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Carlos Granés

www.elespectador.com

La muestra curada por el nigeriano Okwui Enwezor reúne a
decenas de artistas que, con distintos medios y desiguales grados de
efectividad, denuncian la explotación capitalista, el colonialismo, la
desigualdad o la depredación de la naturaleza.

Todo mal humano está ahí, con su justa y noble crítica; toda
denigración y desafuero se recoge, señalada con dedo acusador.

El tema de la Bienal son los futuros inciertos que nos
esperan bajo el sistema capitalista actual, y, como era de esperarse, Marx es
un protagonista central. En uno de los espacios del Arsenal, dos actores,
vestidos de riguroso negro, leen durante todo el día las páginas de El capital.

 A primera vista esto
resulta desconcertante. No olvidemos que los primeros en llegar a Venecia -muy
seguramente en sus yates privados- son los coleccionistas y galeristas que
asisten a las previews de la Bienal; ni que todas las piezas que se exponen en
los pabellones acabarán en alguna galería, expuestas para la venta y desde
luego no a precios solidarios.

Tampoco que la Bienal produce un peregrinaje de turistas que
dejan un rastro interminable de dinero en tiendas de lujo, restaurantes y
hoteles, y que ninguno de ellos viaja realmente hasta Venecia a que le digan
que en este mundo hay desgracias. Para eso es más efectivo ver un noticiero.

Las obras expuestas no dicen nada que una persona
mínimamente informada no sepa. Lo novedoso, lo verdaderamente revelador de esta
edición de la Bienal es otra cosa: la armónica convivencia de Marx y las
denuncias al capitalismo con el turismo masivo, el consumo y los
multimillonarios.

  Si algo deja
entrever la muestra de Enwezor es que las críticas al capitalismo se han
convertido en un engranaje más del capitalismo. Marx y el comunismo no
ahuyentan el flujo de dinero que genera el mercado del arte y el turismo
cultural.

Puede que muchos artistas crean realmente que su arte,
además de denunciar los males de la humanidad, debe fomentar valores como la
solidaridad, la hermandad, el ecologismo, la colectivización o la gratuidad.

La paradoja es que todos estos valores, por anticapitalistas
que parezcan, son muy útiles en el mundo actual para seducir y vender
mercancías.

En los 60, los valores de los que se sirvieron los
publicistas fueron la revolución, la autenticidad, el sexo y la juventud.
Ahora, a juzgar por ese mercado de objetos de lujo que es el arte, resultan más
efectivos la conciencia crítica, lo verde y lo poscolonial.

Las ciudades se hacen ecológicas para atraer turistas, los
artistas poscoloniales se cotizan en el mercado, los teóricos críticos se convierten
en vedettes globales.

Hoy no parece tan fácil salir del sistema ni criticarlo.
Quien lo hace, en lugar de encontrar resistencia, suele estar tomando un atajo
hacia la cima, es decir hacia la élite. ¿Es esto bueno o malo? No lo sé.
Sospecho, más bien, que se trata de una de las paradojas de nuestro tiempo.




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