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Pbro. Dr. Alfredo Fermín Vivas || [email protected]  @padrealfredof

Nadie es profeta en su tierra, y al parecer, tampoco a Jesús
de Nazaret le correspondió una calurosa acogida de parte de sus paisanos. Y es
que, habiendo obrado milagros de sanaciones en otros poblados, ahora decide
dirigirse a su casa, entre los que lo vieron crecer, en medio de sus vecinos y
conocidos. Allí comienza a predicar su mensaje, en el día más sagrado para un
judío, el sábado, y en el lugar más sagrado, en la sinagoga, el lugar del
encuentro con la palabra de Dios.

Era de esperarse que la fuerza y la autoridad misericordiosa
de sus palabras causaran admiración entre los oyentes. Pero la extrañeza y la
envidia se abrieron paso ante tal novedad. Algunos se preguntaban que cómo era
posible que aquel pueblerino de poca cultura y sin instrucción rabínica oficial
y pública pudiese expresarse de esa manera. No era una figura pertinente que
reflejara a un profeta, y mucho menos a Dios.

El escándalo que produjo ese espectáculo les cerró la
comprensión del misterio. Sin humildad estaban destinados a rechazar al mismo
creador de todas las cosas y sus obras portentosas. De hecho, no hizo allí
ningún milagro.




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