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Más de 800 familias esperan por el proyecto. Dicen que el
socialismo los dejó por fuera

Luis Alejandro Borrero | lborrero@el-carabobeno.com

Rutina y desesperanza son sinónimas. Cada mañana las hijas
de Edithza Castellanos se levantan mirando más allá del zinc, que hace las
veces de pared. Su vivienda es un rancho en lo que se conoce como Hijos de
Santa Inés, una invasión al lado de Ciudad Chávez, el proyecto habitacional más
ambicioso de Carabobo.

Edimelis, una de las hijas más pequeñas de Editza pregunta
con nostalgia. “¿Mamá cuándo nos darán nuestra casa? Tiene ocho años y seis los
ha vivido en la invasión, con el número 14 pintado con aerosol afuera de lo que
llama hogar. 

Edithza no sabe qué responder. Su voz se quiebra y asoma par
de lágrimas. “Esta es nuestra triste realidad”, dice acompañada de madres en
Hijos de Santa Inés. Juntas van por los caminos de tierra bajo el abrasante calor
de mediodía.

A veces, en el horario del receso escolar, los niños con
casas de hojalata ven jugar en el parque de Ciudad Chávez a quienes hace 10
meses fueron sus vecinos en la invasión. Hay una reja que separa por media
docena de pasos a ambos grupos: los de familias adjudicadatarias y de los que
no. Los primeros disfrutan inocentes, los segundos miran con sus manitos
puestas sobre la rejilla de hierro, esa que una vez los tuvo del mismo lado y
ahora los separa.

Si la Gran Misión Vivienda Venezuela es la corona de la
Revolución Bolivariana, Ciudad Chávez es la perla más grande que adorna esa
joya. Como idea nació el 14 de noviembre de 2013, cuando el gobernador
Francisco Ameliach presentó el proyecto ante el entonces presidente encargado
Nicolás Maduro. La inspiración le vino a Ameliach tras un recorrido por zonas
deprimidas del sur de Valencia como Santa Rosa, durante la I fase del Gobierno
de Eficiencia en la Calle.

Todos en Hijos de Santa Inés estaban tranquilos hasta
entonces, rememoró Edithza. “Nosotros ni siquera queríamos un apartamento en
Ciudad Chávez. En aquel tiempo estábamos luchando por mejoras para nuestra
comunidad”. La invasión no tiene casi ningún servicio y lo poco que hay es
producto de la autogestión.

No hay baños, sino pozos sépticos. Algunos a menos de 20
metros de los ranchos. Allí no existe cumplimiento a lo que encomienda la
Organización Mundial de la Salud, que asocia la exposición humana a aguas
residuales con cistitis, uretritis, meningitis, peritonitis, septicemia, además
de diarrea, fiebre y cólera.

—¿Y acá tienen electricidad?

—Sí, de ese poste que ves ahí, respondió Edithza.

—¿Quién lo puso?

—Nosotros mismos. Reunimos ¿Sabes cuánto cuesta un
transformador? Como 300 mil. El problema es que a cada rato los tabacos nos
explotan.

En Hijos de Santa Inés hay dos transformadores eléctricos
para suplir la demanda de 417 familias. Las fallas son constantes. “Algunas
veces que las guayas se revientan”. Personas enfermas, discapacitados, e hijos
especiales como los de Wendy Cáceres se quedan a oscuras. El lugar pasó de
vecindad tranquila, entre necesidades, a refugio del hampa.

El agua no llega por tuberías. Era eso lo que precisamente
pedían en la comunidad antes del censo que en agosto de 2014 realizó la
Petroquímica de Venezuela (Pequiven). Era muy caro pagar mil 200 bolívares a un
camión cisterna (el 16,13% del salario mínimo) para llenar pipotes. “Luego
llegaron los de Gobierno y dijeron: No invertiremos más en servicios porque
aquí todos se van para Ciudad Chávez”.

