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La enseñanza que Jesús propone en este relato evangélico se da en ocasión de una controversia con los saduceos, que no creían en la resurrección de los muertos. Ellos le preguntaron acerca de una instrucción de Moisés conocida como el levirato. Esa ley protegía a la mujer en caso de la muerte de su marido, y consistía en el derecho del hermano del difunto en tomar como esposa a la viuda, con el fin de dar una descendencia al apellido de la familia. El hijo, desde el punto de vista jurídico, se consideraba hijo del difunto, y no de su padre natural. Pues bien, los saduceos le inventan a Jesús una historia de una familia de siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. Lo mismo el segundo, con la misma mujer, y así los siete restantes. Al final, también murió la mujer. En la presunta resurrección, la mujer, ¿de cuál de ellos será esposa? Se trataba de una trampa para ver qué contestaba el Maestro. Querían decir que la resurrección era una cuestión absurda.

La pregunta no dejaba de tener sentido para los oyentes. Seguramente ellos también se preguntaban lo mismo, en el caso de ser cierta la creencia de la resurrección de los muertos. En efecto, en el judaísmo había una corriente de pensamiento que creía que había un retorno a la vida terrena, pero mejorada y potenciada. No se preveía el cielo.

Ahora viene la respuesta de Jesús. Él dice que mientras la gente está en este mundo, los hombres y las mujeres se casan, pero que cuando alguien es digno de entrar en el reino de los cielos, convirtiéndose así en hijo de la resurrección, es como un ángel. Ya no necesitará de parentescos para relacionarse; no habrá lazos limitantes. Aunque la cuestión es, en realidad, muy difícil de comprender para todos los que hemos vivido en el seno de una familia, en la práctica, se trata de cada ser humano que ha pasado por este mundo. Jesús propone una vida eterna que consiste en un alargamiento de la familia en la tierra. Entonces se conformará la gran familia espiritual y duradera.

Luego Jesús quiso profundizar la cuestión e intentó interpretar, lográndolo perfectamente, la ley de Moisés, por la que preguntaban sus interlocutores al inicio. Él dice que Moisés llamó a Dios como Señor de Abrahán y Dios de Isaac y Dios de Jacob. Por esto, no es un Dios de muertos, sino de vivos. Estos personajes eran considerados como los patriarcas eternos que no morían jamás. Al final, todos pueden vivir para Dios.

 

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