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La enfermedad acecha las áreas destruidas por
el huracán Matthew, lo que deja en evidencia la precariedad de los servicios de
salud y las terribles condiciones que deben soportar los haitianos.

Incluso antes de que los vientos y la lluvia
derribaran casi todo lo que estaba de pie, el cólera ya estaba aquí. Bajó desde
las montañas y se adentró en las vidas de miles de personas que alguna vez
vivieron arriba del río.

Ahora la única señal de vida está en una
clínica improvisada que recibe cientos de presuntos casos de cólera; se trata
de un pequeño edificio de concreto donde apenas algunas enfermeras se encargan
de una multitud de pacientes que llegan cada hora.

Solo queda un funcionario público. El cólera
atacó al alcalde y lo dejó buscando atención médica a pie y a horas de ahí. Un
subordinado murió a causa de la enfermedad. Otro huyó, como muchos otros, para
escapar de la ruina y las secuelas que dejó a su paso el huracán Matthew.

“El 90 % de nuestra aldea desapareció”, dijo
Eric Valcourt, un sacerdote de la parroquia católica que dirige la clínica y la
escuela que ahora sirven de refugio para quienes están demasiado enfermos o son
demasiado pobres para irse. “Muchos se fueron a pie para escapar de la
enfermedad y la devastación. El resto murió de cólera o a causa del huracán”.

Han pasado casi dos semanas desde que el
huracán destrozó este tramo remoto de la península sur de Haití; dejó un
paisaje apocalíptico de una zona rural sin árboles, con hogares destrozados y
una tierra despojada de sus riquezas naturales.

Sin embargo, para muchos el tormento apenas
comienza, pues el cólera, la enfermedad que provocó el último desastre de Haití,
se ha vuelto a extender.

Cerca de 10.000 personas han muerto y cientos
de miles han enfermado desde que el cólera apareció por primera vez a finales
de 2010. Los científicos dicen que llegó a Haití debido a un grupo de
conciliadores de las Naciones Unidas que se estableció en una base que derramó
desperdicios en un río. Después de años de desviar la culpa, las Naciones
Unidas reconoció este verano “su propia participación” en el sufrimiento que
Haití ha experimentado con la enfermedad.

Ahora, el cólera acecha áreas afectadas por el
huracán, una larga península de pueblos costeros y aldeas de montaña donde el
agua limpia ya era difícil de encontrar mucho antes de la tormenta.

En la localidad remota de Rendel, que está a
cuatro largas horas del camino pavimentado más cercano, la enfermedad se ha
extendido a cada resquicio de este valle y las colinas en lo alto.  “Todos estamos en riesgo”, dijo el último
funcionario de Rendel, el magistrado Pierre Cenel.

El pueblo de Rendel y sus alrededores, que
alguna vez albergaron a 25.000 personas, son el epicentro de un desastre
potencial. Miles se han ido a pie, vadeando un río que llega a la cintura de
las personas y se desvía tan a menudo que requiere nueve cruces a lo largo del
camino. Las cosas que llevan son todo lo que les queda: bolsas rotas de ropa y
ganado pequeño.

Una familia se preparó para cruzar el río; la
hija más joven llevaba un vestido morado con un suéter rosa y una gallina viva
en los brazos. “No sé qué haremos, pero no podemos vivir aquí”, dijo su padre,
Donald Agustin, de 37 años, mientras balanceaba un portafolio negro por encima
de la cabeza. “La gente está muriendo de cólera”.

Quienes se quedaron son testigos de la lenta
propagación de la miseria. Las heroicas enfermeras cuidan a los pacientes
extendidos en el suelo como muñecos de trapo; algunos descansan encima de las
camillas improvisadas. Otros pacientes vomitan y defecan en el suelo o en
pequeños baldes amarillos; están demasiado enfermos como para levantarse de sus
sofocantes confines. Los desechos se vacían en un hoyo en la colina ubicado
justo detrás de la clínica, donde esperan la siguiente tormenta para
desbordarse de nuevo. El olor a bilis y excremento irrita las fosas nasales.

Los pacientes vienen y van para escapar de la
peste y el calor sofocante, mientras los familiares se arriesgan a enfermarse
con tal de atender a sus seres queridos. Muchos se rehúsan por completo a ir a
la clínica por temor a que los culpen del brote. Una sola linterna es la única
fuente de luz para que las enfermeras trabajen durante turnos extenuantes de 12
horas.

Fuente: Trabajo Especial del New York Times
para las Américas.

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