Lunes 8 de Febrero de 2010
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Fascismo

Domingo Alberto Rangel

La avenida Urdaneta quedó en aquella tarde del 13 de abril toda roja rojita. Mitad de los barrios caraqueños y mitad acarreados en autobuses desde la vasta provincia, partidarios del gobierno llenaron aquella avenida. Así eran los mítines del Führer en la enorme Plaza de Núremberg. Años después, en 1946, a pocas cuadras de la misma plaza, sesionaba aquel famoso Tribunal, instituido por los aliados victoriosos, para juzgar y condenar a sus seguidores. Peor fue la suerte del otro líder fascista de la Europa de comienzos del siglo XX, Benito Mussolini. Llenaba éste la plaza de Venecia en Roma, desde cuyo balcón lanzaba interminables arengas a espesas multitudes dispuestas a conquistar el mundo. Pero no pudieron con el Octavo Ejército de Montgomery, integrado por australianos y neozelandeses, ante los cuales los fascistas italianos batieron el récord de velocidad en su huida, récord que nadie ha podido superar, por ahora. Mientras Hitler, amo de multitudes, puso fin a su existencia por mano propia, Mussolini fue capturado y ejecutado por los partisanos comunistas y expuesto al escarnio público en la plaza Loreto de Milán. El drama del fascismo, como el que empieza a perfilarse en Venezuela, es que tras una plaza de Venecia y un Palacio de los Deportes se perfila siempre, inexorable, el Tribunal de Núremberg.

Aunque haya elegido el color rojo, el bolivarianismo venezolano es fascista. La idea de vestir a los militantes o simpatizantes de un movimiento político con una camisa de determinado color fue primero concebida por Mussolini en la Italia de los años veinte. Ha sido siempre el fascismo un movimiento de esencia e inspiración militarista y la camisa de un mismo color concreta esa inspiración. Mussolini escogió el color negro y sus “camisas negras” llenaron las plazas en Italia hasta que en 1940 su jefe cayó en la tentación de la guerra. Tres años bastaron para liquidar aquel régimen que no soportó la presión de una contienda armada sobre la economía y la sociedad italiana en general. Hitler optó por el color pardo y, aunque combatiendo hasta el final con más coraje, fue también arrollado por los aliados en el asalto final de 1945.

El fascismo es elitesco, discriminador y aristocrático por excelencia, así sus militantes habiten, de manera fundamental en los barrios. La idea de la camisa negra o parda en Europa, distinguía por sí sola a una élite casi predestinada en el seno de aquellos movimientos. Ahora, en Venezuela, es la roja. Los que participan en las concentraciones bolivarianas vestidos de rojo acaparan el derecho a firmar tarjetas de recomendación, a entrar en los ministerios, sin cumplir los preceptos de seguridad allí vigentes, en fin, de optar a contratos que otorgue la Administración Nacional. En otras palabras, una camisa roja tiene derechos preferentes en la inabarcable área de la corrupción que es, después del petróleo, la más importante de todas nuestras industrias. Un “camisa roja”, jefe de un batallón, tiene derecho a aspirar a ciertos negocios y el que apenas comande un pelotón no pasará del derecho a tareas menores en algún ministerio o en el hato del ministro Rodríguez Chacín o, quizás, aparejar el yate de Aristóbulo Istúriz.

El bolivarianismo es, como todos los movimientos fascistas, un engendro fascista. El PSUV no tiene nada de comunista como tampoco lo tuvieron sus predecesores del MBR-200 y el MVR. Sin embargo se le ha tildado de comunista. El comunismo y el PSUV de hoy, o los otros partidos que he mencionado, nada tuvieron en común. El comunismo es proletario, no hay allí jerarquías determinadas por la camisa que haya escogido el movimiento y además, el comunismo es el movimiento más antimilitarista que haya existido en los últimos dos siglos de la historia humana. ¿Quién destruyó el ejército chino de Chiang Kai Chek? El Partido Comunista chino. Fue otro partido comunista que venció al ejército de Baptista en Cuba. No prosigamos porque la historia de los últimos cien años está llena de episodios en los cuales, en muchos países, los partidos comunistas empuñaron las armas contra los ejércitos nacionales. El comunismo es igualitario, plebeyo y democrático. El bolivarianismo es jerárquico, discriminatorio y mesiánico como el fascismo italiano o el nazismo alemán. Sólo ciertas circunstancias de los últimos cincuenta años han podido engendrar la idea de que el bolivarianismo tenga algo que ver con el comunismo. Tiene, en cambio, vínculos múltiples, profundos e inagotables con el fascismo.

Todo movimiento fascista tiene un jefe predestinado, intocable y mesiánico inspirado en Adolfo Hitler, en Benito Mussolini, en José Antonio Primo de Ribera o en Ante Pavelich, jefe de los “ustachis” de Croacia. Ellos serían los prototipos para Chávez. Claro, Chávez no es adecuado para el papel que en un movimiento fascista incumbe al jefe, pero “cogiendo aunque sea fallo” y no teniendo jefe heroico, el bolivarianismo tiene que conformarse con un jefe impostor, pero jefe al fin. Chávez designa a dedo las jerarquías, las normas y los personajes que han de dirigir la maquinaria del partido. Así procedían, o de esos atributos estaban investidos, Hitler y Mussolini. Chávez es el epicentro, providencia y principio rector de todo en ese movimiento tal como ocurría en el fascismo europeo.

Un jefe fascista jamás se retira ni deja el cargo que desempeña. Ningún jefe fascista sería capaz de un gesto tan lleno de grandeza histórica, de desprendimiento humano y de coraje moral como fue la renuncia de Fidel Castro. Sólo un comunista, es decir, un apóstol, puede despojarse de toda investidura pasajera para conservar sólo el mérito que lo destacará en los siglos que vienen, el de Jefe de la Revolución Cubana. Un fascista jamás sería capaz de tanta magnitud histórica. El PSUV y el régimen bolivariano son instituciones fascistas, nunca comunistas. Donde hay “fasci di combattimento” no puede haber sino fascismo. Dejémonos de estrabismos políticos.

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