 

AMBICIÓN SOCIALISTA

Claro y preciso desde el principio. La ciudad socialista
sería la más grande del país. Saúl Ameliach, hermano del gobernador y entonces
presidente de Pequiven, presentó el proyecto el 1 de febrero de 2014 en el
Consejo Legislativo de Carabobo (CLEC). La mayoría oficialista en el hemiciclo
se dedicó a aplaudir.

Falta mucho por hacer. En su presentación en el CLEC, Saúl
Ameliach aclaró que Ciudad Chávez tendría un impacto, una vez culminado, de 250
mil personas. Eso representa el 11% de los habitantes de Carabobo. Pero antes
habría que culminar al menos cuatro grandes proyectos.

1. Construcción de autopista Variante Sur y sus 42
kilómetros con nueve distribuidores (no culminado).

2. Unión del parque Fernando Peñalver con el Parque
Recreacional Sur en complejo deportivo y cultural (no culminado).

3. Estadio de Navegantes del Magallanes ‘Hugo Chávez’ (no
culminado)

4. Levantar zona industrial y comercial con mercado
mayorista, unirlo con la Universidad del Sur, la sede de la Policía Nacional
Bolivariana y el cuerpo de bomberos (no culminado).

La primera y hasta ahora única etapa de Ciudad Chávez consta
de tres mil 456 apartamentos divididos en 144 torres. El área que abarca es de
dos mil 680 hectáreas. Se prevén 10 etapas, según el gobernador. Todas
circundantes a la primera, a 2,68 kilómetros al sureste de Valencia. Se hizo
por licitación EPC (ingeniería, procuración y construcción) utilizando un
método de prefabricado en el sitio.

La construcción de la segunda y tercera etapa del proyecto
debió arrancar el año pasado. Pero no fue así, aseguran quienes quedaron fuera.
En 19 meses desde el primer anuncio se ha culminado la primera fase, un avance
estructural en habitaciones listas de 10%.

Hay reducciones sin explicación en los anuncios oficiales de
los hermanos Ameliach. Cuando se presentó en el Clebc, las 10 etapas de Ciudad
Chávez tendrían 55 mil viviendas, según Saúl Ameliach. Cuatro meses luego, en
una inspección del gobernador el 8 de junio de 2014, la cifra prometida se
redujo 27% con 40 mil viviendas. En el boletín de prensa de la gobernación
están ambos voceros fotografiados durante esa última inspección en helicóptero,
y aunque Francisco Ameliach hacía un anuncio contradictorio, Saúl Ameliach no
rechistó y suscribió. Nunca se explicó si el recorte se debió a falta de
planificación o ejecución.

Pequiven tiene relación directa con el proyecto porque Saúl
Ameliach fue designado por el decreto 666 de la Gaceta Oficial 14.313 como Autoridad
Única de Área para Carabobo, el 11 de diciembre de 2013. Es el encargado de la
obra y dirige esfuerzos de la compañía constructora: Kayson, una iraní con sede
en Teherán.

En 2013 la empresa estuvo envuelta en un escándalo. El jefe
del banco central iraní fue capturado por autoridades alemanas. En su equipaje
llevaba un cheque por 70 millones de dólares proveniente del Banco Central de
Venezuela. Luego, el embajador del país persa aclaró que la transferencia se
debía al pago por la edificación de unas 10 mil viviendas hechas por Kayson,
reseñó la agencia de noticias AP.

Con 37 años de experiencia, Kayson no solo fabrica
apartamentos. Entre su catálogo de proyectos están refinerías, plantas
petroquímicas, plantas de generación eléctrica, manufacturera y protocolos de
inyección gasífera, reseña su portal web.

La etapa I de Ciudad Chávez es parte de una contratación que
incluye a dos estados más. Según la dirección de proyectos de Kayson se
construirían 10 mil ocho unidades habitacionales en las tres entidades. Los
otros dos son: Aves de Yucatán en Lara (4 mil 32 viviendas) y Comunivare en
Yaracuy (2 mil 520 apartamentos), explica la Memoria y Cuenta del Ministerio de
Vivienda y Hábitat 2014. Sumado a los tres mil 456 apartamentos de Ciudad
Chávez, se completa el convenio.  

