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Heberlizeth González C./ @heberlizeth

María salió de su casa antes de las 2:00 a.m. Media hora después estaba formada en la cola para comprar en el Hyperlíder de San Diego. Su puesto estaba justo frente al vivero, a más de 300 metros de la ansiada puerta de entrada.

Vendían tres paquetes de harina de maíz y un kilo de pasta. Eso a María (nombre ficticio) le dura menos de una semana. Tiene tres hijos menores, su mamá de la tercera edad y su esposo. Cuando le toca comprar por su terminal de cédula es obligatoria la salida porque en su casa tienen hambre y no hay comida.

“Tenemos que reconocer que nosotros mismos los revolucionarios tenemos un problema grande en la falla de comida” dijo María, cuando encabezaba la cola para pasar a la siguiente fase: otra cola más cerca de entrar al supermercado.

Lorencio Medina tampoco tiene comida en su casa. Está incapacitado para hacer colas. Pasa más rápido a comprar pero igual tuvo que madrugar. Llegó al Hyperlíder a las 6:00 a.m y salió tres horas más tarde con tres harinas y un kilo de pata. Su hijo también alcanzó a comprar.

“Pude comprar porque no puedo hacer cola. Si no estuviese incapacitado y llego a las 6:00 a.m no alcanzo a comprar algo me quedó sin nada“.

Este viernes la cola en el Hyperlíder se diferenciaba del resto de los días. Era más larga, kilométrica. Aunque en la entrada había un anuncio que decía: mercancía disponible para 1600 personas, en cola pasaban las dos mil, aproximadamente.


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