(Foto AFP)
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En San José de las Lajas, Matanzas, Limonar, Colón, Santo Domingo, Cienfuegos y Santa Clara, las mismas escenas se repiten, miles de personas esperando horas y horas para ver pasar la comitiva fúnebre que transporta los restos de Fidel Castro en un viaje que es al pasado para muchos.

Como en Matanzas, unos 80 kilómetros al este de La Habana, donde Desiderio Ruiz y Miriam Cabrera esperan pacientemente el paso del vehículo militar que arrastra en un remolque las cenizas de Fidel Castro, quien falleció el 25 de noviembre a los 90 años.

La comitiva fúnebre emprendió hoy un histórico viaje de regreso cargado de significación histórica pero, sobre todo, contenido emocional para aquellos que vivieron los tumultuosos años de la Revolución, hace seis décadas.

El cortejo salió de La Habana poco después de la salida del sol, bajo la mirada de decenas de miles de personas que habían madrugado para poder estar en el malecón y dar el último adiós a Fidel.

Algunos como Yaín y Dulce María se habían levantado a las dos de la mañana “para despedir los restos de nuestro comandante en jefe”.

Conmovidas y tristes, apenas podían expresar sus emociones ante la cámara.

En enero de 1959, Fidel Castro inició un viaje desde Santiago de Cuba, en el extremo oriental de la isla, hasta La Habana, con unos mil “barbudos”, como se conocía a los rebeldes que luchaban contra la dictadura de Fulgencio Batista.

En los ocho días que duró el viaje, Castro fue recibido por multitudes en las calles y a cada parada en camino hacia la capital cubana, su estatura e imagen ante la población rural crecieron.

Ahora los restos de Castro realizan el camino inverso, de La Habana a Santiago, donde sus restos recibirán sepultura. La ciudad en la que inició su viaje al poder será también en la que terminará su andadura.

Matanzas fue una de las últimas poblaciones en las que la llamada “Caravana de la Libertad” paró antes de entrar en La Habana: fue el 7 de enero de 1959.

Entre los que presenciaron su entrada en la localidad estaban Ruiz y Cabrera, entonces de 14 y 10 años, respectivamente.

Los dos vecinos apenas pueden contener su emoción. La escena les transporta a su juventud, un viaje emocional que, aunque aseguran que esperaban, también reconocen que está resultando difícil.

“Es lo mismo que en el 59, cuando toda la población esperó en la calle la llegada de Fidel. Esto es lo más grande que pueda suceder”, dijo a Efe Ruiz mientras Cabrera asentía con la cabeza.

“Era una multitud inmensa”, añadió Cabrera.

El ambiente entonces era de júbilo. “Todos estaban contentos de que todo aquello iba a acabar”, cuenta Cabrera.

Para Cabrera y Ruiz, “todo aquello” era el conflicto civil, pero también la dictadura de Batista, con sus abusos, asesinatos y torturas.

En el Parque de la Libertad de Matanzas, Castro pronunció uno de aquellos famosos discursos al caer la noche, desde un balcón.

Refiriéndose a la distancia física que la posición del balcón dictaba, Fidel empezó declarando: “decía que lamentaba no estar más cerca, porque yo no he venido a los pueblos a hacer discursos, no he venido a los pueblos a hacer retórica, no he venido a los pueblos a impresionar a nadie, yo he venido a los pueblos a hablar con el pueblo”.

Pero Cabrera y Ruiz quedaron impresionados. Hasta hoy.

“Como él no ha habido nadie”, declara con admiración Cabrera. “Ojalá hubiese durado más”, añade Ruiz.

Tras el paso de la comitiva fúnebre, tras los gritos de “¡viva Fidel”, la multitud de Matanzas se dispersa lentamente.

Un hombre con su hija pequeña se acerca a este periodista y le pregunta con tono de afirmación si es parte de la prensa.

“Que sepa que aquí no había nadie obligado. Todos estábamos aquí porque queríamos. Sólo le quería decir eso”, declara antes de seguir su camino.

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