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(Foto Archivo)

Reuters

Las duras críticas del Papa Francisco a la globalización y la desigualdad lo ubicaron como un líder que no teme mezclar teología y política. Ahora también está mostrando el peso diplomático del Vaticano.

El año pasado, Francisco ayudó a alcanzar un histórico acuerdo entre Cuba y Estados Unidos después de medio siglo de hostilidad.

La semana pasada, su oficina anunció el primer acuerdo formal entre el Vaticano y el Estado de Palestina, un tratado que le da peso legal al reconocimiento de la Santa Sede a un Estado palestino de facto pese a un claro rechazo israelí.

El Papa incluso se refirió el mes pasado en Turquía a la masacre de hasta 1,5 millones de armenios a principios del siglo XX como un “genocidio”, algo que Ankara niega.

Después del pontificado encerrado en sí mismo de su predecesor, el Papa Benedicto XVI, Francisco ha vuelto de alguna manera a la diplomacia activa del Vaticano practicada por el trotamundos Papa Juan Pablo II, a quien se le reconoce haber ayudado a poner fin a la Guerra Fría.

Gran parte de su esfuerzo se ha concentrado en mejorar las relaciones entre las diferentes creencias y proteger a los cristianos atacados en Medio Oriente, una clara prioridad para la Iglesia Católica.

Sin embargo, en un mundo cada vez más fracturado geopolíticamente, su diplomacia está menos alineada a un lado u otro en una disputa mundial entre bloques en competencia que durante el papado de 27 años de Juan Pablo II.

Esto se ve reforzado por su estatus como el primer Papa de América Latina, una región cuya historia turbulenta, pobreza extendida y una relación de amor-odio con Estados Unidos le ha dado nociones políticas completamente diferentes de las de cualquiera de sus predecesores europeos.

“Con este Papa, la política exterior del Vaticano mira al sur”, dijo Massimo Franco, un prominente analista político italiano y autor de varios libros sobre el Vaticano.

RIESGOS DIPLOMÁTICOS

Con muchos católicos conservadores descontentos sobre el enfoque del Papa en temas como la injusticia económica y su tono relativamente tolerante sobre asuntos sociales sensibles como la homosexualidad y el estatus de los divorciados, sus pronunciadas visiones sobre temas diplomáticos delicados podrían causar más divisiones en la Iglesia.

Este es un punto en el que será particularmente evaluado en septiembre cuando visite Estados Unidos. Después de ayudar a lograr el año pasado un acuerdo para revivir las relaciones diplomáticas entre La Habana y Washington, Francisco despertó críticas de católicos conservadores estadounidenses, entre ellos Francis Rubio, candidato a la nominación presidencial republicana.

Rubio, hijo de inmigrantes católicos y católico practicante, evitó reprender directamente al Papa, pero dijo que debería “tomar la causa de la libertad y la democracia” en Cuba.

Este tipo de críticas veladas de un político que normalmente sería considerado un firme aliado de la Iglesia refleja un malestar mayor que algunos católicos sienten sobre el cambio que Francisco ha realizado en una de las instituciones más conservadoras del mundo.




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