Martes 9 de febrero de 2010
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El CHE Guevara y la Venezuela de hoy

Domingo Alberto Rangel

La gran prensa diaria y el complejo informativo del cual ella hace parte, se cuida mucho de destacar la relevancia o la significación que encierra el treinta y cinco por ciento que registró la abstención en los recientes comicios regionales y locales. ¿Es acaso una inmensidad alcanzar tal porcentaje cuando todo el mundo, desde los fascistas militares, que de repente han encontrado un mensaje en el “Mein Kampf” de Hitler, hasta los camaradas del Partido Comunista, que no hicieron otra cosa que llamar a votar con todo el aire de sus carrillos? Vota, titulaban los grandes diarios, vota repetían los circuitos radiofónicos, vota coreaba por último la gran pantalla de la televisión. A propósito, no deja de ser una ironía que a la televisión, ubicua y entrometida universal, la llamen pantalla chica. Es por el contrario, una desmedida pantalla que penetra en todas las casas y asalta todas las conciencias.

La abstención viene haciendo milagros en esta Venezuela hipócrita de la cual el mejor signo es el presente régimen. Hasta 1990, el sistema venezolano se jactaba de la altísima proporción de votantes que concurrían a las urnas. Pero un buen día, habiendo surgido ya el comandante Chávez como salvador del sistema capitalista en Venezuela, la abstención empezó a oscilar en torno al cuarenta por ciento. A veces más alta, a veces más baja, pero siempre fluctuando alrededor de esa cifra. Imitando la sugestiva prosa del Manifiesto de Marx y Engels, diríamos que un fantasma recorre a Venezuela, el fantasma de la abstención. Contra tal fantasma se coaligan el comandante Chávez y el cardenal-arzobispo de Caracas, que suelen reñir para entretener a las clientelas de las cuales viven, gobierno y oposición, como sopletes que encienden el fuego de las pasiones electorales, el imperialismo yanqui y el imperialismo ruso, los dos se estrechan la mano para de- searse, en el silencio de los secretos, buena suerte en las elecciones que el uno teme perder y el otro anhela conquistar. Pero el fantasma se ríe de ellos, alcanzando siempre más fuerza que cualquier otro sector político del país. El oficialismo llegó a más de cinco millones, la abstención representó a más de siete. Si contamos o elegimos como medio de mediciones o como vara para medir, no al Registro Electoral, sino a la población en edad de votar la proporción de abstencionistas es mucho mayor. Llegaría a más del cincuenta por ciento, como pudo verse cuando la señora Lucena y su combo del CNE realizaron, hace meses, un intento de actualizar ese registro. De dos millones de presuntos inscritos, que la propia señora Lucena estimó como el número de personas con derecho a votar que podrían registrarse, sólo lo hicieron cuatrocientos mil.

La abstención seguirá siendo alta porque el sistema político de Venezuela, con Carlos Andrés Pérez o con Hugo Rafael Chávez, con Rafael Caldera o con Belcebú, es un cohete ya quemado o a medio quemar. El comandante Chávez le ha prestado un servicio inestimable a los sectores dominantes al hacer creer al pueblo que es posible alcanzar el poder por vía electoral, y obtenido el poder, realizar la revolución más radical, la única que podría hacerle justicia a los olvidados de la tierra. En realidad, Chávez no es el primero que engaña al pueblo venezolano con tal ilusión. Una larga caravana, iniciada por Rómulo Betancourt en los años treinta, de la cual formaron parte Jóvito Villalba, casi siempre el Partido Comunista y también casi siempre los grupos trotskistas criollos, han sido agentes de esta ilusión que no es obra de la casualidad. El reformismo, la conciliación de clases han sido instrumentos del sistema internacional capitalista. El comandante pertenece a la misma caravana que, iniciada por los socialdemócratas alemanes hace más de un siglo, empezó a vender la mercancía de la conquista del poder a través del voto. En Venezuela, esa misma baratija fue ofrecida, ante todo, por esos buhoneros políticos que parecen eternos, los adecos, que ya están resucitando, y es como si un sector de la sociedad dijera a Chávez: comandante, preferimos el producto original, no las imitaciones.

La abstención seguirá siendo alta, oscilando en torno al cuarenta o cincuenta por ciento del electorado. Y así será hasta que aparezca la conciencia que no se deja comprar, que vence las tentaciones y rechaza los llamados. Entonces ya la sociedad venezolana habrá entrado en su crisis final. Eso ocurrirá cuando se derrumbe el modelo de emirato petrolero que el capitalismo internacional ha construido en nuestro país. A propósito, el crudo está cotizándose a menos de cuarenta dólares el barril. No creo que eso, por sí solo, derribará al gobierno. Las calamidades no hacen milagros. La crisis de 1929 consolidó al sistema capitalista internacional y en Alemania llevó a Hitler al poder, no al camarada Thaelman. Si fuéramos a hacer caso a los catecismos estalinistas, correríamos a formar un frente con la oposición. Pero, ¿con una oposición, que al igual que el gobierno, es sinvergüenza y corrompida? Para encontrar el camino en medio de esta crisis, que ahora se abre con la baja del crudo, creo que el deber de los revolucionarios es el mismo que nos indicó en La Habana en 1962 el Che Guevara, cuando junto a Simón Sáez Mérida fuimos enviados por el MIR a sondear a la dirección revolucionaria acerca de una táctica adecuada, en ese entonces, a la situación venezolana. Nos recibió el comandante Guevara en su despacho del Ministerio de Industrias. Yo viví, nos dijo, seis meses en Venezuela y capté, bajo Pérez Jiménez quien gobernaba en ese momento, el amor desmedido, similar al del Quijote por Dulcinea, que sentía el pueblo venezolano hacia la democracia burguesa. Ese sentimiento lo han sembrado ustedes o han contribuido a sembrarlo. Han transcurrido apenas dos años de estar gobernando allá la democracia. ¿Pueden ahora decirle a ese pueblo que el producto que ustedes mismos le vendieron durante un ya largo tiempo, de repente no sirve? ¿Van a constituir una guerrilla rural, cuando los campesinos son adecos y aguardan por la reforma agraria que AD les viene prometiendo? Yo les recomiendo una línea de oposición pacífica, pero insobornable. Deben movilizar a los obreros, a los campesinos, a las clases medias por sus reivindicaciones históricas y cuando tales clases adviertan que los adecos son unos tunantes, entonces sí pasen a la lucha armada. Pero sobre todo, no participen en elecciones que eso sí es cretinismo político. Con Simón Sáez trajimos esa recomendación, pero fuimos derrotados en la dirección del MIR. Hoy, y es lo interesante, ese mensaje del Che sigue más vivo que nunca.

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