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Todo es lenguaje. Esto es una obviedad. Incluso, lo que no se dice, lo que se calla, lo que se acalla, lo que se omite, lo que se abulta, todo es lenguaje. Pero no todo tiene la misma relevancia. Y determinar qué es lo importante en un discurso, también es lenguaje. Cuando se resta importancia a lo que es axial para concentrarse en lo secundario, eso también es una operación del lenguaje. Y mucho de esto ha ocurrido con el análisis de los primeros acuerdos suscritos entre la Unidad Democrática y el régimen de Maduro.

¿Es importante que los presos políticos sean reconocidos como tales, al momento de pactar su liberación? Sí, es muy importante. Desde luego, no es lo mismo “personas detenidas”, que pueden serlo por cuestiones legítimas, que ser presos políticos por efecto de un secuestro perpetrado por un gobierno autoritario. Pero, ¿eso es lo más importante de un documento donde queda establecido el compromiso de liberar a casi la mitad de ellos? No. Eso no es lo más importante. Bastaría, al aludir a eso, decir que el régimen ha impuesto otra vez su jerga adulterada, en la que nadie cree y que todo el país repudia, pero que lo fundamental es que con esa misma operación reconoce la existencia de presos políticos –y, por tanto, la inexistencia de democracia, puesto que ambas entidades no pueden convivir.

Ha habido, me temo, algo de sobreactuación en este asunto del uso del lenguaje en el citado acuerdo. Al poner la lupa en una u otra frase, sin mencionar el hecho de que todo el documento y la situación en sí misma es arena movediza, se sucumbe al riesgo que toda la cuestión entraña.

El diálogo entre oposición y Gobierno es, en principio, una alternativa a la violencia, que ya es una opción más que probable en Venezuela

El primer escollo lo plantea la palabra “diálogo”, que según el diccionario es “Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos”. Lo increíble es que hay quien imagina que, efectivamente, la Unidad Democrática y la dictadura van a una mesa a “manifestarse sus afectos”. Naturalmente, esto solo lo piensa la capa más básica del país, pero los hay. Quienes tienen alguna información saben que ese diálogo no es tal. No en el sentido expuesto en el DRAE. Pero tampoco en el de una conversación, por tensa que sea. El diálogo entre oposición y Gobierno es, en principio, una alternativa a la violencia, que ya es una opción más que probable en Venezuela. Pero, sobre todo, es una instancia a la que el Gobierno ha ido a regañadientes, porque la oposición ahora es amplia mayoría (demostrado en las elecciones legislativas) y porque no le ha quedado más remedio. A la vista están sus mil provocaciones para que la oposición abandone ese terreno, donde hay oportunidades de echar las bases para la transición, que es lo que el país necesita y desea.

Por este camino, el lenguaje atrapa también a quien dice “el Gobierno quiere la paz y el diálogo para ganar tiempo”. En realidad, el Gobierno no quiere paz. Quisiera que lo dejaran tranquilo, que es otra cosa. Y ya eso no va a ocurrir. Ni un día. Ni un minuto. Porque la oposición, que aspira ser gobierno, solo lo será si se comporta como el aguijón, que zumba y pica sin dar tregua a su adversario. El diálogo, por otra parte, es lo contrario de la paz: hay diálogo porque no hay paz y porque la falta de paz podría derivar en una escala aún mayor de violencia. Y hay intermediario y mediación porque no hay democracia, porque no hay confianza y porque el régimen decidió prescindir de la Constitución…

He aquí otro lodazal del lenguaje. Hay quien admite que el régimen ha violado la Constitución repetidas veces y que, desde el día que canceló la posibilidad de hacer el revocatorio, se puso al margen de ella y terminó de mostrar su rostro dictatorial. Pero al mismo tiempo proponen que la ciudadanía vaya hasta la casa del dictador a gritarle su rechazo. ¿Cómo pueden señalar a alguien de sátrapa cruel y al mismo tiempo sugerirle a gente inerme que vaya hasta su guarida? En un plano muy pero muy sencillo de lenguaje, ¿no hay allí una gran contradicción?

Como es contradictorio que usted afirme que el régimen es tramposo, que ha hecho y hará todo para zafarse de las elecciones porque en todas saldrá perdiendo, pero luego espere que firme un acuerdo impoluto y con tono democrático.

El lenguaje tiene valor en la medida en que no sustituya la realidad. Lo importante con la actual situación y con cualquier acuerdo que de ella evapore son los hechos. Y, con sus dificultades y tropiezos, la oposición está avanzando. En la vía que se ha propuesto: desalojar el actual modelo por una ruta pacífica, imponer la Constitución y sustituir la dictadura por una democracia que represente a la totalidad del país.

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