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AFP

Los ataques cometidos durante el fin de semana en Estados Unidos, que provocaron 38 heridos, muestran la continuidad de un amenaza extremista difusa, poco sofisticada, muy difícil de neutralizar para la policía y los servicios de inteligencia.

Quince años después de los atentados del 11 de septiembre, planificados durante meses por una red bien estructurada que actuó desde el exterior, los servicios anti-terroristas enfrentan una amenaza que cambió de cara.

Los ataques provienen ahora de estadounidenses aislados o que actúan en pequeños grupos, que con frecuencia no tienen otro contacto con las organizaciones extremistas que a través de los sitios de internet o las redes sociales.

Internet juega con frecuencia el papel de “diablillo que desde atrás repite ‘mata’, ‘mata'”, según la expresión del director del FBI, James Comey.

Estos individuos “son muy difíciles de detectar”, subrayó el lunes Lorenzo Vidino, del centro de estudios sobre la seguridad interna de la Universidad George Washington.

“E incluso si uno los detecta, ¿qué hace? No se puede controlar a alguien las 24 horas del día, siete días a la semana, solamente porque es activo en las redes sociales” utilizadas por los grupos extremistas para difundir sus mensajes, admitió.

Los métodos usados actualmente son rudimentarios, como el ataque con arma blanca en Minnesota o con la olla a presión que explotó en la noche del sábado en Nueva York.

Pero son suficientemente mortíferos y alcanzan para sembrar el pánico, traumatizar a la población e instalar el veneno de la sospecha hacia las comunidades musulmanas.

La incertidumbre se mantiene sobre los motivos precisos de Ahmad Khan Rahami, el estadounidense de origen afgano de 28 años sospechoso del ataque en Nueva York en la noche del sábado, que fue herido y arrestado el lunes por la mañana.

Rahami también es sospechoso de haber colocado una bomba artesanal en el recorrido de una carrera organizada por los Marines en la mañana del sábado en Seaside Park (Nueva Jersey).

El FBI “en la oscuridad”

“Es muy posible que esos ataques no tengan ninguna relación con el grupo Estado Islámico o Al Qaida”, subrayó el lunes el grupo Soufan, un centro de análisis sobre los riesgos de seguridad fundado por un exfuncionario del FBI, Ali Soufan.

“No hay escasez de grupos o elementos extremistas internos” en Estados Unidos para lanzar esos llamados a la muerte, agregó.

“Ya vimos en Nueva York o en Nueva Jersey grupos de gente que se radicalizó junta, ya hay un cierto número de investigaciones” de ese tipo realizadas por el FBI, recuerda Vidino.

El ataque con arma blanca en el centro comercial deMinnesota (nueve heridos) por el contrario fue reivindicado por el grupo EI, en un Estado con frecuencia alabado por sus esfuerzos para prevenir la radicalización.

En este Estado del norte del país, los servicios públicos, policía, educadores, administración local, multiplicaron los contactos con la comunidad de origen somalí, una de las menos integradas en Estados Unidos.

Pero esos programas “solamente pueden limitar la amenaza, no pueden eliminarla completamente”, subrayó Vidino.

Ante esta amenaza difusa, los responsables anti-terroristas estadounidenses solicitan algo muy preciso a las grandes firmas de internet y a las autoridades: no permitir la difusión de tecnología de encriptado inviolable, dado que las escuchas y la interceptación de comunicaciones juegan un papel fundamental para conocer a los miembros de la galaxia yihadista.

Esas tecnologías “dan la ventaja” a los yihadistas, lamentaba a principios de mes Nick Rasmussen, el director del Centro Nacional Anti-terrorista estadounidense que reúne a la CIA, el FBI y otras agencias de seguridad del país.

“Estamos en la oscuridad” buscando “en un pajar”, dónde se esconden los potenciales extremistas, reitera el jefe del FBI, James Comey.

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