18 septiembre 2013

Milagros Socorro || Monólogo interior

Tengo muy poco tiempo para terminar mi trabajo y enviarlo al periódico. He calculado que si regreso a casa en unos diez minutos, tendré tiempo de releer las notas, quitar lo superfluo, dar forma a los párrafos, pensar en un comienzo que retenga al lector, rematar con un final que glose lo anterior y aporte ese punto de dramatismo al que soy tan afecta y, luego, ya al final, lidiar con el título. No me confío. He sido columnista por quince años, pero jamás la he tenido fácil. No puedo decir que haya habido una sola entrega que me haya salido así, espontánea, como si estuviera hablando.

Lo mejor es que apure el paso para llegar a mi escritorio. Pero, un momento, qué es eso. Aguzo la mirada para ver qué son esas bolsas que trae aquella señora. Creo percibir el logo de un supermercado. ¡Lo es! Como el baboso que no disimula su avidez por adivinar los encantos de una mujer a través de su ropa, me esfuerzo por detectar qué hay en las bolsas. ¡No puede ser! Tengo que estar imaginando. Pero la forma como abulta el contenido y el escaso esfuerzo que la dueña hace para acarrearlo, todo parece indicar que es... Pero no quiero ilusionarme. No quiero otra desilusión.

Una mujer se me adelanta en la acera por la derecha y se acerca a la feliz propietaria de las bolsas de supermercado con la evidente intención de confirmar su sospecha e indagar dónde lo obtuvo. ¡Virgen del Carmen, que no se haya acabado!, sé que ruega. Lo sé porque yo también he entrado en conexión con las fuerzas ocultas.

-¡Papel tualé -repite la mujer que ha preguntado. Lo dice con el tono de quien atisba por las vidrieras las rebajas de las tiendas por departamentos de los Estados Unidos en esas fechas en que ponen todo a precio de gallina flaca. Es una mezcla de esperanza y codicia. Es un atisbo de una vida mejor al alcance de la mano, de que el paraíso sí tiene una cuota inicial en la tierra.

-Papel tualé -repite mirando la bolsa con expresión golosa, casi lúbrica. Y se encamina hacia el supermercado no lejano con la beatitud de quien asiste a una aparición sobrenatural.

En mi alma se desata un combate. Tengo el tiempo justo para terminar la nota. Si entro en el supermercado, las colas para pagar me retendrán por más de una hora. Es lo que he venido lidiando en los últimos meses, desde que las compras de alimentos de la semana empezaron a robarme el tiempo que podría dedicar al trabajo, la lectura o el descanso, a suponer molestias de todo orden y a forzarme a contemplar el desalentador espectáculo de la rudeza de los carniceros de los supermercados. Un auténtico suplicio. Pero la tentación es demasiado fuerte. Solo unos muros y unas quinientas personas desesperadas me separan del producto que, desde luego, encontraré sujeto a racionamiento. No me importa. A estas alturas no me importa nada. Como cantaba Edith Piaf, yo reniego de mis amigos, yo reniego de mi Patria, con tal de llegar a esa especie de jaula metálica donde se amontonan los paquetes, tan bellos, crujientes, inocentes como ovejas y como éstas, toque dulcificante en el paisaje.

Una vez quebrantado el deber, ya nada me detiene Avanzo por el supermercado olímpica. No hay galletas de soda, cómo se me ocurre, ni leche en polvo, tampoco aceite de maíz (ya eso sería un sueño de opio), pero encuentro mantequilla.

-¡Llegó! -proclama el corro que se ha formado en torno a las barras cubiertas con papel dorado-

-Es un pequeño milagro -dice un hombre con acento francés.

Procuro no asestar codazos, sería demasiado humillante. Pero me arrojo sobre los paquetes de mantequilla como si al echarles garra fuera a recuperar mi infancia y estaría otra vez con mi padre, en su camioneta pick-up, rodando hacia la hacienda mientras escuchamos “Tabaquera”, interpretada por la Billo's en la radio. Cojo tres paquetes. Vuelvo sobre mis pasos, mejor uno más. Y ya que estoy en la nevera, otro.

Voy a la caja con mi botín. Llegaré tarde a mi gabinete de gabinete de escritura, pero estoy experimentando una maravillosa sensación: llegaré a casa con productos raros, valiosísimos, les habré ahorrado a mis hombres varias horas de búsqueda y de colas. Mientras espero mi turno me dedico a saborear el momento: ahora esos días de escasez se me antojan mera antesala para esta plenitud. Me veo inclinada a pensar que exageré. Aquí están los productos (los contemplo en el carrito como si fuera un bebé en su coche), ya todo está bien. Quiero darle las gracias a alguien.

De regreso a casa, bamboleando las bolsas con aire echón como si paseara por la plaza de Machiques del brazo de Cristiano Ronaldo, caigo en la cuenta de que un par de busaquitas me han reconciliado con la dura vida cotidiana venezolana. ¡Un momento! Cómo es que un paquete de papel tualé (este, al que me abrazo cuando nadie me ve), borra las penurias diarias. Qué me pasa. ¡Me he acostumbrado!




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