El portal web de Kayson especifica que el tiempo de
ejecución era 18 meses. Ciudad Chávez fue un logro contra el reloj, pues el
gobernador dijo que la fase I se erigió 
en 10 meses, una eficacia de 44%. Según Kayson, una casa cada 20 minutos.

Del costo de Ciudad Chávez no hay registro en medios de
comunicación. Tampoco en la Memoria y Cuenta del Ministerio de Hábitat ni en la
página oficial de Kayson. Pero se puede estimar. Si Maduro dice que cada casa
de la Misión tiene un valor para el Estado de unos 50 mil dólares, la primera
fase de Ciudad Chávez habría costado unos 172 millones 800 mil dólares.

FELICIDAD DE MEDIA HORA

Los sueños rotos no escasean en Hijos de Santa Inés. Que le
pregunten a Noclis Romero y sus dos hijos. Hace aproximadamente un mes recibió
la llave de su vivienda en Ciudad Chávez. Lo recuerda sentado frente a su
rancho y llevando sombra debajo de una palma un tanto más alta que él.

—A usted le dieron su llave, ¿qué pasó?

—Estaba en el apartamento, cuando me llamaron, responde
achicopalado.

—¿Y qué le dijeron?

—Que había una equivocación. Que no me tocaba.

—¿Cuánto le duró la felicidad?

—Media hora.

—¿Por qué no hizo nada al respecto?

—No se valieron de nada para sacarme, pero los que mandan
son ellos. Quedé sin nada otra vez.

Edithza Castellanos se une al dolor de Noclis, pero deja
saber su inconformidad por como actuó. “Si me dicen: toma, aquí está tu
apartamento; yo no me salgo por nada del mundo”. A ella no le ha tocado sufrir
esa felicidad momentánea. Tampoco ha padecido lo triste que es, una vez dentro
de su casa, verse con todo arrebatado.

Que le pregunten también a Alexander Homeye y a su esposa.
Ambos tenían todo firmado. Sus huellas estaban marcadas con tinta en un papel
que decía ‘adjudicación’, explica el mototaxista. Al igual que Romero y como
Castellanos, había incluso hecho los cursos de convivencia previos que son
requisito para la entrega de llaves en Ciudad Chávez.

A la pareja la felicidad le duró cuatro horas. Le dijeron lo
mismo. En la puerta de su casa improvisada permanece un cartel: Chávez, corazón
de mi patria. Ninguno ha vuelto a tener respuesta.

No solo en Hijos de Santa Inés hubo gente que se quedó por
fuera. En el barrio Las Brisas, al sur de Valencia, en la calle principal
descuadra del resto una fachada de latón. Allí vive el matrimonio de artesanos
de Spencer Hervey y Verónica Sánchez.

Por dentro, la vivienda no es muy diferente a la de una
invasión. Hay que agachar la cabeza para no dar con el techo, como es
característico ya: hecho de zinc. Paredes resquebrajadas, algunas hechas de
retazos de madera y otros materiales, una mesa de plástico con paquetes de
harina medio abiertos. Una cocina modesta. Una sola habitación, en la que
duermen los padres y sus tres hijos —11 meses, cinco y 20 años—. El piso es de
barro y la ventilación nula.

Entonces Sánchez juega con el sarcasmo y la desolación
propia de su situación.

—Abre la nevera, sugiere.

—¿Tengo permiso?

—Sí, anda. Agarra un refresco, una soda, o un yogur, por si
te provoca.

En el refrigerador de la familia no hay nada. Ningún
alimento. Tan solo un envase de vidrio vacío en la puerta. Los ojos se le
llenaron de lágrimas. “Para que el Gobierno te ayude tienes que tener una tripa
afuera, prácticamente”, sollozó.

El hijo de cinco años es atrevido y parlanchín. Junto a su
hermanito menor se bañan con agua recogida en un cuñete de pintura, en el único
baño lleno de suciedad.

—¿Qué grado está cursando tu hijo?

—Ahorita no está estudiando, lamentó Verónica.

—¿Por qué?

