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Todos los diálogos, hasta los más domésticos, toman su tiempo.  En el caso de un país radicalizado como el nuestro, es natural que esos lapsos sean, cierto o aparentemente, más extensos de lo común.  Tampoco se trata de que los venezolanos sean excesivamente pacientes o sustancialmente pasivos.  Ejemplos abundan: desde los días de Guaicaipuro, pasando por la independencia del imperio español, hasta hoy, el hecho es que siempre hay algo de indómito en nuestros génesis.

Ahora, ¿por qué tanta premura?  ¿Cuánto representa un mes más?  ¿Esos estrechos márgenes son realmente definitorios para solucionar la crisis en paz?  ¿Qué nos empuja?  ¿Qué fuerza poderosa lo hace tan importante?

Vamos por partes: no hay que temerle al tiempo como consecuencia de olvido o rompimiento afectuoso con la oposición.  Mientras los hechos estén allí, se mantengan vivos, te acompañen en la casa, en la calle, y hasta en los lugares más recónditos, no hay manera ni fórmula humana de borrarlos de las memorias de las víctimas.

En definitiva, los venezolanos no van a dejar de lado su tragedia ni a los sujetos que las provocaron.  Poco valdrán las engañifas, algunas tontas artimañas, ni las mediocres salsas presidenciales.

De manera, que esa carrera contra el tiempo proviene, más allá de cualquier otra razón, de la crisis misma.  De la necesidad de llevar a cabo el referendo revocatorio antes del 10 de enero de 2017 para que ciertamente se produzca la salida del presidente, asunto éste, principalísimo.

¿Cuántos son los que desean la salida ahora mismo del régimen?

¿Cuántos son los que desean la salida ahora mismo del régimen?  Pues, más de 80% de venezolanos quieren con atoramientos de náufragos que un gobierno corrompido desde sus cromosomas, presidido por incapaces, por sátrapas, por funcionarios con ataques de bulimia por el dinero de propiedad ajena,  sean echados del poder definitivamente.

Es decir, que la MUD está sometida minuto a minuto a la presión de más de catorce millones de compatriotas que solicitan con urgencia el desalojo de Miraflores para que se imponga un gobierno próspero, democrático, de trabajo, de liberad.  De modo, que no depende de la dirigencia cúpula de la oposición la decisión libérrima de cuál será el momento de abandonar las mesas de diálogo. Es, sencillamente, una medida del pueblo venezolano, sin militancia política y por lo tanto no obediente.

Donde no existe sombra de dudas es  en que la exigencia es netamente electoral; el resto son aderezos importantes, pero de segunda categoría.  Total, todo es consecuencia del axioma de que todos los problemas que nos asfixian y que ha convertido el país en un rancho miserable, son producto de un sistema fracasado y de unos gobernantes incapaces que tienen que irse.

Cierro esta nota, como tantos otros columnistas lo han hecho con anterioridad, con las aterradoras declaraciones de monseñor Claudio Celli: “si fracasa el diálogo nacional entre el gobierno venezolano y la oposición, no es el Papa sino el pueblo de Venezuela el que va a perder, porque el camino podría ser el de la sangre”.  Precisamente, Excelencia, para que no sea una salida cruenta la solución es la electoral, que triunfe aquel que obtenga la preferencia del pueblo, y cuestión resuelta.

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