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Fabio Solano || solanofabio@hotmail.com

El intenso frío parecía pasear por Ventaquemada ante la indiferencia de todos. Ese domingo en la mañana nadie dormía, ni desayunaba en casa, o se preparaban para la misa. Ninguno de los vecinos estaba tranquilo ante los terribles acontecimientos acaecidos el día anterior. A la espera de lo que sucedería a continuación, se podía decir que los presentes en esa zona se dividían en tres grupos: Uno, el de los habitantes de la antigua venta, una  parada casi obligatoria para los viajeros que se dirigían a Bogotá.

En una oportunidad fue incendiada por bandoleros, y reconstruida se quedó “Ventaquemada”. Otro grupo lo constituían las tropas patriotas triunfadoras de la gran batalla, que ya comenzaba a llamarse de Boyacá. Y el tercero, los españoles apresados luego de la derrota. Ese sábado siete de agosto el comandante Barreiros pretendió llegar a Bogotá, tomando la ruta del puente de Boyacá, para unirse al Virrey Sámano. Pero el general Bolívar detectó el movimiento y lanzó su ejército contra los realistas. Prisioneros quedaron muchos españoles que se entregaron al verse rodeados. 

Al día siguiente una temprana orden del Libertador tenía en tensión al poblado. Los españoles detenidos debían ser llevados a la plaza, frente a la casa donde estaba funcionando el cuartel general del Ejército Libertador. Seguro habría alguna decisión importante. El teniente Luis Jaimes comandaba el pelotón a cargo del traslado de los prisioneros, lo cual cumplió a las nueve de la mañana. Estaba parado en primera fila, conversando con otro oficial, quien comentaba que Barreiros estaba preso y sería juzgado, cuando salió el general y todos los de uniforme se cuadraron.

Bolívar venía un tanto serio, pero era evidente su satisfacción por el triunfo. En media hora saldría rumbo a Bogotá y ya tenía información que en la capital los españoles estaban de franca huida ante su inminente arribo. Se adelantó y quedó en el borde del corredor, un poco más alto que la plaza. Dejó correr la mirada por encima de las primeras filas donde estaban los oficiales realistas.  De pronto el semblante del general cambió: Sus ojos se entrecerraron y el gesto de la boca se endureció, mientras señalaba con el dedo a un capitán de la tercera fila. 

En seguida el teniente Jaimes retrocedió y, halando por un brazo al señalado, lo llevó al frente. Bolívar miró al hombre, y dolorosos recuerdos vinieron a su mente. El tiempo retrocedió como un relámpago, siete años atrás. Entonces, siendo un bisoño oficial, estaba al mando del Castillo de Puerto Cabello y al cuidado de prisioneros españoles. Una noche había dejado a cargo a su segundo, un teniente canario que se declaraba patriota.

Ese vil hombre, había entrado en complicidad con los presos, dándoles armas para dominar a los pocos soldados patriotas que estaban allí. Bolívar era el responsable de la fortaleza y ante el mundo fue culpable de su pérdida, además de ser señalado por la caída de la Primera República. Allí estaba el sujeto, ahora capitán realista y comandante de la guarnición de Tocaima, Francisco Fernández Vignoni. 

El Libertador dijo al canario: “Dígame una cosa Vignoni, ¿Qué sanción merece un oficial que traiciona a su superior y entrega las armas al enemigo?”. El hombre vio con temor  a Bolívar y contestó: “La muerte”. Entonces el general giró hacia donde estaba uno de sus oficiales y con amargura ordenó: “Coronel Córdova, cumpla usted con esa sentencia, ahora y aquí mismo”.

A una señal de su superior, el teniente Jaimes tomó un mecate, fue a la esquina de la casa, y lo lanzó a una viga que sostenía el alar. Al prisionero lo llevaron entre varios, amarraron sus manos a la espalda, y luego lo subieron a una pequeña mesa de madera. Alcanzó a decir algo de protección de Dios, antes de que un soldado pateara la mesa. El teniente Jaimes no vio la cara del ejecutado, y solo miró los pies que se agitaron, temblequearon y luego quedaron quietos. Para sus adentros se dijo: “Esto es lo que le espera a los traidores, sean del bando que sean. Un traidor es lo más despreciable, aquí y en todas partes”.




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