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Alberto Rial || [email protected]

Las buenas iniciativas marchan a paso de ritual y protocolo, mientras la crisis va cuesta abajo y sin frenos. No se trata de ser impaciente, pero ocurre que todos los días matan a 80 venezolanos y unos cuantos más mueren por falta de medicinas o de atención hospitalaria. Para estos paisanos difuntos se fue la oportunidad de tener una existencia decente porque se les acabó, precisamente, la existencia; así de simple. Y tampoco la cotidianidad es muy fácil para los presos políticos, ni para los que hacen cola con la ilusión de conseguir unas migajas, ni para los que se encierran en su casa por miedo al hampa. 

Dentro de poco habrá una crisis mayor de electricidad y el agua saldrá de a chorritos y quién sabe cuántas veces al mes. La vida de los venezolanos –para quienes la conserven- se deteriorará por cada minuto que pase; hoy es peor que ayer y mañana será más difícil que hoy. Se acabaron los cobres. Los rojitos, como buenos Terminators, están dándole los machetazos finales a un país que alguna vez fue próspero. 
Mientras, Ramo Verde y el Helicoide aumentan su carga de disidentes, el BCV se jacta de la ley nueva y los 23 jueces del TSJ designados a contrapelo se arrellanan en sus sillones. Si bien es cierto que la nueva AN tomó posesión hace apenas mes y medio, uno no puede evitar cierta urticaria cuando pasan los días y los 80 muertos siguen entrando a las morgues. Quizás sea una percepción muy puntual, pero la salida de los diputados de Amazonas dejó un sabor amargo. Una sensación de que la Asamblea es el espacio para los discursos que uno quiere oír, pero no para confrontar al gobierno, más allá de las palabras. 
Quizás, la confrontación con la dictadura sea tan inevitable como necesaria, y en lugar de sacarle el cuerpo haya que precipitarla para que se ocupe el campo y se abra juego. Lo dice un rock sesentero: la vida no espera, y el tiempo se va.



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