29 enero 2012

“No vamos a permitir que se olvide el naufragio"

Isabel Rada, Edgar López y Ana Pernalete. (Foto Andrés Galindo)

Daniel Pabón | dpabon@el-carabobeno.com

Se siguen llamando Isabel Rada y Edgar Ríos. No dejarán de ser valencianos. Pero el crucero Costa Concordia les cambió para siempre la perspectiva de la vida. “Salimos de ahí con una herida en el alma y en el recuerdo. No vamos a permitir que este naufragio se olvide”, coinciden ambos y la madre de él, la venezolana y también sobreviviente Ana Pernalete.

Ni se conocían ni se cruzaron en los pasillos de aquel coloso que encalló el 13 de enero. El Carabobeño, primer medio del país que contó sus historias de salvación en sus ediciones del 16 y el 17 de enero, los reencontró a su llegada a Valencia.

“Renacimos en el poder de la fe porque confiamos en quienes somos”, fortifica Isabel, abogada, criminóloga e investigadora de la Universidad de Carabobo. “Mis ganas de vivir fueron superiores al miedo, pero definitivamente ahí estuvo la mano de Dios. No hay otra explicación”, atestigua Edgar, comerciante sandiegano a punto de convertirse en papá por tercera vez. “Somos privilegiados por volver a vivir”, agradece su mamá, Ana, una yaracuyana residenciada en España.

Locales unidos

Mientras reconstruían verbalmente nuevos detalles del naufragio y descorrían lágrimas y carcajadas por igual, Isabel propuso, siguiendo la iniciativa de otras nacionalidades, crear la plataforma venezolana de sobrevivientes del Costa Concordia para mantener el fragor de sus testimonios, las lecciones a la marina mundial y la fortaleza de sus milagros de vida.

Un barco y 3.209 pasajeros a bordo. Dos de los diez venezolanos, Rada y Ríos, tienen su residencia en el área metropolitana de Valencia. Pernalete, en Alicante. Otros cuatro en Caracas, dos en Maracay y una en Margarita. Todos están bien, aunque la tragedia ya cobra 17 víctimas mortales mientras continúa la búsqueda de 22 desaparecidos, según cifras oficiales.

Los muertos son más. Tienen que ser más, coinciden los tres. Isabel dedujo que viajaban polizontes. En el muelle de Giglio pudo ver zapatos de niños, salvavidas rotos y ropa ensangrentada. Por insistencia de una tripulante, Ana estuvo a punto de irse con una treintena que, a la vuelta de tres minutos, desapareció en el vacío cuando el Costa Concordia sufrió su inclinación más brusca. “A ellos no les dio tiempo de nada. Deben estar todavía pisados por el barco”, sospecha Edgar.

Demanda mundial

Isabel Rada objeta el ofrecimiento de Costa Croicere de indemnizar con 18 mil 400 dólares (más de 79 mil bolívares) a cada sobreviviente. Los abogados que la asisten en Italia le han recomendado que no los acepte, pues estarían renunciando a toda acción legal.

Casi 3 mil personas, incluida la criminóloga, se están organizando para interponer una demanda civil contra la empresa por daños morales. Para los interesados, pone a disposición el correo isabelrada@hotmail.com.

No sólo tiene que responder a la justicia Francesco Schettino, el capitán del barco a quien Ana Pernalete vio la noche antes del hundimiento con la joven rubia no registrada como pasajera. La naviera tiene que pagar, concuerdan, por la cadena de errores del crucero, que redibujaron para esta entrevista.

Uno sobre otro

Nunca adiestraron preventivamente sobre la colocación de los salvavidas. Isabel vio por primera vez cómo seres humanos se golpeaban por arrebatar alguno.

Es falso que la maniobra del capitán haya salvado mucha gente. Edgar revela que el barco iba en dirección contraria a la que quedó, tras increíblemente dar una vuelta sobre su propio eje. Pese a que ingresaba agua por los 70 centímetros fracturados, la orden de evacuación fue muy tardía.

Los ancianos, confinados en la recepción, no fueron sacados primero. A él le tocó un bote sobrepoblado que terminó atascado. En el que descendió ella quien lo piloteaba no supo cómo bajarlo y terminaron cortando los mecates con un hacha. “La marea nos llevó a la orilla”.

Poco antes, tripulantes muy temblorosos les pedían tranquilidad. Lo recuerda Isabel mientras rezaba desordenadamente La Coronilla de la Divina Misericordia. Los que sí demostraron esa actitud apenas llegaron a tierra firme fueron los marinos mayores, que visten de azul, cuando pedían Pampero, Cacique y Bacardi en una cafetería del pueblo.

Los tres comparten la percepción de que les mintieron en todo momento. ¿Qué pasó en realidad? Edgar presume que el puesto de mando se quedó solo. “Por una falla eléctrica, como anunciaron, no se voltea un barco”. Isabel se pregunta por qué el silencio de la tripulación. “Son cómplices”.

Solidaridad criolla

En ese pandemónium, estos venezolanos intervinieron en salvar vidas. La abogada sacó de crisis de llanto a bebés con padres absortos. El comerciante dio fortísimos ánimos, abrazos e instrucciones a desconocidos. También mantuvo fuerzas para que Ana trepara sobre su cuerpo y ascendiera primero a la “nueva” superficie.

Temblores. Sueños recurrentes con el naufragio. Mareos. Hay secuelas que se niegan a desaparecer. Ana rememora: “Todavía me duele este brazo (izquierdo) de las veces que mi hijo me haló para no caer. Cuando el piso se nos convirtió en pared, quedé guindada en un tubo y tuve que levantar como metro y medio las piernas. Aquí nos estamos riendo, pero todo fue tan feo...”.