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Dayrí Blanco

El campesino llegó con las pruebas en la mano a la puerta del periódico. Venía de Trapichito. Nadie lo conocía ni sabía que lo que tenía dentro de una vieja cesta significaría una dura lucha de la libertad de expresión contra la dictadura. Eran langostas. Pero no se trataba de cualquiera, sino de las que durante la primera guerra mundial arrasaron con la agricultura del país. Era una plaga que estaba de vuelta. Una información que no debía dejar de publicarse y que enfrentó a Eladio Alemán Sucre cara a cara con el régimen de Juan Vicente Gómez. La cárcel. El exilio. Nunca la censura.

Fue una noticia incómoda. Así lo sintió el general Santos Matute Gómez, quien era el presidente del estado. Era 1934. Época en la que la primera página de El Carabobeño conjugaba la política con los anuncios del Cine Mundial y su serie parlante “El fantasma del aire”, reseñas de peones heridos durante el arreo de toros y la publicidad de una marca de bicicletas.

Para la fecha Matute Gómez acababa de adquirir el fundo Guaparo, que se extendía desde La Ceiba hasta Naguanagua, y los aliados al dictador entendieron la publicación de la plaga de las langostas como una alusión indirecta a esa negociación. La intimidación empezó. El gobernador del distrito, coronel Esteban Fontiveros, con tono airado le reclamó a Alemán Sucre que la noticia era falsa. Al día siguiente el director del rotativo volvió al despacho del funcionario con la cesta de langostas en mano, pero no fue suficiente. Pasó 25 días tras las rejas y volvió a la libertad con vigilancia permanente y la presión justa para que decidiera el destierro a Cuba.

El Carabobeño siguió su camino. En medio de un clima de férrea represión a las libertades, empresas negadas a invertir en publicidad por la profunda crisis económica que vivían y el ataque directo del Gobierno a los medios de comunicación. Pasó en 1934. Pasa en 2016. La historia se repite.

NACIMIENTO Y RESPETO

No eran tiempos fáciles. Eladio Alemán Sucre lo sabía. 1933 estuvo marcado por una severa recesión económica y un poder militar en fase terminal y aún más represor. Eso no importó. La democracia siempre fue defendida en las páginas de El Carabobeño desde aquel 1 de septiembre cuando nació para convertirse en enemigo de la dictadura.

Ya en Valencia, Don Eladio Alemán Sucre tomó las riendas de su rotativo. Llegó de Cuba a una Venezuela distinta en 1936. La era democrática se sobrepuso a la dictadura y con ello se fundó cierto temor hacia la industria y su efecto sobre la opinión pública. El discurso de Luis Piñerúa Ordaz, ministro de Relaciones Interiores de Carlos Andrés Pérez, daba señales. El 19 de septiembre de 1992 expresó: “Yo respeto la posición de los medios. Quién se va a poner a pelear con ellos”.

Esa paz en ocasiones lucía artificial. Los enfrentamientos con la prensa estaban ahí, un poco ocultos pero relucientes cuando verdades muy incómodas eran difundidas. Carlos Andrés Pérez acusaba a los medios de ser responsables de muchos de los males que se vivían. El entonces presidente del Bloque de Prensa, Eduardo Alemán, director de El Carabobeño, lo refutó con fuerza: “Las noticias malas no las inventan los medios”.

REVOLUCIÓN DEL ATAQUE

La llegada de Hugo Chávez al poder fue determinante. A días de ganar la presidencia aseguró que se negaba a colocarle calificativos a la información. 10 meses más tarde cambió de parecer, al reflexionar sobre la veracidad de la información, planteada por la Asamblea Nacional Constituyente en 1999. “Ese concepto no debe ser incluido en las leyes. Pudiera darle paso a la figura nefasta de los censores para que el Gobierno asuma una posición arbitraria, autoritaria, que pudiera restringir la libertad de expresión”.

Su discurso, sin embargo, se tornó cada vez más agresivo, conforme instauraba su proyecto socialista. En marzo del 2000 dijo a dueños de medios: “Si me atacan recibirán plomo de acá, aguanten entonces el plomo parejo. Detrás de la supuesta libertad de expresión, lo que hay es libertad de manipulación”.

El Carabobeño fue víctima de lo que vino después. En 2009 la sede fue atacada dos veces: en abril y en julio. Rayaron las paredes con expresiones como “viva Chávez” y “pitiyanquis”, y dañaron obras de Braulio Salazar, ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas. En la segunda oportunidad el alcalde de Valencia, Edgardo Parra estaba al mando. El 30 de junio 2009 la corresponsalía en Puerto Cabello también fue atacada.

Como una campaña mediática opositora calificó el alcalde Parra informaciones publicadas sobre la salida de Manuel Zelaya del poder en Honduras y también sobre el mal estado de la vialidad, en un aviso que pagó en varios medios regionales el 4 de agosto de 2010. El 31 mayo de 2013 una periodista fue sacada de una reunión de Dante Rivas, entonces ministro de Ambiente con alcaldes. El  4 junio de ese año un militar arrebató la credencial a una reportera en las afueras de la gobernación durante una protesta, y el 31 de octubre de 2014, Nicolás Maduro denunció una campaña de la prensa contra el Ejército con caricatura en mano de Bozzone de El Carabobeño.

CERCO TOTAL

Nada fue suficiente. El Gobierno quería aplicar un cerco definitivo. Y lo hizo con el manejo absoluto de la importación y comercialización de papel prensa. En 2013 creó el Complejo Editorial Alfredo Maneiro (CEAM) que se convirtió en el ente monopolizador de la materia prima, con un récord en la caída de suministro del insumo.

Ese año El Carabobeño dejó de recibir divisas y puso fin a la relación de décadas con proveedores tradicionales. Las gestiones no se dejaron de hacer. Se logró ser parte de la lista de clientes del CEAM, pero por poco tiempo. Desde febrero de 2015 los despachos fueron cada vez más irregulares. Se tuvo que prescindir de productos editoriales y se pasó de un estándar de cuatro cuerpos a solo dos, hasta llegar a un tabloide que se redujo de 48 a 32 y a 16 páginas finalmente. En marzo de 2015 el CEAM despachó las últimas 72 bobinas y luego se debió comprar otra cantidad de insumo a precio de bachaqueros, que alcanzó hasta el 17 de marzo de 2016, cuando se imprimó la última edición del diario. Una prueba clara de que en dictadura los gobiernos devoran la Libertad de Expresión como las langostas los cultivos.

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