—El 30 de septiembre de 2013 nos dijeron en la oficina
regional de vivienda en Carabobo que recogiéramos todo, que ya estábamos listos
para irnos a nuestro apartamento. Decidí no inscribirlo en la escuela porque
supe que en Ciudad Chávez había colegios.

—¿Y qué pasó?

—Nada. Aquí seguimos. A veces él me pregunta: “¿Mamá, cuándo
voy a ir a la escuela?”, y me pongo a llorar.

Por ahora el pequeño se conforma con dibujar una casa en un
cuadernito que lleva a todas partes. Aún no sabe escribir su nombre. Se
entretiene únicamente dibujando.

La casa de los artesanos está sobre lo que denominaron un
‘relleno’. Antes la superficie no era más que dos pozos sépticos pertenecientes
a viviendas cercanas. “Por eso cuando llueve el suelo no absorbe bien. Cada vez
que empiezan las lluvias nos queda encomendarnos a Dios”.

Sus nombres estaban en una lista de apartamentos en Ciudad
Chávez. Desde 2013 buscan fervientemente una casa. Hasta entonces seguirán
viviendo de las pulseras y collares que venden en El Palito y otras playas. No
es mucho, aseguran, pero les alcanza para medianamente vivir.

Mudarse por propia cuenta no es opción: un alquiler podría
costar 40 mil bolívares en Carabobo, o lo que es lo mismo: ahorrar cinco meses
de sueldo mínimo para pagar uno de residencia.

EXCLUSIÓN

A los habitantes de Hijos de Santa Inés no se les trata como
chavistas, pese a que lo son. Más bien se les mira como invasores que afean el
perímetro de la Ciudad. Tanto es así, que en el PDVAL dentro del urbanismo,
inaugurado el 29 de abril por Maduro, no pueden comprar alimentos, aseguró
Edithza. Solo los adjudicatarios tienen ese beneficio.

Que sus hijos estudien en un Simoncito —debería haber ocho
en Ciudad Chávez— es otro sueño de las madres de Hijos de Santa Inés. Coinciden
en sentirse excluidas del sistema que aún apoyan: “Somos chavistas,
revolucionarias”, sobre Maduro, insisten en llamarle ‘nuestro presidente’,
aunque con decepción.

Más de 20 familias de Hijos de Santa Inés se instalaron por
más de 15 días en la Secretaría de Planificación y Participación Popular.
Dormían en carpas hasta que les prometieron solución si cesaban. Hasta ahora
siguen sin respuesta.

En Ciudad Plaza, un grupo de invasores no aguantó más. El 20
de enero ingresaron por segunda vez y la fuerza a edificios de esa comunidad,
también de la Misión Vivienda. Fueron desalojados por la Guardia Nacional
Bolivariana (GNB). Miguel Flores, para entonces candidato a la alcaldía de
Valencia, en una protesta manifestó: “Ya todas las viviendas en Ciudad Chávez
fueron entregadas. El invasor pierde derecho a una casa de la Misión”.

VIDA DESPUÉS DE LA REJA

La vida transcurre tranquila en Ciudad Chávez para quienes
tuvieron la suerte. La gente sonríe a menudo y siempre da los buenos-días. Hay
cooperación y arraigo más que tangible. “Aquí vivimos dignamente”, definió uno
de los voceros políticos principales, quien prefirió que El Carabobeño no
reflejara su nombre.  El grupo que le
acompaña prefiere definirse de otra forma: Soldados Bolivarianos.

En la ciudad socialista la foto más repetida es, junto a la
de Nicolás Maduro, la de Hugo Chávez. Ambos retratos adornan casi todo lo que
se ve. Están en ventanas para tapar el sol o la mirada de un intruso. También
se exhiben, con la infinita propaganda oficial, en las puertas de los
apartamentos.

Liceístas recorren las aceras de vuelta a clases. No hay
muchos lugares para esconderse del sol 
—no hay casi plantas y árboles—. La gente apura el paso cuando va por
las aceras para no quemarse. La sombra, si no es la que proviene de las torres,
es nula.

