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Armando Pérez en su taller de París. (Foto José Pulido)

Armando Pérez es uno de los pintores más extraños que han salido de Venezuela. Y eso es bastante decir de un país donde cada artista plástico, audiovisual, conceptual, es una búsqueda pujante de la originalidad. Armando no es arbitrario, tremendista, extremista o exagerado. Su rareza se manifiesta a través del silencio, de la sobriedad, de la cordura.

Su obra es extraña por ser compleja y sencilla a la vez. Para decirlo de una manera que podría parecer absurda: sus cuadros son silenciosos. Ni alegran ni entristecen. Solo están allí como realizados para hacer meditar al espectador. Son como el espejo de la madrastra de Blanca Nieves: en cualquier momento te dicen la verdad.

Su trabajo con el color es tan perfeccionista que no llama la atención, porque satisface y devuelve una imagen fantástica pero verosímil de la realidad. Sus realizaciones son como sueños que se repiten pero cambiando atmósferas. Armando abre para la mirada ajena una dimensión muy propia. A veces parece colocar en primer plano varios cristales de tonos diferentes para solazarse buscando respuestas y reacciones en los colores. En realidad sus colores no enfatizan lo frío ni lo caliente. Más bien se transparentan como el aire: son leves.

El artista ha estado trabajando durante más de treinta años esa visión plástica. Las figuras, formas y símbolos son fáciles de reconocer: danzan o deambulan de modo permanente sobre un fondo que bien observado es un universo de colores. Se descubren colores hasta en los grises. Hay un trabajo minucioso allí que sólo se capta mirando con detenimiento cada rincón de lo compuesto.

Armando, en sí mismo, es un ejemplo de cómo la humildad puede tornarse un misterio. No le gusta hablar de su vida ni de su obra. Se aleja de las entrevistas porque su timidez lo arrincona y hasta con sus amigos habla poco.

Su aspecto es el de cualquier europeo de clase media. Tiene más aires de profesor que de pintor. Podría quedarse en silencio durante horas. Le gusta caminar cuadras y más cuadras. Y también podría andar y desandar veinte kilómetros a pie sin pronunciar una sola palabra. Eso no significa que no cargue la cabeza llena de mensajes y de ideas.

Sin embargo, verlo pintar es algo alucinante: con una certeza que parece científica, va creando todo lo que se propone. Su paciencia es admirable. Puede dedicarse meses y meses a un solo cuadro. Hasta que siente que está terminado. Para él, terminado, es que no queda un solo detalle sin la ubicación y la función que ha querido darle.

El maestro, artista y crítico de arte Perán Erminy ha señalado en uno de sus textos definitorios:

“Nunca se dejó seducir por los cantos de sirenas de las modas artísticas de turno. No cedió tampoco a las tentaciones del éxito comercial. Prefirió conservar la autonomía de su producción, desarrollada con la mayor independencia de criterio”.

Gastón Diehl, por su parte, escribió lo siguiente:

“¿Qué se puede deducir de este juego de espejos en donde las perspectivas se cruzan hábilmente en medio de un espectáculo maravilloso de graduaciones cromáticas? ¿qué finalidad tratará nuestro amigo de hacernos descubrir?

Tenemos soluciones de sobra: el triunfo de la incertidumbre, la sugestión de una constante irrealidad, la inexorable carrera del tiempo que se traga a los seres y a las cosas; la revelación de un universo diferente, la impotencia del hombre para definir su destino y por ello su condición irrisoria o la negación de su presencia. Frente a estas diversas virtualidades cada uno queda libre de escoger, libre de su propia lectura de esta obra tan rica que exige muchas veces varias lecturas”.

Armando ha asumido el tema de la máscara como expresión de su voluntad artística, convencido de que ese símbolo teatral, misterioso, carnavalesco y funerario, fluye en el tiempo y no se agota porque tiene que ver con el origen y el destino del ser humano.

Él ha perseguido ese tema a través de la niebla boscosa de la memoria colectiva, desde el antiguo recuerdo de las máscaras griegas, y ha sabido entender lo que revela, lo que significa y lo que esconde el uso de la máscara.

Su obra ha sido y seguirá siendo, la búsqueda perfeccionista de una visión donde la realidad y el sueño se mezclan como en una vitrina. Pero aunque esa perfección refleje una situación apacible y serena, solo basta mirar un poco más para que el arte de Armando Pérez comience a desatar las emociones con interrogantes. Ya lo dijo Jorge Luis Borges:

-No se puede contemplar sin pasión. Quien contempla desapasionadamente, no contempla.




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