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Francesco Santoro en su taller. (Foto Archivo)

Francesco Santoro

¿Puede el arte vivir su aventura libre en el mundo, más allá de los esquemas pre-constituidos y presentarse como soporte creativo para una socialización renovada?

Me hago esta pregunta después de haber visitado, en Nueva York, capital del arte moderno, lugares en boga, donde se puede pasar una noche creativa, pintando o dibujando mientras se comparten tragos. Desde el punto de vista social son lugares que motivan estímulos y consideraciones de relevancia sociológica dentro de la cual está la práctica artística, la medicina social entendida como liberación de las alienaciones de nuestro tiempo.

Los seres humanos comparten el deseo de comunicar y manifestar su propio universo interior por lo cual la práctica del arte puede ser un camino para la solución a problemas personales, frecuentemente de naturaleza psicosocial.

Si el arte es espejo de nuestro tiempo, su reflejo es lo que sucede actualmente no solo en las grandes capitales del mundo sino en todas partes. En ciudades como Nueva York esto no se vive aislado o distante de los artistas profesionales que incorporan y promueven iniciativas para explicar sus modos, técnicas, y temas preferidos. Comparten sus espacios con los demás usuarios, sin crear contrastes. Son encuentros que crean espacios activos que subrayan la emocionalidad de las obras. Pero no todos los que participan en esta búsqueda expresiva son artistas, aunque muchos se presentan como tales.

Lo que cuenta es la intención libre de la expresión de los participantes que se cataliza al encontrarse, en estos lugares, no precisamente idóneos para el arte, lejos de la psiquiatría oficial de las academias y de la crítica de arte oficializada.

Centros de terapia, museos activos, se proponen como espacios abiertos polifuncionales para asambleas, convenciones, y encuentros sobre las funciones rehabilitadoras de la creatividad. Espacios concebidos como lugares de fecundas invenciones para transmitir ideas que derrumben la sorda pared del silencio que se crea alrededor de las discapacidades mentales.

No son espacios sagrados en los cuales se admiran las obras en silencio porque nacieron con la intención de que, a la visión de los trabajos expuestos, se activen encuentros con jóvenes estudiantes, trabajadores y con todos aquellos que tengan una sensibilidad ante la percepción de la vida. De lo que se trata es de proporcionar una verbalización alrededor de las indicaciones, y de las señales de las obras visuales, para desarrollar una lectura personal que nos induzca a la comparación con diferentes lenguajes expresivos.

Lugares que podemos definir como espacios de la inconsciencia, porque en el hacer arte existe una inconsciencia sobre la forma y sobre el contenido que el artista se propone alcanzar en la obra que contiene la esencia que escapa al operador o al mismo artista, que habla, más allá de su significado extrínseco, a todos aquellos que la observan y que la observarán.

Esta es la parte de la inconsciencia, es el secreto de la obra, su mundo interior que nos obliga a admirarla de nuevo. No se trata solo de un placer: de hecho, misteriosamente, percibimos cómo la obra puede dar voz a su verdad para hablarnos del mundo y de sus orígenes.

La obra es algo más con respecto al desvelo interior del artista o de la persona que se expresa, ya que, cada experiencia de la verdad, cambia nuestra percepción de las cosas y modifica lo que hemos vivido.

Además, si el destino del hombre es un sendero de la inconsciencia en su esencia, estos espacios son sus metáforas cuya meta es la conciencia. Estos espacios no pueden prescindir del lugar particular en el cual se encuentran porque se convierten en espacios institucionales, sociales, que buscan nuevos parámetros culturales para redefinirse.

La función es activar una ruta que los subraye como espacios vivos, como puntos fuertes de intercambio entre la creatividad de los artistas y la de los visitantes para que las obras de arte estén lejos de ser fetiches para admirar pasivamente.

Lo que da impulso a la creatividad del individuo es la relación que la obra de arte pueda tener con su propia verdad para revelar un conocimiento. El arte no solo abre un mundo. Crea uno nuevo, transformando y cambiando nuestra percepción que es siempre algo más que el desvelo del mundo interior del artista. La auténtica apertura de la obra de arte está en crear un nuevo lenguaje.

¿Cómo podríamos imaginar que una persona, no muy equilibrada, pueda sustraerse a este proceso? ¿Es verdaderamente posible que él cree sus obras de acuerdo a un lenguaje diferente al lenguaje del artista?

Creo que el proceso es idéntico en el sentido de que cada uno crea, a través de su obra, su propio lenguaje y que, a través de dicho lenguaje, comunica su propia experiencia, modificando nuestro mundo mientras escuchamos lo que nos quiere decir.

En estos espacios se reúnen obras de artistas de todo nivel y condición, algunos perfectamente sanos, otros no muy equilibrados, que han tenido deficiencias psíquicas.

Algo insólito que nos permite observar, de forma más profunda, la obra en sí misma, sin preguntarnos sobre los autores y obligarlos a motivar sus elecciones artísticas.

Es obvio que en la proliferación de estos espacios, más allá de los intereses comerciales, se puede entrever un desarrollo en el cual es posible presentar una colección de arte psicopatológica, parecida a la idea de Jean Dubuffet, artista francés que daba gran importancia a las manifestaciones creativas, buscando con perseverancia y atención en los hospitales psiquiátricos, en las prisiones, internados, en las libres expresiones de los pueblos primitivos .Es decir, en periferias culturales o alienadas de la sociedad.

La sensación que se tiene en estos nuevos espacios es el intento de no separar la expresión artística, ya que la de los artistas no profesionales son también válidas y fecundas y deben ser mostradas, expuestas al mismo nivel del arte llamada normal.

Espacios que quieren ser lugares de culta meditación y de comparación con la realidad externa, haciendo más permeable el muro de aire denso y opaco que nos rodea, encerrados en nuestras sólidas certezas o en nuestros intereses.

Atravesar este muro de aire significa también enfrentarse con la realidad del mercado artístico.

Al contrario de cuanto se pueda pensar, son lugares libres de la oscura opresión del espectro de la locura. Estos espacios deberían ponerse como una unidad contextual, cultural, diferenciada de la manera de operar de las personas que puedan encontrar formas y materias artísticas idóneas para conquistar un proceso comunicativo que, en otros lugares, generalmente está cerrado a los artistas no profesionales.

Si el arte es considerado un sistema para transformar las relaciones en el mundo, estos espacios nacen como un sistema energético para transformar “islas solitarias” en “archipiélagos comunicativos”.




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