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Fabio Solano || solanofabio@hotmail.com

La gente decía que existían dos Capachos, el viejo y el nuevo, pero el
hombre veía uno solo: El Capacho de toda su vida, donde había nacido y crecido,
hasta que se fue en el 99 con Cipriano y Juan Vicente para Caracas. Había sido de “Los Sesenta” y ahora,
pasados 36 años, estaba en aquella loma, mirando el camino que bajaba hacia La Mulera. Más allá se adivinaba San Antonio, y luego Cúcuta y sus paisas. El viejo
dejaba que el frío golpeara su cara sin aspavientos. Tomó
un trago de miche de una canequita, y
su mirada se perdió en dirección a la frontera. Sobre la carretera que iba a
Bogotá, antes de Chinácota, estaba La Don Juana. Ahí compró la finca a un liberal huido. Trapiche, siembra de caña
y vacas, para el retiro. Se preguntaba si había llegado la hora. 

Atusándose el bigote que caía como cascada
blanca ocultando las duras comisuras, el ciudadano prefecto, como lo llamaban
en los actos oficiales, dejó que sus pensamientos rodaran por las antiguas y
verdes laderas. “Eleazar lo está haciendo bien, y me mandó a decir con Antonio que me quedara
tranquilo. Como se dice, a Rey muerto Rey puesto, pero será difícil. Juan
Vicente ya no está y al compadre le va tocar duro. En todas partes hay gente
mala y gente buena, aquí y allá. En aquel tiempo no me quedé en Maracay por lo malo que vi, y también por el
calor. Nunca fui hombre de pegarle a un indefenso
colgado de los pulgares. Por eso, cuando supe de cosas así, me regresé a
Capacho. Tiempo después el Eleazar me propuso para
prefecto, por cuenta de Juan Vicente. Andaban buscando gente fiel, y pasados
los años, sigo aquí”. 

–Pero Juan Vicente se murió, y ahora mi primera obligación es velar por
mi familia. Todavía ministro, Eleazar jugó adelantado y
apresó al indio Tarazona, y al rato, el gobernador de
Caracas, Félix Galavís, se raspó a Eustoquio de dos tiros. Enseguida sacó a todos
los Gómez para Curazao el día de Navidad, para que no los fuñeran, y luego se entendió con los patiquines de la universidad. Ahora Eleazar está donde estaba
Juan Vicente. Las cosas cambian, y no sé qué pasará conmigo. No he hecho algo
malo, pero nadie es adivino. Según el bachiller Rugeles, viene una
cosa que llaman transición: O sea que Eleazar va a aflojar poquito a poco, mientras se acomoda mejor. Ahí es donde
está la volada. ¿Y si se tropieza, y lo tumban?

Otro trago de miche del bueno (de Loma
Baja). Don José seguía con los ojos entrecerrados,
fijos en el camino que serpenteaba montaña abajo. “Vamos a ver: Antonio me
contó que el 14 de febrero se le alzaron en Caracas, pero Eleazar los  toreó. Hubo robos en las
casas gomeras, y tiros, pero de ahí no pasó. Soltaron a todos los mentados
presos políticos, y anunciaron que los periódicos podían decir lo que quisieran. Además el nuevo gobierno meterá  mano en la economía que
anda mal,  dará plata para los que siembran café y esas cosas. Aflojó un poco, pero lo
importante es que el ejército sigue mandando. Y toditos los jefes están con el general, así que por ahí andamos bien. Ahora el
Congreso lo va a nombrar presidente, como lo hacía con Juan Vicente, pero dice
Antonio que son otros tiempos y que dejará que los políticos caraqueños se muevan por la libre”.

El hombre se levantó y sintió como las rodillas traquetearon. Estaba viejo y lo tenía bien presente. “Tengo 63 años y
una mujer con dos hijos grandes. También tengo una finca del otro lado. Si me
quedo en Capacho seguiré de prefecto hasta que Eleazar quiera. Pero uno nunca sabe. Son tiempos de cambio, lo importante es el
petróleo y por eso los campesinos se van a la ciudad para ser obreros. Los caraqueños quieren el coroto, y creo que Eleazar va aflojar de a
poco. Todo será diferente porque Gómez ya no está. No veo claro el futuro, y
 debo pensar muy bien lo que haré”. 




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