vimos a dos policías municipales con sendos paquetes de azúcar y arroz. ¿Azúcar? Pero si no hay. Por los alrededores de un pequeño Corsa desfilaba la gente, llevando champús y crema dental y retirándose con azúcar u arroz. Nos acercamos y un joven nos dijo: “No tenemos de eso, y no nos toca el número, pero como sí tenemos arroz y azúcar, pues ahora lo cambiamos. ¿Qué hay de malo en eso?”. Al rato llegamos a nuestra casa y hablamos con la señora que plancha. “María ¿Usted sabe de alguien que cambie crema dental por azúcar?” Y ella: “En Tinaquillo donde vive una hermana mía cambian de todo. Aceite, mantequilla, arroz, pasta. Si quiere deme la crema y mañana le traigo el azúcar. Eso sí, deme la de 150 gramos. No menos”. Y al otro día María apareció el apreciado kilo de azúcar (los bachaqueros lo venden a 3 mil bolívares). Una bolsa plástica  cubierta de frases políticas, con un dibujo de Bolívar a caballo. La sensación de que nos estamos devolviendo en el tiempo se hizo presente otra vez.  Lámparas de kerosene, trueque de comida y medicinas ante la escasez, sin harina Pan, ni aceite para cocinar, nada de espagueti o mayonesa, cortes de electricidad, agua en tambores oxidados, todos en sus casas a las siete de la noche, cero usar relojes, cadenas o zarcillos de oro (el hampa no perdona), nada de ropa nueva, los mismos zapatos ahora reparados, los telecajeros no tienen dinero, los billetes de cien hay que llevarlos en carretilla, no hay trabajo ni esperanza.  Casi que vivimos como hace cien años. Fue cuando mi madre, nacida en 1928 y de quién puede afirmarse que ha vivido la historia de este país, dijo: “Este es el peor gobierno que he vivido en 88 años. Pero, tranquilo hijo, todos sabemos que lo que sube en algún momento debe bajar. Vendrán tiempos mejores”.

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