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 Luis Alejandro Borrero
lborreroel-carabobeno.com

El equipo de sonido está apagado en casa de Leopoldo López. Hace dos años que no funciona. Prenderlo era lo primero que él hacía cuando llegaba de gira por Venezuela o reuniones de trabajo. Jugaba con sus hijos, les leía la biblia de noche, se abrazaban en familia. Es lo que más extraña su esposa Lilian Tintori de los días previos al 18 de febrero de 2014. Hace 730 días el dirigente se entregó a una justicia que lo terminaría condenando a prisión por 13 años, nueve meses, siete días y 12 horas. La alegría y el entusiasmo se secaron en casa. 

-En casa ya no se escucha música, se ha dejado de bailar. Se lucha, se trabaja todos los días por la libertad de Leopoldo y de todos los presos políticos, confiesa Tintori. 

-¿Como un luto?

-Hay una ausencia. Sí, es como un luto. 

Tintori deja la luz de la biblioteca encendida. Siempre hay flores recién puestas. “Yo mantengo la luz para que mis hijos lo sientan presente. Pero la verdad es que Leopoldo no está, que mis hijos no tienen papá hace dos años”. Manuela, de seis años, y Leopoldo Santiago, de tres, preguntan: ¿Quién es Maduro?, ¿Cuánto falta para que papi salga?, ¿Papi se va a morir en la cárcel? Respuestas para las que su mamá muchas veces no tiene respuesta. 

López fue condenado por instigación pública, daños a la propiedad e incendio en grado de determinador, y asociación para delinquir. Ocurrió la noche del 10 de septiembre de 2015. Su juicio tuvo más de 600 horas en las 70 audiencias. El Gobierno le acusa de ser el responsable de las 43 muertes durante las protestas antigubernamentales de 2014. La Organización de Naciones Unidas ha pedido su liberación cinco veces por ser un preso político. Amnistía Internacional le nombró un preso de conciencia. 

Papi está luchando. A los niños se les habla con honestidad, pero con mucho orgullo. Manuela pinta banderas de Venezuela. Dibuja la cárcel de Ramo Verde. Sus trazos imaginan libre a Daniel Ceballos y a su tío Antonio Ledezma, dice Tintori. “Manuela sabe que los vamos a liberar. Está creciendo con eso, aunque es muy triste. No solo mi familia está desmembrada, sino la de casi 100 presos políticos y la de miles de venezolanos por la inseguridad”. 

Tintori viste de blanco. Su camisa tiene la imagen de su esposo y la palabra “libertad”. Su cabello dorado está siempre acomodado con clinejas. Revisa su reloj: es tarde para ir a buscar a Manuela al colegio. Su compromiso con la prensa debe seguir. Pero antes realiza una llamada a Mitzy Capriles, esposa del alcalde metropolitano Antonio Ledezma. A esa hora todavía no se sabía que Ledezma iría a juicio y que la fiscalía pide 16 años de cárcel. Tintori hace preguntas. Mitzy, del otro lado de la bocina, cuenta que no la dejaron pasar a la audiencia. “Mucha fe. ¿Quieres que te lleve comida?”, Esa batalla la llevan juntas.    

Ramo Verde:  Las Horas Fugaces

Las horas pasan más lento fuera de Ramo Verde que dentro. Cuando la esposa o hijos de Leopoldo están dentro, los custodios hacen de todo para incomodar. “Pero a pesar de todo somos felices”. Tratan de ignorar las cuatro cámaras en cada esquina de la celda, que graban vídeo y audio las 24 horas. La familia se pone a pintar, cantar, a armar un rompe cabezas que llevan los niños, siempre y cuando se lo dejan pasar. El 14 de febrero jugaron todos los juegos de colegio con las manos, como “zapatico cochinito”. Son felices, aunque las horas sean fugaces. Tintori le llevó carne, pollo y ensalada a su esposo por el día de los enamorados. Antes podían comer juntos. Pero ahora López está más aislado, y las visitas no se hacen en su celda: a Lilian no la dejan subir a lo que ella llama “La torre Blanca de la Dictadura de Nicolás Maduro”. Las nuevas visitas son en cuartos más pequeños, llenos de cámaras. “Y me separan de mis hijos. Leopoldo puede estar con Manuela y Santiago en un área, pero yo no puedo estar allí”. 

-¿Por qué?

-Porque los custodios quieren que  estemos en un área donde podamos ser grabados. No podemos estar juntos si no es así, es un horror. 

El asedio no se detiene ni siquiera en las visitas conyugales. La última fue humillante, asegura Tintori. Los metieron en un cuarto repleto de cucarachas. Un colchón sucio, sin sábana. Pero lo peor es que un guardia está en la puerta silbando durante toda la visita. Por eso, luego de ocho años de casados, Tintori y Leopoldo tienen que comunicarse por mímicas. 

López es un hombre diferente. La prisión sí lo cambio. Antes no cocinaba, ahora sí. No cantaba, ahora sí. Tampoco pintaba, pero eso también lo aprendió. “Leopoldo ha crecido muchísimo, se ha fortalecido”. Está más convencido de sus ideales socialdemócratas que nunca. 

Lilian Tintori no ha vuelto a cruzarse con el coronel José Viloria desde que la fiscalía le otorgó medidas cautelares en enero. El director del Centro Nacional de Procesados Militares (Cenapromil) tiene prohibido acercarse a la esposa y madre de Leopoldo López. Pero antes las vejaciones eran constantes. Viloria siempre esperaba en la puerta. “Y lo que hacía era caernos a gritos”. 

-¿Qué le gritaba?

-Es un hombre muy agresivo. Nos gritaba que por qué llegábamos tarde a las visitas. Que por qué no visitábamos a Leopoldo, que por qué lo teníamos abandonado. Que eso es una cárcel militar y Leopoldo depende de él, que podía hacer lo que quisiera con Leopoldo, responde indignada. 

López atraviesa un proceso interno profundo. Pasa mucho tiempo solo y sin hablar con otros presos. Pero ha logrado entender que es una víctima del sistema. Por eso, ya perdonó a la jueza Susana Barreiros, que lo condenó, o al coronel Viloria. Los ve como víctimas de un sistema. Reciben órdenes de arriba, amenazados. 

-¿Qué pasa si se aprueba la Ley de Amnistía en la Asamblea Nacional pero el Gobierno decide no liberar a López?

-Cambio político profundo. Al final, es la propuesta que él hizo hace dos años. Cambio profundo para rescatar la democracia y las instituciones. 

-¿No cree que la oposición tardó mucho en darse cuenta?

-El sacrificio de Leopoldo fue enorme y ha hecho que el pueblo despierte. Todos hemos aprendido y madurado caminando por este sendero. 

Lilian Tintori escucha detrás de sí las puertas de Ramo Verde luego de cada visita. Confiesa que lo primero que se le viene a la cabeza es que todo tiene que acabar. “Este terror que estamos viviendo se tiene que terminar. Esas puertas se tienen que abrir”. El pasado domingo lo sintió: “Me dije, un día yo voy a dejar esta puerta abierta y Leopoldo va a pasar por aquí en libertad”. 

La lucha es agotadora. Pero Tintori no cambiaría nada. Siente la libertad más cerca que nunca. Aunque hasta entonces, el equipo de sonido seguirá apagado. El luto se lleva con lucha. 




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