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La editora de cierre de El Carabobeño, Carolina Sánchez, plasmó en este texto
su experiencia para cambiar de residencia en el Registro Electoral y poder
ejercer su derecho al voto el próximo 6 de diciembre, cuando se escogerán los
nuevos diputados nacionales:

El dolor de mi rodilla derecha, tras permanecer unas seis
horas de pie, fue el resultado de lo que debió ser un sencillo cambio de
dirección ante el Registro Electoral. El trámite me tomó tres días. El
miércoles llegué a media mañana al punto instalado en el centro comercial Paseo
La Granja.

En ese momento se había ido la luz. Había un montón de
jóvenes dispersos entre la escalera y los pasillos. Al día siguiente, a las
6:00 a.m. ya se habían anotado los primeros 50 en una hoja arrancada de un
cuaderno. Comenzó la espera. “De aquí me iré a las 5:00, pero de que me
inscribo me inscribo”, expresó una estudiante. “Yo no soy político, pero hay
que votar”, dijo otro.

El cansancio y el sueño hacían más larga la espera. No había
donde sentarse y está prohibido hacerlo en las escaleras. Pasadas las 9:00 a.m.
uno de los organizadores informó que la máquina no llegaría, pero que había un
punto en el conscripto. Salimos en estampida.

En el recinto militar prohibían sentarse en el piso y hablar
en voz alta. El punto cerraría a las 12:00, advirtieron. La molestia fue
general. Muchos estaban levantados desde las 4:00 a.m. Las funcionarias del CNE
también se molestaron por las quejas. “Si no les gusta cierro ‘mi’ máquina y me
voy”. Intervinieron los militares y bajaron los murmullos. La paz duró poco.
Una de las operadoras atendió su celular. El reclamo fue casi unánime. La
respuesta fue poco cortés. “¿Cuál es el problema? Me da la gana y lo atiendo”.

El tiempo corría. Los de la fila no dejaban de murmurar y
quejarse. Hablaban mal del gobierno y de sus instituciones. Un niño que
acompañaba a una de las funcionarias jugueteaba cerca de las máquinas de
inscripción. En su inocencia ponía su pan y su botellita de agua muy cerca.
Pasaba por encima de los cables y en una ocasión abrió la pequeña impresora que
emitía los comprobantes. La operadora trataba de calmarlo. Todavía estaba
molesta por lo del celular y tenía cara de pocos amigos.

Se acercaban las 12:00. Los militares hicieron una concesión
y permitieron media hora más. A la funcionaria no le hizo gracia. Los de atrás
comenzaron a desesperarse. El muchachito seguía jugando sobre los valiosos
equipos del CNE. Faltaban siete minutos y un militar nos contó en la fila. No había
muchos pero igual se cumplió la orden. A las 12:30 p.m salimos sin chistar.

Los organizadores del punto en el Paseo La Granja
confirmaron una máquina para el día siguiente y se comprometieron a respetar a
quienes estaban en la lista. Cumplieron. El viernes, cerca de las 7:00 a.m.
comenzaron a llamarnos. La funcionaria del CNE, acompañada de unos tres
militares, llegó cerca de las 9:00 a.m. A las 11:00 fue mi turno. No tardé ni
tres minutos. Aún me duele la rodilla.




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