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Ana Isabel Laguna / @anaisabellaguna

Es un tema común entre los médicos, que las consultas están bastante difíciles por la situación económica, pero cuando llega un psiquiatra a cualquier sitio se les bromea expresándoles que “seguro les está yendo muy bien”, porque más de una persona anda angustiada por la escasez alimentaria, la inseguridad y pare usted de contar. Y sí: Ha aumentado la demanda de las consultas por trastornos de ansiedad, depresivos, o ya sea por el duelo ante el familiar o el amigo que decidió emigrar, de acuerdo con lo revelado por la psiquiatra y psicoterapeuta, Tibaire González.

Aparte de la diatriba política, la atmósfera económica afecta a todos, lo cual para el organismo es una amenaza, una demanda de adaptación. Es sinónimo de estrés. El problema es que si es crónico, si es un día a día, que se mantiene por años, va desgastando nuestra capacidad de adaptación, refirió la especialista. Y llama la atención, según las consultas de la psiquiatra, que son los jóvenes los que lideran la lista.

“Cada vez son más los jóvenes con trastornos depresivos, probablemente porque no ven futuro, quieren estabilizarse y ven que adquirir esos bienes que tradicionalmente siempre se fijan los jóvenes profesionales se les complica, pero esto es grave, porque se pierde la capacidad de soñar, y es cuando se habla de estrés crónico”. Aclara que también se ven casos en personas establecidas, pero que ante la situación del país están en el dilema de ‘irse o quedarse, pero con el apego a la familia ello conllevaría a reinventarse en otra nación; al igual que en las parejas mayores en que sus hijos ya han emigrado a varios países y se sienten solos. Prevaleciendo así, trastornos de ansiedad, trastornos de miedo, depresión, entre otras patologías psicosociales.

¿Y qué hacer para lidiar con esta realidad que alberga a las familias venezolanas? “Hablar del estrés crónico es como hablarles del agua a los peces, porque todos estamos inmersos nadando en una situación donde respiramos estrés, incertidumbre, un ambiente hostil; un tema que pareciera ser trillado, pero el cómo enfrentarlo es lo que realmente es interesante”.

El mejor antídoto contra el miedo es el amor, no es el valor, sentencia la especialista. “No tiene sentido que llegue a la casa diciendo que voy a matar a los secuestradores, creándole ansiedad a la pareja y a los niños. Entonces, si yo entro a mi espacio, tengo que hacerlo amoroso. Hay algo muy importante, siempre digo: el cuento que yo me cuento es importante. Hay una realidad con la que estamos lidiando constantemente, pero para qué voy hablar de ello en la mesa o en la cama”.

Aunque se tiende a metabolizar las preocupaciones en casa, la fórmula es la disciplina. No es minimizar la realidad, sino más bien no dejar que esa tensión entre a mi casa. Sonrío y abrazo, y vamos a contarnos cosas más positivas y eso no es disociarse de la realidad.

La idea es no caer en el juego de la ‘desesperanza’: Utilizando la creatividad, la flexibilidad, el sentido del humor y, sobre todo, el respeto hacia quien esté al lado. Hay tiempo para todo: tiempo de duelo, tiempo para llorar, para desesperarme; por ejemplo ante el cierre de mi negocio por el cual había puesto tanto empeño y qué voy a hacer, es momento de llorar. El problema es cuando la persona se queda persistente ‘pegado llorando’, en el que ‘no hay’, ‘no se puede, porque cuando se entra en desesperanza y se deja de soñar, es cuando nos pueden controlar realmente”, sentencia la psiquiatra.

Estas fortalezas descritas por González, las resume en la capacidad de superar las adversidades. Y la sintetiza en una palabra: “resiliencia”. Es multifactorial, analiza.

¿Y qué hace a una persona resiliente?: “Las personas que son flexibles, si yo tengo capacidad de adaptarme, de reinventarme, por ejemplo, si yo soy profesional de las leyes y me he dedicado a mi escritorio jurídico pero no está funcionando dada las circunstancias del país y estoy viendo que mi familia necesita apoyo, tengo que reinventarme, pero si me quedó encajonado ‘esto es lo que yo hice, esto es lo que yo soy’, entonces voy a estar entre la espada y la pared”.

Se observan casos de profesionales haciendo otros trabajos alternos en la alimentación o ingeniándose negocios. “Y esta creatividad es un punto dentro de la resiliencia, es decir qué me invento para poder afrontar y sobrevivir”.

Aunque la tesis de que las personas resilientes sean quienes provengan de sectores donde siempre han vivido con dificultades, la doctora Tibaire González no está completamente de acuerdo. Admite que esta fortaleza se ha evaluado más en los muchachos de un barrio para medir qué tanto de ellos salen de allí trabajando y logran construirse una vida mejor. “Pero, no quiere decir que esté circunscrita a las personas que nunca han tenido nada y por eso no extrañan nada.  Tiene que ver más con los recursos internos, psicológicos como la creatividad, el sentido del humor bien utilizado, pero no para descalificar o minimizar lo que nos está pasando”. 

Alecciona que no tiene sentido llegar a casa con una cara de amargura para contagiarla de un ambiente hostil. Lo recomendable es el podernos reír juntos permite que esta situación adversa de no saber qué va a pasar, de desabastecimiento, de que si va haber trabajo porque cierran las empresas, el hampa desbordada, es una situación de amenaza humana, no es cacería. Coloca nuestro cuerpo en alarma, y esto hace que se desgaste nuestro sistema no solo inmunológico, sino también psicológico, porque se vive en un miedo constante y eso no es normal.