Nadie se queja en Ciudad Chávez. No significa que los
problemas no existan. Hay algunos que están a la vista. En las torres se
avizoran afectaciones en el suelo. Aunque el complejo urbanístico fue
inaugurado el 6 de febrero por Maduro, ya hay irregularidades con el servicio
de agua.

Entre las torres B y E de la manzana tres las tuberías de
PVC están expuestas. Hay un pozo indicando que se tuvo que hacer una reparación
temprana. Los dirigentes no lo niegan: “Bueno, los ingenieros se pueden echar
un ‘peloncito’ en el cálculo”, observó uno de los voceros comunitarios de mayor
peso.

También pasa entre las torres B y E, de la manzana cinco. El
vocero explicó que las deficiencias están siendo resueltas. “Nosotros tenemos
un contrato de garantía con Kayson, cuando algo falla, uno llama y hace el
reporte. Ellos tienen su equipo de plomeros e ingenieros. Vienen y resuelven al
día siguiente”.

El trabajo incansable de las bombas hidráulicas quemó las
aspas de los aparatos. Las tres unidades que abastecen a los más de tres mil
apartamentos se dañaron. “El propio gobernador Ameliach mandó a sustituir las
aspas por unas de metal. Ya no tenemos ese problema”.

En el urbanismo tendría que haber gas directo. Al menos eso
prometió José Gregorio Prieto, viceministro del gas. Durante una inspección el
17 de diciembre de 2014 aparece, acompañado por Saúl Ameliach, calentando una
olla y sonriente: haciendo el anuncio de forma oficial.

En contraste hay un hombre que carga en su lomo una bombona.
En la otra mano sostiene a su pequeña. Vive en Ciudad Chávez pero el gas lo
compra afuera. Otros esperan los camiones de PDV Gas Comunal para suplirse y
cuando lo ven llegar a las torres trotan para llegar primeros.

—¿Qué pasa con el gas directo?

—Todas las torres tienen. Lo que pasa es que hay que hacer
algunas adecuaciones por el tema de la presión. Algunos adjudicatarios no lo
han hecho y, como comprenderás, no podemos exponer a la gente a una fuga o una
explosión. Nosotros somos conscientes. Aquí hay muchos que tienen su cocinita
eléctrica, respondió uno de los voceros.

Kayson expresa en la dirección de proyectos disponible en su
portal web lo siguiente: “la eficiencia y eficacia del sistema de vivienda
depende en gran medida de la implementación de un sistema de gestión de la
calidad total y técnica que permita al equipo controlar la secuencia,
oportunidad y calidad de cada actividad con exigentes de precisión”. En otras
palabras: si algo falla sería por problemas de disponibilidad de recursos, no
solo económicos, y no por culpa de la empresa.

El gasoducto que llega a Ciudad Chávez está al este. Pasa
justo frente a Hijos de Santa Inés y trae el recurso directamente desde el
norte de Monagas. Para quienes allí residen es una preocupación constante. “Se
incumplieron todas las normas. Hay casas nuestras que están a menos de 300
metros. A veces nos huele bastante a gas”, exclamó preocupada Edithza
Castellanos.

CUESTIÓN DE PRIORIDADES

Ciudad Chávez era para los más pobres. Así se pensó y
edificó. “Aquí hay pobres, es lo que somos”, sostuvo uno de los ‘soldados’.
Reconocen que hubo un estricto orden en la adjudicación, que no respetó
precisamente uno de los más llamativos preceptos revolucionarios.

Las primeras entregas se hicieron en enero de 2015. Eso fue
antes de la inauguración presidencial. El gobernador Ameliach fue personalmente
quien puso en manos de los felices beneficiados las llaves.

—¿Y cómo se dieron esas entregas?

—Bueno, primero a los funcionarios públicos. Luego siguieron
los coordinadores políticos, como los jefes de las Unidades de Batalla Hugo
Chávez (UBCH). Por último la gente.

—¿Quiénes fueron esas personas?

—Mujeres solas con niños, aquí hay muchos casos así. También
personas con discapacidad. Todos los que estaban inscritos en la Misión
Vivienda. No como se dice por allí, que aquí se vendieron apartamentos.

