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Ha comenzado un nuevo año litúrgico en la Iglesia Católica. Ahora entramos en el tiempo del Adviento, que significa, Advenimiento, inminente llegada. Y es el momento que la Iglesia nos ofrece para reflexionar sobre el misterio de la encarnación del Hijo de Dios. El tiempo de Adviento da la entrada a la Navidad, que todos celebran con mucho fervor y piedad.

El evangelio dominical nos trae una enseñanza de Jesús que habla justamente de su próxima llegada en la gloria, al final de los tiempos. Efectivamente, nadie sabe el día ni la hora en que todo aquello sucederá. No lo saben ni los ángeles, ni él mismo, solo el Padre de los cielos sabe cuándo será ese momento.

Quien no esté preparado, no gozará de la gloria eterna

El Maestro coloca un ejemplo dramático que recuerda un pedazo de la historia de Israel. En los tiempos de Noé la gente vivía sin pensar que todo tendría un final: comían, bebían y se casaban. Pero un día vino el diluvio y los arrebató a todos. Así será cuando venga de nuevo Jesús. Quien no esté preparado, no gozará de la gloria eterna. En aquel tiempo, unos se salvaron porque hicieron caso de las advertencias que venían de Dios, pero otros no, porque prefirieron seguir el curso de sus vidas cegados por los placeres del mundo.

En el evento crucial que Jesús describe, en la última venida del Hijo del Hombre, habrá quien será llevado junto a él en la gloria y quien será dejado en la obstinación de su desatención. Porque quien esté distraído y despreocupado de las cosas importantes y fundamentales de su vida, ése no progresará en el camino de la virtud, y mucho menos obtendrá la vida eterna, porque precisamente no colaboró en el crecimiento de la semilla del reino en su vida, en su corazón.

La exhortación del Maestro respecta el permanecer en vela. Estar atentos a los acontecimientos es lo proprio del ser discípulo de Cristo: no se puede caminar sin observar con atención el sentido de las cosas, puesto que todo, absolutamente todo, contribuye para la salvación. De algo malo surge siempre otra cosa que ayuda a fortalecer el espíritu; todo contribuye para la salvación de todos los hombres. Pero se requiere de un esfuerzo, incluso heroico, de parte de todos, para sobrellevar las cargas y las fatigas de cada día, junto a los que sufren y pasan aún más necesidad.

Nadie sabe ni el día ni la hora en que vendrá el Señor. Por eso, es muy importante concentrarse y estar siempre preparados. A la hora menos pensada nos tocará a todos. Pero nuestra confianza está puesta en Dios que nos ama y nos acompaña.

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