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Leonardo Padrón

La paradoja es la dueña del país. La tierra de gracia: inventario de desgracias. Las rutinas: episodios en vías de extinción. Venezuela es noticia en el mundo porque se ha convertido en un país raro y doloroso. En todas las esquinas se habla de crisis humanitaria mientras el Gobierno empuña un discurso que excluye la realidad. Nicolás Maduro pregona el diálogo con la gramática del insulto. Alardea del arranque de los 15 motores productivos y solo se escucha la turbina de la escasez. Es justamente en este momento histórico -en el que nos sentimos irreconocibles- que cobra mayor sentido el rol del periodismo ante el ser colectivo.

Hemos visto cómo la celebración del día del periodista tuvo más aire de quejumbre que de fiesta. Obvio. No hay mucho que celebrar en un país donde el periodista es visto por el poder como un enemigo mortal. En rigor, el periodista siempre ha sido una espina incómoda para los gobernantes de turno. Un mal necesario, dirán algunos. Ha sido así siempre: mientras el poder fabrica espejismos, el periodista suele derribarlos. Todo buen periodista es, por definición, un antídoto contra la mentira. 
Pero en Venezuela esta tensa relación entre periodismo y poder ha alcanzado ribetes de gravedad extrema. Cualquier inventario de los agravios sufridos en estos tiempos arroja un saldo de escombros. Uno de los episodios más punzantes fue el cierre de RCTV, uno de los canales de televisión de mayor linaje en Latinoamérica. A otros canales se les obligó a bajar la cabeza (y a veces, a abrir las piernas) con la misma amenaza de no renovación de la señal radioeléctrica. Otros más fueron comprados con el turbio dinero de la corrupción. Compraron el silencio de sus teclados, la opacidad de sus criterios y el blackout de sus cámaras. La radio ha sufrido una mortandad igual de pavorosa. Son decenas de emisoras clausuradas y otras que subsisten bajo el signo de la ilegalidad por tener la concesión vencida. Si giramos la mirada hacia la prensa escrita, el paisaje es igual de alarmante. Basta invocar el asedio a un icono de la prensa escrita como El Nacional; la puñalada a Tal Cual; el cierre de El Carabobeño, con 82 años de historia; la condena a 4 años de prisión del director del Correo del Caroní, por los reportajes sobre la corrupción en Ferrominera, hasta el informe de la ONG Expresión Libre que ha inventariado en los últimos 3 años el cierre de 22 periódicos por falta de papel. 22 obituarios contra la libertad de expresión. 
Mientras tanto, el presidente de Conatel, William Castillo, con insuperable desparpajo, declaraba en Chile que en Venezuela hay absoluto respeto a la libertad de expresión. Mientras tanto, Ultimas Noticias borra de sus archivos digitales un reportaje ganador de premios internacionales que puso al descubierto a los verdaderos protagonistas de la violencia el 12 de febrero del 2014.
En el inventario de bajas también están los propios periodistas. Cada cierre de un medio implica el despido de enjambres de comunicadores. Algunas figuras emblemáticas han sido desterradas de la televisión por la mala costumbre de ser incómodas y penetrantes. Otros han tenido que reinventarse desde un distinto huso horario o código postal, porque han sido perseguidos y amenazados con cárcel. Todavía están demasiado frescas las agresiones físicas a periodistas y reporteros gráficos en las calles del centro de Caracas el pasado 2 de junio, cuando solo buscaban informar sobre las protestas de un pueblo con hambre. 
Hacer el inventario agota. Y asombra. No solo por la inquina del gobierno contra todo lo que huela a información veraz, sino por la actitud de cientos y cientos de periodistas que no se han permitido vender ni un milímetro de conciencia. En cambio, han tenido que asumirse como corresponsales de guerra en un campo de batalla.    
“Prensa burguesa”, esa es la etiqueta que Nicolás Maduro le ha endilgado al periodismo independiente. Un adjetivo que unta, como  mantequilla, a todo lo que puede. Entonces, en un chasquido de dedos, todos los comunicadores se vuelven sospechosos, traidores a la patria, sumisos amanuenses del imperio.
Decía Víctor Hugo que la prensa es el dedo indicador. El que señala la realidad. Pero para que funcione, debe ser ejercido en libertad. A los periodistas venezolanos les ha tocado, en estos 17 años, replantearse el oficio, aguzar sus métodos, templar el carácter. Nunca había sido tan peligroso informar en este país. Así mismo, ha sido lamentable ver a ciertos periodistas sucumbir a las veleidades del poder. Astilla el ánimo ver cómo aquellos que alguna vez fueron referentes, hoy -desde sus nichos (la dirección de un periódico, un programa de televisión)- hacen de su talento un ejercicio de cinismo y un maridaje inescrupuloso con el régimen. 
