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Juan Carlos Caramés 

Twitter: @juanccarames


Primera lección: La moneda de cobre

Era una ciudad pequeña en un
lugar muy conocido de Venezuela. En su templo principal había una caja especial
para depositar los donativos. Los benefactores del templo tenían por costumbre
echar una moneda de oro a la semana.

Pedro era el nombre de uno de los
benefactores. Se dijo: <<Todas las semanas los benefactores echamos a la
caja un buen número de monedas de oro. Por una vez que yo eche una de cobre,
poco se va a notar en la suma total y, además, ¿quién va a saber que soy
yo?>> Así que Pedro, sin darle más vueltas al tema, cogió una moneda de
cobre y la echó en la caja de donativos.

Llegó el domingo. Como era
habitual, los benefactores se reunieron para hacer el culto y luego procedieron
a abrir la caja de los donativos. ¡Sorpresa y bochorno! Todas las monedas eran
de cobre, porque todos los benefactores habían tenido el ávido pensamiento de
Pedro.

Segunda lección: La moneda de plata

Había un grupo de amigos en una
taberna. Atardecía. Estaban los hombres charlando sin cesar. Uno de ellos le
dijo al otro: Estoy preocupado. Presté a una persona que casi no conozco una
moneda de plata y no tengo ningún testigo, por lo que puede negar que le haya
hecho el préstamo y me quedaré sin el dinero.

Como el hombre estaba muy
confundido, los amigos comenzaron a consolarlo, pero sin saberle dar ninguna
solución.

Si el hombre no me devuelve ese
dinero, dijo el apenado acreedor, mi mujer me va a matar cuando lo descubra.
¿Qué puedo hacer?

Sin querer, un viejo amigo, que
estaba en la taberna, escuchó la conversación y pronto exclamó: “Perdonad que
intervenga, amigos, y dirigiéndose al hombre compungido, añadió: Reúnete con
ese hombre junto con tus amigos y dile que te devuelva las diez monedas de
plata que le prestaste”. ¡Pero si sólo le presté una moneda!, replicó el
hombre, atribulado al punto.

El viejo amigo exclamó: “Será lo
que él te conteste enseguida y ya tendrás testigos. Entonces podrás obligarle a
que te pague”.

Tercera lección: El arte de amargarnos la vida

Hay unas máximas que parece que
nos gusta cumplir para amargarnos la vida. Si estás en este plan, te decimos
cómo ser eficiente en esta tarea, paso a paso.

Créate problemas. Si no tienes bastante con los tuyos, asume los de
los demás. Ejerce de confesor en prácticas, pero no te engañes: esto es sólo
una forma de huir de la realidad y de ti mismo. Llena tu vida de complicaciones
reales o ficticias, y procura dar mucha importancia a los sucesos negativos.

Tú tienes la razón. Amargarse la vida a propósito es un arte que se
aprende. Para hacerlo piensa que todo es blanco o negro y que sólo existe una
verdad absoluta: la tuya. Rechaza por norma lo que te digan los demás, incluso
cuando te pueda aportar algo positivo.

Viva la obsesión. Elige algo que se te haya quedado marcado, y
repítelo en tu mente una y otra vez, hasta que sólo vivas para pensar en eso.
Es genial para esconder la cabeza ante las dificultades diarias.

Piensa sólo en el futuro. Aplaza los placeres y la alegría pensando
que en el futuro todo irá mejor. Por supuesto, hasta ese momento no deberás
disfrutar en absoluto. Confórmate con lo malo conocido y no pruebes lo bueno
por conocer. Tortúrate pensando en todo lo malo que te podría ocurrir dentro de
unos años.

Nunca te perdones. Si es difícil perdonar a los demás, perdonarse a
uno mismo es mucho más complicado, así que no te esfuerces en conseguirlo.
Llegarás a un punto en el que tan sólo sentirás autocompasión. Piensa que tú
eres el único responsable de lo que te ocurre, y jamás creas que hay
situaciones que escapan a tu control.

Cuarta lección: El anciano del bosque

Se trataba de un anciano
ermitaño. Vivía en un bosque a unos kilómetros del pueblo. Dependía de la
caridad de la buena gente del pueblo, que le proporcionaban algunos alimentos y
ropas. Pero en los últimos meses el anciano había sido víctima de los robos y
malos tratos de los maleantes. Sin embargo, cuando robaban y golpeaban al
anciano, éste le sonreía amorosamente y los instaba cordialmente a que se
llevaran todo lo que quisieran. Alentados de tal modo, los maleantes volvían
una y otra vez: robaban y golpeaban al anciano y huían. Uno de los maleantes,
viendo cuánto amor exhalaba el anciano, se arrepintió de corazón y se lo contó
al alcalde del pueblo. El alcalde y una comitiva visitaron al ermitaño y le
comentaron:

Anciano, te roban, te insultan,
te golpean, y devuelves amor. ¿No podrías al menos enfadarte y gritar a ver si
alguien puede socorrerte o, al menos, los haces desistir de sus atropellados?

El anciano los miró con ojos
entrañables. Afirmó: “Yo no puedo hacer otra cosa  que la que hago. Devuelvo amor porque es lo
que llevo dentro. No puedo forzar mi naturaleza.

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