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Luis Borrero

Cada tanto se abría la puerta de la oficina. Litzy Sanz actuaba como una zarigüeya. Su instinto periodístico asemejaba a los marsupiales africanos cuando ven un halcón en los cielos: se hacen los muertos. La periodista no lo estaba. Ocultaba su grabadora con una libreta. Nadie en el Instituto Puerto Autónomo de Puerto Cabello (Ipapc) podía saber que su labor allí era conseguir la crónica de la reversión de competencias -ordenada por el Gobierno del fallecido presidente Hugo Chávez- de la primera terminal portuaria del país. Y por añadidura, una de las mejores historias de su carrera.

Costó tres días conseguir el momento exacto de la intervención del Gobierno nacional al puerto. Mimetizarse era una coartada arriesgada para Sanz: ser la secretaria del presidente saliente del instituto. Le confiaron el privilegio de estar en las oficinas cuando se tomó el control de la terminal portuaria. Al principio, la corresponsal de El Carabobeño en Puerto Cabello no sabía que terminaría teniendo esa suerte.

No se levantaba para ir al baño y comía poco, pero observaba y escuchaba mucho. Sabía que estaba en el lugar donde se cocinaba una noticia trascendental. La cobertura periodística comenzó cuando el fallecido presidente Hugo Chávez anunció el 21 de marzo de 2009 que la competencia de la administración de los puertos no sería más de las gobernaciones. Era la radicalización del proyecto socialista.

La información era escasa. Ni el gobierno regional ni el nacional daban detalles. Pero la gente necesitaba información. Hubo días en los que la periodista tenía que excavar en las declaraciones de los funcionarios del puerto. “Nos tocaba armar una nota con tres palabras”. La observación era clave en las rondas de hasta siete veces por día que se hacían en el puerto para saber cuándo llegaría la comisión interventora.

No fue fácil. Cinco días luego de anunciarse la intervención, Sanz recibió una llamada de su jefa de redacción. Le preguntó si estaría dispuesta a trabajar como oficinista para obtener un trabajo en la presidencia del instituto de puertos gracias a un contacto interno.

-¿Y qué respondió a esa llamada?

-Pregunté por qué me habían llamado. No hacía falta: por supuesto que acepté.

No era una profesional acostumbrada a salir de la comodidad de una declaración oficial, reconoce. Pero trabajar en El Carabobeño le cambió el estilo. “Me enseñó a buscar debajo de las piedras”. Con pasión y sin desaprovechar ninguna fuente: pero con la presión, y al mismo tiempo respaldo, de una línea editorial conservadora y seria, que prefería esperar por una publicación cuanto fuera necesario hasta confirmar un dato.

Le asignaron una camisa con el logo del organismo. No era su talla, pero aunque apretada la utilizó. Aún la guarda en su clóset, comenta emocionada. Comenzó a atender el teléfono y anotar recados. Su instinto periodístico estaba trabajando en segundo plano, como una computadora.

Al tercer día llegó la junta interventora. Ministros, militares y personalidades del Gobierno arribaron al instituto. Sanz lo sabía. “Ese era mi momento”. Haciéndose pasar por secretaria, anotó y pidió todos los nombres y cargos de las figuras del Gobierno. Era la nueva junta directiva de lo que se terminaría llamando Bolivariana de Puertos (Bolipuertos). La reunión fue a puerta cerrada, lo que Sanz reconoce que le causó gran frustración. Ella quería pasar para saber qué se decía. Pero sin saberlo, la historia ya la tenía. Duró una hora y media la reunión: no pasó de las lecturas de un acta y de la orden de desalojo de las oficinas de la antigua directiva. Ni siquiera las computadoras portátiles personales dejaron sacar, porque contenían información que podía ser importante sobre el funcionamiento de la terminal marítima.

Esa noche la rotativa del periódico estuvo paralizada hasta las 2:00 am. La tinta y el papel de El Carabobeño esperaban por la historia que empezaba a fluir de los dedos de la corresponsal. “Así comienza la reversión de los puertos”, era la última frase de ese trabajo. Un término bien seleccionado por lo que vendría después. Para agosto de 2016, la ocupación de los muelles de Puerto Cabello es de 35,14%, una debacle inminente.

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