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Beatriz Rojas/@rojas_beatriz

Los gritos de las mujeres intentando hacerse un puesto cerca de la entrada del supermercado, llamaba la atención de todas las personas que este jueves al mediodía pasaba por la avenida Bolívar. Había llegado harina de maíz y todos querían comprar.

A los alrededores del supermercado San Diego se formaron dos colas, una de la tercera edad y minusválidos, y la otra para el resto de los compradores. Pero esta vez había otra conformada por mujeres con niños en brazos. De allí provenían los gritos. Niños sudados, dormidos y muchos de ellos llorando, permanecían cargados por sus madres, pues se convirtieron en el pasaporte para tener ingreso prioritario en el establecimiento comercial.

Hilda Torrealba vino de Puerto Cabello a comprar con sus dos hijos, una niña de meses y el varón de tres años. De allá salió a las 2:00 de la madrugada y a las 12:00 del mediodía, ya había comprado pañales en Abastos Bicentenario e intentaba adquirir la harina. Realmente se veía difícil que pudiera llevarse los 4 kilos, porque ya tenía dos bolsas, un bolso, los dos niños y su cartera, pero allí estaba esperando.  “Es que en Puerto Cabello no se consigue nada”, comentó.

Otra mujer la instó a Hilda a meterse entre el grupo que gritaba, pero se negó por tomar en cuenta que le podían ahogar a uno de los niños.

En la fila de la tercera edad, algunas personas se empujaban para impedir que alguien les quitara el puesto, lo cual incomodó a varias féminas que esperaban esperar en orden.

Unos metros más abajo, un gentío seguía esperando que se vendiera algún producto a precio regulado en el Central Madeirense.

En los alrededores de varios supermercados del centro de la ciudad, se observó un buen número de personas sentadas en las aceras, a la espera de que llegara algo para comprar.

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