—¿Y por qué hay apartamentos vacíos, como en la manzana uno?

—Porque esa es gente que fue adjudicataria pero no ha podido
mudarse. Quizá por los enseres, no tienen cómo trasladarlos. La logística, tú
sabes.

Los Hijos de Santa Inés difieren: argumentan que sí hubo
tráfico de influencias y corrupción en la entrega: “Anda a la manzana uno, eso
es puro chino y cubano”. Uno del grupo que aún está en casas de latón denunció
que los propios guardaespaldas de funcionarios fueron beneficiados.

Los apartamentos en Ciudad Chávez no están amoblados. Los
electrodomésticos los pone cada quien. En muchos no se tiene sino una mesa de
plástico de feria, o un colchón y un televisor en el que un niño ve comiquitas.
El piso no tiene cerámica. Para uno de los ‘soldados’, eso no es motivo de
queja: “Yo no entiendo cómo hay gente que estaba viviendo en un rancho y ahora
viene y se queja porque el apartamento que le dieron no tiene protector en las
ventanas, o el gas directo ¡Trabaja y hazlo tú mismo!”. 

REGLAS DEL BARRIO

Si algo es innegable es la organización de la comunidad. Cada
torre tiene sus propias leyes pegadas en la cartelera informativa, previo
consenso en asamblea de vecinos. No se permite ruidos altos —aunque el
reggaetón y vallenato suena a todo volumen en algunos casos—. Está prohibida la
tenencia de animales no domésticos y las reuniones o fiestas sin autorización.

Hay reglas más sombrías que revelan los soldados
bolivarianos. Hay inseguridad en Ciudad Chávez, pese a que la GNB mudó allí su
sede del Destacamento de Seguridad Urbana (DESUR). Los mismos vecinos están
combatiendo. “Juntos estamos acabando con los malvivientes y las plagas”.

—¿Y cómo lo hacen?

—Si vemos que alguien anda robando, vamos a su casa.
Decimos: “Mire señora, su hijo anda en esto”. A la segunda advertencia los
sacamos del urbanismo.

Eso pasa porque en Ciudad Chávez no hay títulos de
propiedad, sino certificados de adjudicación, perfectamente revocables. “En el
barrio es peor, allí si cometes una infracción dos veces, te matan”.

Sin contar que el principal problema social de Venezuela
también germinó en las entrañas del proyecto socialista, todo va bien en Ciudad
Chávez.

—¿Es cierto que solo los adjudicatarios pueden comprar en el
PDVAL?

—Totalmente falso, dice uno de los ‘soldados’. Nosotros
aquí, antes que chavistas somos humanistas. Eso sí: tienen prioridad los
nuestros. Igual se reparten 200 números para los de la calle.

—¿Y sobre los cupos en los Simoncitos?

—Eso no es así. De hecho, ahorita tenemos una guerra porque
hay muchos niños que no son de aquí. Los nuestros se están quedando por fuera.

“Anda a una casa en Prebo, a ver si te atienden como
nosotros, que te dejamos pasar y te servimos café. Aquí nunca encontrarás
violencia de nuestra parte. Pero tenemos muy claro quién eres y qué intereses
defiendes”.

En Hijos de Santa Inés los niños siguen jugando entre perros
con sarna y los escombros de las más de 300 invasiones derrumbadas. Ven a sus
compañeritos a través de la reja perimetral de 3,97 kilómetros y más de dos
metros de alto. Esa es la barrera que separa la ambición chavista de la
reivindicación social; de la impotencia y desolación de seguir esperando una
promesa que no llega: una distancia de apenas seis metros. “Si las cosas
hubieran sido distintas, nosotros no estaríamos aquí”, lamentó Edithza
Castellanos.

Nota del editor: Para la publicación de este reportaje se
intentó contactar en varias ocasiones al señor Saúl Ameliach, Autoridad Única
de Área para Carabobo y a la señora Glorybeth Vásquez, secretaria de Desarrollo
Social y Participación Popular de Carabobo. Ninguno respondió a solicitudes de
El Carabobeño




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