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Desperdicios arrojados desde los apartamentos. (Foto Andrews Abreu)

Ana Rodríguez Brazón || arodriguez@el-carabobeno.com

A simple vista nadie se da cuenta, pero una gota de saliva u objetos que caen de lo alto los delatan: invasores que tomaron desde hace mucho tiempo los edificios Victoria y Libertador del centro de Valencia. Cerca de la plaza Bolívar, en la calle Libertad, comerciantes se quejan de lo difícil que es lidiar con los nuevos habitantes, pero ninguno tiene la suficiente valentía para alzar la voz y decir que la basura, las filtraciones y en algunos casos robos, perjudican su trabajo.

Todos hablan entre dientes y aseguran que la anarquía se apoderó del lugar. En el comercio de Roberto Pinto, nombre ficticio, una gotera se convirtió en una reparación que requirió más de siete mil bolívares. Sin derecho a reclamar, Pinto arregló el inconveniente y siguió con sus ventas. De vez en cuando observa cómo caen los objetos desde lo alto. “Hasta que no le den a alguien no se quedarán quietos”.

Parece que, como Pinto, muchos se han acostumbrado, pues sería luchar contra la corriente. Los habitantes de los apartamentos, casi todos con antenas de televisión por cable, son difíciles de tratar. Desde los oscuros pasillos, precedidos por rejas desgastadas, no se observa más que soledad, quizás por miedo a que alguna autoridad los desaloje.

Los habitantes del edificio Victoria fueron desalojados en varias ocasiones, pero con la excusa de que el gobernador Francisco Ameliach había tomado el poder, retornaron a sus hogares, dijeron los afectados.

Las ventas no han decaído, pero los gastos de mantenimiento han aumentado. En uno de los locales desapareció la tubería de gas y la basura inunda el lugar dispuesto para las bombonas. Limpiar la suciedad, sacar las ratas y colocar nuevos techos es una nueva partida en el presupuesto de los vendedores, quienes pagan impuestos además de servicios públicos y personal.

Sin esperanzas de una mejora, Carlos Briceño, nombre ficticio, recordó que tuvo que invertir en un nuevo techo pues desde las ventanas de los apartamentos del edificio Libertador, dividido en 18 pisos de cuatro inmuebles, arrojan muebles, ollas y cualquier objeto que estorbe en la casa de los invasores. El techo de su negocio se destruyó y además de solventar las filtraciones, tuvo que invertir en esa reparación.

Briceño comenta con sus empleados lo difícil que es lidiar con los habitantes, instalados desde hace más de una década. “Eso parece una cárcel. No sé cómo tantos niños pueden vivir allí”.

El descuido en las entradas de los edificios es un engaño a la vista, pues muchos creerían que están solos, pero de vez en cuando se escuchan las llaves de algún residente que se asoma.

Las pocas normas de convivencia mantienen descontentos a los comerciantes, pues la basura que lanzan cae en sus techos y genera malos olores. A veces deben mover la mercancía para que las aguas negras no las dañen. Esperan que la conciencia de los habitantes sirva para revertir los daños o que algún organismo haga cumplir la ley.




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