¿Y el trastorno de ansiedad es igual a trastorno del miedo? “No, la diferencia fundamental es que el miedo es objetivo, es real, mientras que la ansiedad es la anticipación de algo malo que quién sabe si va a ocurrir. Por ejemplo, esas mamás muy preocupadas que viven diciéndoles a sus hijos “cuidado” por todo, que no es lo mismo ‘tengo un tigre al frente’, eso es miedo. Pero, no es normal vivir con un miedo constante”.

Y mientras algunos estudios refieren que en Venezuela en medio del caos, se está gestando un fenómeno positivo, que de la desesperanza aprendida en algunos ciudadanos se ha activado la desesperanza creativa, la doctora González más bien denomina “Esperanza creativa”. Cuando estamos creando, somos creativos, quizá sea nuestro recurso interno más sólido. Es el que nos empodera. No es esa creatividad de que voy a hacer un vivero en el techo, no es eso, sino que yo puedo ser libre cuando creo, es cuando yo soy yo; y si se me cierran un montón de puertas en qué puedo ingeniarme que sea congruente con mi persona. El asunto es que no se pierda esa capacidad de soñar.

¿Y cómo tener esa capacidad para no dejar de soñar? “No es disociarnos, lo que nosotros llamamos ‘defensas maníacas’, algo así de que ‘no se está hundiendo la Antártida’; si se está hundiendo, pero es ver qué invento para montarme en un barquito. No es negar la realidad, pero a veces estamos rodeados de personas que suelo llamar “realistas seudo-científicos”, esas personas que tienen un verbo  profundo y te dan 10 mil razones intelectuales por las cuales tú eres una “tonta, fresita, optimista”. Ok, pero mientras yo estoy aquí mejor soy una “tonta, fresita, optimista”, que sabe que estoy en guerra, pero se puede tener cadenas o grilletes, pero lo que pasa para dentro de mi corazón lo decido ‘yo’, a mí nadie me va obligar que no hay esperanza, que no hay salida, que no puedo soñar”.

-Y si en el peor de los escenarios vuela por completo el país, sigue estando la Tierra, la tierra implica la posibilidad de nuevas cosas por sembrar, crear. Insistió que no es disociarnos de la realidad, es elegir sentirme bien y procurar el bien común. Por ejemplo, si lo que pude conseguir fue yuca, bueno me pongo a hacer albondiguitas de yuca de manera sonriente, es decir disfrutar lo que haya de pan, con un chiste, con un momento agradable, puedo aprender cosas.

O si de pronto en su empresa, lo mandan a casa, porque están trabajando a ‘media marcha’, quizá dé tiempo libre para aprender actividades artísticas, cantar, bailar, escribir poesías. Y si es por inseguridad, podemos acondicionar un espacio en casa, o irnos a un parque. Por ejemplo, en Europa no todo el mundo va a restaurantes, hay quienes se van a un parque a hacer picnics. 

¿Y hacia los hijos pequeños, cómo dirigirnos? “Con los más pequeños, no es tan difícil, se les dice que no pueden salir y punto. Pero con los adolescentes que en su demanda quieren socializar, desafortunadamente han crecido en el miedo y lo que no se debe es ‘saturarlos’ todo el tiempo diciéndoles “cuidado aquí, cuidado allá”. Hablarles con cariño, buscando otros temas de conversación, abrazarlos para así espantar ese miedo con el que siempre hemos vivido el de la supervivencia”.

“Si te quedas o te vas”

Y ante el dilema de aquellos que se manejan entre el “quedarse o irse” del país, la doctora González estima que esta sensación es de por sí una fuente de estrés. En este caso, recomienda, primero, el respeto al que se “queda o se va”; es su esperanza de vida, yo no puedo decirle a un adulto lo que debería hacer, si acaso le pido permiso para decirle ‘que a mí me parece’, pero es a mí, desde mis coordenadas, si quiero dar una opinión.

Rescatando la esperanza…

Para estimular al rescate de la positividad y rescatar esa esperanza de que el país sí saldrá airoso de esta tempestad, la doctora Tibaire González es de quienes profesan la tendencia evolutiva del ser humano. “Todo ha pasado a lo largo del tiempo, y en última instancia siempre se llega a momentos de orden. Entonces, esto va a pasar, vamos a encontrar nuestro orden y es que nos tiene que ‘caer la locha’ de que nos sujetamos a la reglas de convivencia o nos matamos todos. Y esto lo sabemos desde que el mundo es mundo. De que si se llevará un año, dos años o más, esos detalles se los dejo a los economistas, yo me ocupo de mi pequeña parcela, en mi espacio yo no voy a agotar a mis vecinos quejándome o creándoles más angustias, nos vamos a reunir para las medidas de seguridad del conjunto bien, pero el resto de los días yo no puedo andar paseando mi perrito diciendo a cada rato qué desastre de país”.

Una alternativa de “salir del estrés”, también nos presenta González con una actividad libre, el primer domingo de cada mes en el parque Fernando Peñalver, en la que se reúnen para hablar de la vida, del amor, de las parejas y para las que no tienen también. No es una dinámica de grupo, las personas no están obligadas de hablar sus cosas personales, sino tipo conversatorio para nutrirnos del otro, porque la vida continúa. “Vamos a enfocarnos en un cotidiano sano, estando consciente de la situación, haciendo cosas creativas; a veces los tiempos de crisis son para cultivarse internamente, tenemos más tiempo para leer, o para ver una película ya sea en casa, en compañía de familiares o amigos.

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