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Luis Alejandro Borrero/@LABC7

lborreroel-carabobeno.com

La hegemonía comunicacional gobierna en las plazas. Manuel García es el único sentado en acera frente a la catedral de Valencia. Sin saberlo me da un golpe en el estómago que deja sin aire por milisegundos: hojea un periódico arrodillado al Gobierno. Pero tremendamente famoso y comprado. Herido, me pregunto si vale la pena hablar con él sin que sepa dónde trabajo. No tiene idea de que puertas adentro se celebra una misa dominical en conmemoración por los 83 años de El Carabobeño, al que desde hace cinco meses se le obligó a suspender su edición impresa por presiones políticas.

Me siento a su lado. Hablar con García revela que su preferencia no tiene nada que ver con lo que ha pasado. “Yo siempre he comprado este periódico, toda la vida”, dice señalando al tabloide. Nunca fue de su preferencia El Carabobeño; pero tiene clara la realidad: “Desde hace algún tiempo lo que uno ve aquí es información del Gobierno. Además de los sucesos y deportes”, dice el hombre de cabello plateado y tez morena.

—Para usted, ¿qué debería ser un buen periódico?

—Algo que te instruya. Lo bueno y lo malo, no enfocarse en una sola cosa.

—¿Usted piensa que este periódico, que tiene en la mano, lo está haciendo bien?

—Para mi no. Sí puede haber cuestiones del Gobierno, es lo normal, pero no tanto tampoco. Es igual que en la radio y la televisión, a cada rato cadena. Y eso lo obstina a uno, lo pone mal. Estás viendo un programa y de repente cadena.

Quizá García desconozca que desde 2013 a los medios que no negociaron su líneas editoriales se les prohibió importar directamente su materia prima: el papel. Que se creó el Complejo Editorial Alfredo Maneiro. Que este funciona como el brazo censor del Ejecutivo contra la prensa libre a través del monopolio de la importación de materia prima. Que en Carabobo, el proyecto que una vez mencionó un ministro, de tejer la hegemonía comunicacional, es un hecho desde el 17 de marzo, cuando salió la edición 29 mil 362 de El Carabobeño: última por tiempo indefinido.

—¿Cómo ve usted lo que ha pasado con El Carabobeño?

—Lo veo muy grave, porque si no hay papel no hay información.

—Hay gente que piensa que en un país donde falta la harina y el papel higiénico, que a los periódicos les falte papel es algo secundario.

—Sí, hay quien lo ve así, pero yo no: quien se instruye con el periódico sabe que vamos a quedar a la deriva sin saber nada.

Alfredo Fermín es el periodista con más trayectoria de El Carabobeño. Es de los primeros en llegar a la misa. Camina entre los pasillos en la catedral con su característica botellita de agua. Se acerca a la primera fila de bancos, lugar de la directiva del periódico. Su carrera le hizo merecedor de un doctorado por causa de honor en la Universidad de Carabobo. No solo en la primera fila hay mucha gente que le quiere.

Fermín va con paso lento. La misa aún no comienza. Saluda a un hombre. Sonríe, le pone la mano en el hombro derecho. Da dos palmadas suaves, vuelve a sonreír y se va. Su imagen se pierde cuando traspasa la puerta detrás del altar para ir a conversar con el presbítero Pedro De Freitas.

A las 11:13 a.m. el olor del incienso invade la catedral. El  párroco De Freitas le habla a los trabajadores: “El Carabobeño dejó de circular por razones políticas y económicas”. Recuerda que desde su fundación, en 1933 por Eladio Alemán Sucre, el periódico con sede en la avenida Soublette de Valencia tuvo siempre muy buenas relaciones con la Iglesia. “Es extraño para nosotros no poder contar en nuestras manos con El Carabobeño. Ahora es digital”.

Puede ser coincidencia o no. Las lecturas del día fueron acerca de San Tarcisio, quien murió como un mártir de la Eucaristía. ‘Mártir’, sin embargo, significa ‘ser testigo de’, explica De Freitas. “Los diarios, independientemente de la línea editorial que tengan, son expresiones de la libertad. Y el día que El Carabobeño dejó de circular, Valencia y Carabobo perdieron algo”.

El padre De Freitas dejó a interpretación de los fieles qué fue exactamente lo que se perdió ese día. Pero es una respuesta que ya había dado el señor solitario afuera de la catedral. Ese que hojeaba el periódico de la competencia: y que desde el 17 de marzo, es su única opción para informarse. “Cerrar un periódico o impedir su circulación es algo que debe llamar a la reflexión”, insiste el padre durante su homilía.

Los trabajadores fueron a buscar respuestas. Tras la misa queda claro dónde buscarlas: y no es en el Gobierno. “Es importante que hoy mantengamos oración por todos los que conforman la familia de El Carabobeño. Dios siempre nos dará las fuerzas para llevar las cargas de la vida. Tal vez, más adelante, volvamos a tenerlo en nuestras manos”.

Personal de El Carabobeño acudió a la misa por los 83 años del medio./(Foto Rafael Freites) 

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