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De niña solía jugar con muñecas, coser, tocar piano y recitar versos. (Foto Clemente Espinoza)

Cecilia A. Chirinos

Un humilde y emblemático hogar con unas rejas blancas, son el recuerdo de momentos tristes y alegres. En un ambiente de tranquilidad, la dama sostiene un rosario en su mano derecha, que reflejaba la fe de una mujer sumisa, feliz y trabajadora.

Carmen Enriqueta Alcántara de Aguayo cumplió 101 años el pasado miércoles y festejó en compañía de sus familiares, en la residencia Geriátrica Renacer en la urbanización El Viñedo. Nació en Valencia, donde vivió su infancia y educó a sus hijos. Es la menor de los hermanos, de padres agricultores.

De niña solía jugar con muñecas, coser, tocar piano y recitar versos, además ayudaba a su familia a través del trabajo, razón por la cual le tomó amor a la labor. Solía ir los domingos a misa y formaba parte de las hijas de María de la iglesia La Catedral.

Al preguntarle de sus estudios, con una mirada triste Carmen Enriqueta explicó que solo pudo cursar hasta 6to grado, debido a su situación económica. “No soy profesional pero hoy en día me siento feliz por esta mujer que formaron mis padres y donde quiera que se encuentren me siento agradecida y orgullosa de ellos”.

No todo en su vida ha sido felicidad. Narró que la mañana del 7 de septiembre de 1950 recibió una llamada telefónica que le abrió una herida a su corazón. Era su hermano para darle la triste noticia de que su madre había muerto. Al momento del relato, un minuto de silencio rodeó la entrevista, la profunda mirada de tristeza, dolor y unas lágrimas marcaba su rostro, pero luego sonrió y dijo que gracias al amor de sus hijos y el de su esposo siguió adelante, a pesar de no haber podido olvidar este doloroso recuerdo que dejó huella en su vida.

Momentos inolvidables

Antes de seguir con la entrevista, Carmen Enriqueta hizo una pausa y limpió su cara con un pañuelo, luego al retomar nuevamente mencionó una de sus anécdotas relacionada con las coleadas de toros. A ella y a su esposo le encantaba ir a verlas, y juntos entonar canciones de pasodobles.

Un olor a comida impregnaba aquel placentero porche, lo que la llevó a revivir sus cien cumpleaños anteriores, con piñatas y mariachis. Entre risas aseveró lo agradecida que está al tener una gran familia que con esfuerzo les dio la mejor educación, para que hoy fueran hombres y mujeres de bien.




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