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Un rasgo muy extendido en la sociedad venezolana es la susceptibilidad a la crítica. Cualquier frase desfavorable hacia el comportamiento o la capacidad de alguien es recibida, en la mayoría de los casos, con argumentos que desvían la culpa hacia causas externas, o que tratan de descalificar al autor del comentario. Con bastante frecuencia, los criticados responden a quien los cuestiona con cañonazos verbales y hasta físicos. No importa si la crítica es constructiva, casual, justa, injusta o elaborada. La reacción es, con mucha frecuencia, desproporcionada.

El mejor ejemplo de la intolerancia a la crítica la tenemos en el gobierno actual. El chavismo es –y ha sido, desde sus orígenes- el movimiento político con la piel más delgada de la que haya memoria, con un repertorio inagotable para repartir culpas o para castigar sin piedad a los disidentes, a los opositores y, en general, a todos los que se atrevan a cuestionar sus maneras, su gestión o sus fallos, que son muchos y muy graves. La autoestima baja, pues, que tienen los rojitos.

Pero como rasgo social dominante, la resistencia a la crítica no está reducida a las filas del grupo que gobierna y a sus simpatizantes. A raíz de la torta (no se le puede dar otro nombre, por muy políticamente correcto que uno trate de ser) que pusieron los representantes de la MUD en la reciente reunión de diálogo, se desató, por una parte, la reacción justificada de opinadores, tuiteros y demás factores de opinión rechazando el “acuerdo” que se firmó (con el gobierno no hay acuerdos, porque nunca cumple), y por la otra la defensa del diálogo y la acusación a los criticones de querer dividir a la MUD y de ser poco menos que traidores a la causa opositora.

En una democracia, la gente opina. Y opina con los medios de que dispone, desde donde esté. Algunos dan discursos en la calle, otros escriben en los medios y, hoy, con la tecnología que hay, muchísimos más usan las redes sociales: los guerrilleros del teclado, que llaman algunos con un dejo despectivo. Pues a esto hay que acostumbrarse, especialmente si se está en una posición pública o en un cargo que afecta la vida de los demás, como dirigente político, funcionario o mánager de béisbol ¿Alguien se imagina un partido de pelota sin que las gradas opinen y griten, especialmente cuando los jugadores o el estratega meten la pata?

No hay béisbol sin gradas, y no hay política –al menos democrática- sin opiniones.

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