No se sabe cuándo comenzó el hombre a caminar con los pies protegidos contra filosas piedras o punzantes espinas. Al principio serían toscos trozos de piel de animales amarrados con tiras de piel o fibra vegetal alrededor de los tobillos, que poco a poco irían derivando en rudimentarias botas o sandalias que, en regiones más frías, les permitían además pisar superficies cubiertas de hielo. Y ya en la Edad Media existían artesanos especializados en fabricar y reparar calzado de cuero. Aún antes, los romanos y otras culturas coetáneas utilizaban sandalias más o menos elaboradas y sofisticadas.
El de zapatero era un oficio, como muchos otros, que pasaba de padres a hijos, regulado por gremios, normas urbanas y tradiciones técnicas. Muchos trabajaban en talleres ad-hoc, en espacios habilitados en sus hogares, o ambulantes. Utilizaban herramientas adecuadas para cortar, coser y ahormar pieles, y un banco muy peculiar donde sentarse: pequeño, de unos treinta centímetros de alto, que era la altura perfecta para apoyar firmemente los codos sobre sus propios muslos, quedando sus manos libres y perfectamente estabilizadas para realizar tareas de alta precisión, como coser a mano, cortar el cuero o clavar pequeños elementos. Además, al tener el zapato muy cerca de la cintura y apoyado en el muslo (o en la tradicional herramienta llamada tres pies), el zapatero puede usar el peso de su propio cuerpo para ejercer la fuerza necesaria al perforar y tensar materiales rígidos, teniendo el calzado cerca de los ojos para detallar costuras y acabados finos. Para alumbrar el interior del zapato se servía el zapatero de un bombillo colocado igualmente a baja altura, lo que generó que de las personas de piernas cortas se decía que tenían el trasero “como bombillo de zapatero”.
En Valencia siempre hubo buenos zapateros. De mucha fama eran los “Pepito” de mucha aceptación entre los jóvenes y las jóvenes en edad escolar; y luego, a la Valencia cosmopolita arribaron a la ciudad muchos inmigrantes que dominaban el oficio de la confección del calzado, como Mimmo Gullo, hombre jovial y sociable, o la “Zapatería Everest”, en el Edificio Lucania de El Viñedo, muy apreciados por la sociedad carabobeña de entonces.
La de zapatero artesano ha sido siempre una profesión digna. Con la revolución industrial nació la industria del calzado en serie, con máquinas y grandes talleres donde el proceso es casi todo automatizado, y aquellos talleres de los maestros zapateros tradicionales son cada vez más escasos, pero el legado y las técnicas de la artesanía en piel se mantienen vivos gracias a zapateros locales que preservan estos métodos y posturas clásicas, como uno que había por los lados de la Andrés Eloy Blanco, con su pequeño taller de reparación de calzado, su banquito y su “bombillo de zapatero”.
Como muchos otros, el oficio de zapatero se convirtió en apellido de muchas familias en la Edad Media. Quienes con él se identificaban eran orgullosos hijos de artesanos honestos. Pero, con el tiempo suele suceder que alguno se haya convertido en la “oveja negra” de la familia, indigno de llevarlo. Posiblemente, desde sus tumbas estarán denigrando de alguien involucrado, según un reciente escándalo mediático, en un turbio caso de corrupción de altos vuelos, al erogar el gobierno español más de 50 millones de euros para rescatar a una “línea aérea” de un solo avión, con bandera de ese país y accionistas venezolanos vinculados al chavismo.




