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Muchos manifestaron inconformidad por este sistema de marcaje. (Foto Eduardo Valencia)

Dayrí Blanco

La molestia e inconformidad se reflejaban en sus rostros. Sabían que estarían bajo sol al menos por dos horas. No querían estar ahí, pero la necesidad decidió por ellos. El rumor se corrió rápidamente, así como la velocidad que le imprimían a cada uno de sus pasos quienes se dirigían al lugar. Ninguno se quería quedar sin la bolsa que contenía seis kilos de harina de maíz y dos litros de aceite que se vendía en forma de combo en un establecimiento de la avenida Las Ferias. Ahí cada cliente en la cola era marcado con un número en su antebrazo como una manera de mantener el orden.

Ciento cincuenta (150) bolívares era el precio de oferta del que todos hablaban. La mayoría estaba conforme con lo que debían desembolsillar. Era mucho menos de lo que acostumbran pagarle a los bachaqueros, a quienes acuden con frecuencia ante la escasez de estos productos en negocios formales.

Ana Rivas tenía más de media hora en la cola y alrededor de 100 personas delante de ella. Ya habían visto correr tres meses del calendario sin conseguir el ingrediente principal de las arepas que suele hacer en casa. Por eso decidió quedarse. Sacó cuentas y dijo que era una buena oportunidad de compra.

La venta a sobreprecio era evidente. Pocos hicieron bien sus cálculos. Aunque aún reina la confusión en torno al precio de venta de la harina de maíz, que pasó de 7,41 bolívares a 12,4 durante la primera semana de agosto, pero que fue una medida revocada a la mañana siguiente por la Superintendencia de Defensa de los Derechos Socioeconómicos (Sundde), en caso de que se haya tomado el valor más alto, la suma de los seis kilos del combo que se estaba vendiendo es de 74,4 bolívares. Si a esto se le adicionan los 25,74 bolívares que equivalen a los dos litros de aceite, el monto total de venta al público debió ser 100,14 bolívares.

Al explicarle la cuenta a Ángela Pérez la expresión de su cara cambió. El conformismo que había expresado se transformó en molestia. “Es un abuso. Me parecía un precio justo, pero ya veo que no es así”, dijo al decidir salirse de la cola y dejar claro que no contribuiría con la ilegalidad.

El sistema de colocar un número con un marcador en el antebrazo, fue catalogado por Francisco Hurtado como un insulto al consumidor. Se unió a la fila de la tercera edad sin saber que sería sometido a ese mecanismo de control. Al ver las intensiones del trabajador del supermercado se negó. Expresó su descontento con el problema de escasez de alimentos en el país. Se fue a su casa con las manos vacías y sin la tinta del marcador impresa en su piel.




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