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Fabio Solano || [email protected]

Lunes, día de levantarse temprano, comer algo rápido y salir a la farmacia a las siete. Nos toca el terminal de cédula. Buen augurio, conseguimos dos cajitas de Losartán. Como están las cosas en este país hay que cuidar mucho la tensión. A las ocho estamos en el supermercado del Trigal. Vaya, hay algo, mira esa cola. Bájate y guarda el puesto, mientras voy al súper de abajo. El que tiene nombre de oso ya tiene gente, pero la puerta de regulados no está abierta. De vuelta al central, y a contar la gente. Cuando llego al final, la cuenta es de 150 mayores por delante, más otros 150 de la cola de bachaqueros da 300.

¿Qué venden? Una señora informa: Un kilo de harina pan, uno de arroz y medio litro de aceite. Una miseria, agrega, y 1500 bolos por eso. Miro a mi compañera y digo que voy a averiguar. En la entrada del central, los gritos de los milicianos intentan ponen orden. Todas las puertas cerradas, y una abertura pequeña por donde entran los que lograron llegar. La nada amable voz del que maneja el hambre en el central va diciendo nombres. Antonio, Eloina, Adelba, Pedro…Tiene las cédulas en la mano. Sale una joven, le sonrío y pregunto ¿Cómo está eso adentro? ¿queda mucho? No. Se está acabando. Ratifico la información con una señora. De vuelta a la cola, vámonos que no llegamos. Una mujer dice que en el de abajo ya están vendiendo. A las nueve y media en el del oso. Vuelta a contar gente. Aquí hay tres colas. Las de mayores y la de los vecinos, una al lado de la otra. Y otra, más agitada, la preferida por los bachaqueros. Buenas. ¿Usted es el último? Y vuelta a contar. 120 de la tercera edad, 120 de vecinos y otro tanto de la “normal”. Tenemos más de 300 por delante.

Anuncio que voy a “inspeccionar”. Este super tiene puertas abiertas para el cliente habitual, y una pequeña para las colas. El dueño del hambre aquí es un chino, quien decide a qué hora es la venta. De ocho cajas solo tres funcionan, con una especie de corredor marcado por carritos amarrados. Dos paletas con buena cantidad. Venden dos kilos de arroz a 568, y cuatro de pasta a 500 también. Cuando regreso a mi puesto, por lo menos ocho personas interrogan con la mirada. Si. Creo que si llegamos. A las diez el chino abre. Comienza el agite. Todos se alinean y sacan a gritos a una persona. Se quiso colear hablando con alguien de adelante. En la puerta dos policías de verde, y una mujer de civil que da el paso. Pasan cinco por cola. Muy lento. De frente a la puerta un poco de gente, como viendo el espectáculo. Una muchacha con un niñito en brazos intenta que la dejen entrar sin hacer fila. Una mujer con barriga asegura que está embarazada, pero sospechan que simplemente es gorda.

Y el tiempo corre. A las 11 y media no hemos avanzado ni cuatro metros. Esto no camina. Voy a ver cómo va. Me coloco en medio de la gente que está en el estacionamiento, frente a la puerta. Ahí vi “algo”. Un sujeto con gorra, franela y jeans, como de 30, mira al policía a la distancia. Una mirada que es devuelta con reconocimiento. El de la gorra voltea, y a unos cinco metros dos mujeres reciben la señal. Pasan por el lado del policía sin hacer cola y entran. Es el tejemaneje de la mafia bachaquera. Regresando a mi puesto veo una señora como de 70, en el suelo, sentada contra la pared. Está blanca como un papel. ¿Qué le pasó? Se desvaneció, pero se está recuperando. No llegamos. Vámonos. Lo único bueno de estar de pie por cinco horas es saber que todavía aguantamos. Fue una prueba de fuerza. Apenas conseguimos el Losartán. Llegamos a casa y en la radio informan que Maduro está en Cuba. Fidel cumple años y le llevó regalos y un espectáculo musical. Entrevistan al diputado que saca las cuentas a los del gobierno. “El viajecito de Maduro y su gente, en dos aviones, cuesta 400 mil dólares al país”. Y nosotros sin harina para las arepas.


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