“También la verdad se inventa”, escribió alguna vez el poeta Antonio Machado. La hegemonía comunicacional pretende eso: una verdad distinta. Los medios oficiales se han hecho expertos en dibujar paraísos artificiales. Silenciar lo inconveniente y satanizar las críticas, he allí sus primeras tareas en agenda. 
Pero todo periodista genuino es un adicto a la verdad. Interpelar, denunciar al que patea los derechos humanos, al gorila que tortura, al gobernante sin escrúpulos, ese es su manual de uso. Por eso siempre tendrá una creciente colección de enemigos. 
Un buen periodista debe enamorarse de su idioma como su mejor amante. Debe convertir a la calle en su sala de redacción. Sacudir las telarañas que generan la costumbre y la pereza. Reinventarse a cada tanto. Olvidarse de la objetividad artificial y de la subjetividad tarifada. Dudar siempre. Ser más obstinado que su propio miedo. Defender endemoniadamente la libertad de expresión. 
El periodismo, en esta sobredosis que es hoy la aldea global (Kapuscinski desecha la metáfora de McLuhan y habla de cosmopolitismo global), se ha llenado de aliados pero también de riesgos. Sucumbir a los cantos de la tecnología en desmedro de la  investigación es uno de ellos. Se celebra la aparición de tantos portales de noticias, pero vale la pena advertir que a veces, demasiadas veces, parecen clones de sí mismos. Portales donde se replican unos a otros informaciones cargadas de levedad, prisa y sequía de datos. El gran riesgo es que así el periodismo se vuelve uniforme, predecible, y peor aún, mediocre.
En tiempos de periodismo cibernético ya no importa seducir al peatón que se detiene ante el kiosco de la esquina. Ahora se busca que el dedo del navegante haga click en un titular excesivamente aliñado, para que se asome y así cantar victoria. ¡Cuidado! La verdadera victoria es un reportaje bien hecho, un artículo sólido, una crónica indispensable, una noticia dada con responsabilidad. Cuidado con las trampas que se riegan en el camino buscando la atención del lector. Son trampas en ambas direcciones.
El periodismo es una profesión que debe reflexionar sobre sí misma permanentemente. No puede tener recelo en señalar sus propios errores o negligencias. Distorsionar la verdad en aras de una lectoría mayor es un delito moral. Difamar, arrojar dicterios, condenar sin pruebas es una acrobacia de baja calaña que no debe llamarse periodismo. 
Hoy en día, como me lo comentara Jorge Lanata, muchos estudiantes de periodismo están “más preocupados en ser famosos que en ser buenos, no se dan cuenta que siendo buenos igual serán famosos. Lo que pasa es que ser bueno lleva más trabajo”. 
Uno de sus desafíos, en estos tiempos de avalancha informativa, es no abandonar la noticia que apenas nace. ¿Cuántas veces un escándalo de corrupción muere a los pocos días, sepultado por las nuevas estridencias de la realidad? El reportaje que merece seguimiento es abandonado porque ante el domingo se impondrán las noticias del lunes y luego el revuelo del martes y más tarde los tubazos del miércoles. Y entonces la denuncia inicial se vuelve remota y queda cubierta por el olvido. ¿A quién ayuda eso? Al ministro experto en sobreprecios, al militar con las manos en la harina, al petrolero amigo de los guisos. 
Nunca como hoy es tan cardinal el rol del periodista en Venezuela. Le toca ser el custodio de la verdad en un territorio donde la mentira posee mucho dinero, exceso de micrófonos y kilos de poder. Los ojos del periodista deben tasar la degradación y la honestidad, el abuso y el aviso, la barbarie y la justicia. Para sobrevivir al acoso del autoritarismo debe reinventarse, hacer pactos indeclinables con el ingenio.
El periodismo necesita con urgencia recuperar la libertad de decir. Le ha tocado lidiar con un Estado que niega todas las crisis y cuando las reconoce se las endosa, no pocas veces, a los mismos medios. Así, la inseguridad es solo una sensación que los Runrunes de Bocaranda multiplican. El desabastecimiento está magnificado por La Patilla. La escasez de medicinas es una matriz de opinión alentada por El Nacional. La crisis hospitalaria es un delirio febril de César Miguel Rondón. La emergencia eléctrica, pura insidia de El Carabobeño. Argumentos que intentan disimular, inútilmente, el fracaso del Estado. 
Venezuela es un jeroglífico que desea descifrarse. En tal coyuntura, al periodista le toca ser el traductor de la complejidad, apostando su propio pellejo dentro de un turbio laberinto de intereses. Arthur Miller dijo alguna vez que un buen periódico es una nación hablándose a sí misma. Y justamente eso necesita el país, no sucumbir a la afonía, no perder la voz que denuncia y cuestiona. Por eso celebramos y esperamos que los hostigados y golpeados periodistas venezolanos sigan manteniendo -tercamente- su pacto a fuego con la difícil voz de la verdad.

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