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Luis Alejandro Borrero | lborrero@el-carabobeno.com

 

En el sur el negocio florece. Por la avenida Aranzazu de
Valencia abundan los camiones cisterna. Se abren paso entre el caos
característico: mercaderes, transeúntes en la calle y carros con bocinas
incansables. Pasan desapercibidos y a la vez no, porque ya son parte del
paisaje.

En Trapichito hay un llenadero. Es un terreno árido que
dista mucho del frenesí de las líneas de producción en las embotelladoras. Los
vecinos acuden en pequeños pero constantes grupos. Cada uno lleva un botellón y
para cargarlos se las ingenian: en carritos de compra, en moto o en la mano y a
pie.

El precio lo vale. En
el llenadero de Trapichito cargar un cilindro plástico cuesta 10 bolívares. Eso
es apenas 8,33% del costo en zonas del norte de Valencia
, como Prebo. Allí
el control de la sed lo ejerce una compañía que apenas necesita un empleado
para despachar.

Carlos es ese empleado. Atiende con serenidad a todo el que
llega. Toma con una mano el botellón y lo acerca a la toma de agua. Abre la
llave de paso y la gente va sacando el dinero. Allí todo es muy metódico.

 

-¿De dónde sacan el
agua aquí?

-Nos llega desde dos pozos profundos.

 

-¿Y el proceso de
filtración?

-El primer filtro es la piedra, la gravilla. Ese es el mejor
¿No? Por allí no pasa nada. Puedes probar si quieres -dice señalando un filtro
a unos metros. Además tenemos un proceso.

 

El agua de aquel pozo tiene que ser revisada mensualmente
por especialistas, subraya Carlos. Pero los funcionarios de la compañía
Hidrológica del Centro (Hidrocentro) no acuden en ese tiempo. En cambio, desde
Trapichito los  van a buscar. Otras veces
les mandan muestras para su examen físico-químico.

Ahorita conseguir el
agua potable es muy difícil
. Tú vas a los abastos y la compras con sucio,
no está bien filtrada. También hay que hacerle mantenimiento al plástico,
reconoce el trabajador. 

Pero el mantenimiento del que habla el hombre no es
precisamente el que hacen allí -el único llenadero de la comunidad-. En el
lugar se hace un somero enjuague a cada envase plástico con agua subterránea.
Carlos abre el grifo por menos de tres segundos, bate el botellón y desecha el
agua en la tierra que está cerca.

Todo lo hace con una mano, porque en la otra sostiene la
faja de billetes: en su mayoría de baja denominación. En menos de media hora
acuden hasta 10 clientes. Entre ellos una señora que con sus propias manos tomó
una manguera del suelo y montó el recipiente encima de su carrito de compras.
No le importó que el pico sucio de la manguera hiciera contacto con el
botellón. En llenaderos como el de Trapichito la improvisación es norma.

En la planta
embotelladora de Tocuyito cada cilindro es lavado con componentes que incluyen
soda cáustica y rayos ultravioleta
. Se sigue un rigoroso proceso de control
de calidad. El cilindro PET (polietileno de tereftalato) que no sirve es
desechado. “Si usted me trae un botellón defectuoso y demostramos que es de
esta empresa, se lo cambio”, concluye Miguel García.

 

Confianza nula

Otro negocio que proliferó es el de las tiendas
especializadas en filtración. Están generalmente en centros comerciales. En la
zona metropolitana de Carabobo hay por lo menos cinco. Allí se encargan de
purificar el agua con tratamientos más especializados.

Graciela de Wilgen esperaba frente a la Tienda del Agua, en
el centro comercial Mago Shopping de Naguanagua. Se protegía del sol con gorra
y lentes oscuros. A sus pies tenía tres botellones llenos y sellados con tapa transparente.
Un joven le hacía el favor de llevar los recipientes hasta su carro, donde la
esperaba su esposo.

Para ella, el agua de botellón no puede faltar en casa.

-Yo vivo en Carialinda, detrás del centro comercial. Allí el
agua nos llega horrible. Por eso me vengo a comprarla aquí.

-¿Cuántos botellones
utilizan semanalmente en su casa?

-Seis botellones -dice sonriente-,

-¿Tantos? ¿Y cuántas
personas viven allí?

-Generalmente somos cuatro. Lo que pasa es que todo lo
hacemos con agua potable. Graciela es bioanalista.

 

Dice que hasta se baña con el agua potable que compra
envasada en la Tienda del Agua. Una vez sufrió una infección severa en su piel,
como una especie de hongo. No duda que haya sido por el líquido que sale por
las tuberías. Por eso no corre más riesgos.

La familia gasta el equivalente a dos mil 160 bolívares
mensuales solo en agua potable. Eso significa el 29% de un salario mínimo.
Resignada, asegura que no tiene opción. Pone por encima del gasto su salud y la
de sus seres queridos.

La Tienda del Agua tiene dos años funcionando. Allí se
encargan de envasar el líquido que viene de un pozo profundo detrás del centro
comercial. Antes pasa por un proceso de filtración conocido como ósmosis
Inversa (proceso avalado por especialistas como Pérez Rodríguez). Consiste en
la desmineralización del agua y posterior mineralización artificial, comentó su
encargada, María Ramírez.

Durante un año en casa de Graciela hicieron un trabajo de
investigación. Ya no confiaban en el camión que les distribuía el agua en la
urbanización. “Descubrimos que cargaban los botellones en un llenadero sin
controles de calidad”. Al no ser confiable y luego de la enfermedad de su piel,
opta por las tiendas especializadas.

Utiliza su propio microscopio para examinar el agua que compra
en el centro comercial, no ha encontrado nada extraño. Pero los camiones
cargados con botellones siguen surcando las calles de Valencia de Norte a Sur y
de Este a Oeste. El agua es vida. Pero en Carabobo viene embotellada. Y además
tiene un precio.




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