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Ana
Isabel Laguna

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@anaisabellaguna

Para esta fecha, el gobierno había prometido
que no habría problemas con los alimentos. Pero todavía, Luis Alberto Yudex, de
22 años, sigue apostándose desde las dos de la madrugada a las afueras del
Bicentenario de la avenida Bolívar de Valencia. Alquila sillas –por 15 Bs- a
quienes empiezan a formar  las megas
colas, donde se les hace el mediodía. Hasta el taxista Juan Carlos Rubina ha
dejado su oficio por lo costoso de los repuestos de su Malibú y allí vende
jugos y cigarrillos. Ambos han pasado a formar parte de las 120 mil personas
que están en la informalidad en Carabobo, según datos de Fedecámaras.

Contrario a la promesa oficial, la escasez
sigue acentuándose; según Datanálisis ya roza el 80%. La cruda realidad es
evidente: kilométricas colas en donde se expenda alimentos o bien de primera
necesidad; más de 60 detenidos y un muerto en hechos violentos en estas
aglomeraciones, que la ciudadanía observa como “normales”; al igual que los
“disparos al aire” para “organizarlas” por parte de los militares que
resguardan estos recintos, donde la desesperación y la impotencia se
entremezclan.

Son las condiciones que han atizado los 76
intentos de saqueo y los 56 materializados en diversas partes del país, en lo
que va de año, reporta el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social.
Esta ONG contabiliza 6 “microestallidos” en Venezuela, debido a la tensión
generada por la escasez, el desabastecimiento y la impunidad.

-Son signos muy preocupantes de
desesperación por tantas horas en una cola y expresan así su descontento,
sostiene el presidente de Fedecámaras-Carabobo, Damiano Del Vescovo.

“Justo cuando iba por el segundo paquete
de pasta que me correspondía, otra señora lo agarró y empezamos a forcejear, se
nos reventó y para ninguna de las dos”, dijo furiosa Lina Bravo cuando salía de
un supermercado en La Isabelica, al sur de la ciudad. Mientras Yenifer
Fernández aguardaba desde las 7 de la mañana en otra cola, donde en horas del
mediodía se tuvo que ir sin nada, luego que efectivos de la GNB anunciaran que
no había ningún producto regulado.

Para el especialista en opinión pública y
comunicación política, Gabriel Reyes, hay quienes suponen diversas hipótesis
como la orquestación o politización de estas manifestaciones, pero –a su
juicio- son erradas. Ninguna se ha comprobado. “El abordaje social más objetivo
es que hay causas y efectos: Hay un país cada vez con más pobres, un poder
adquisitivo mermado, escasez e inflación. La gente quiere hacerse de sus bienes
de subsistencia posible y no puede, generándose un estado de neurosis
colectiva”.

(Foto Andrews Abreu)


Continuo
Sufrimiento

El psicoanalista Adrián Liberman coincide
en que estamos “al colmo de la paciencia”, ante una situación que no tiene nada
de soportable, ni de normal. “Es una atmósfera de maltrato y de continuo
sufrimiento de la población. Y a veces, momentos de alta intensidad emocional
no pueden ser metabolizados por el aparato psíquico, por la mente”.

Se ha llegado al punto en que se tiene el
dinero, que no es mucho, pero no el bien: La leche para el bebé, las toallas
sanitarias para la mujer o la medicina para el enfermo. Entonces, se generan
estados de desesperación que tienden a ‘colectivizarse’. Ya no es uno, sino
varios padres buscando “Atamel” para su hijo con fiebre o buscando leche para
el tetero. “Es ese momento del contagio de las tragedias individuales que
pueden convertirse en una reacción colectiva”, reflexiona.

Pero no todos encauzan sus sentimientos de
la misma manera y hay grupos que pierden las perspectivas del orden público,
como lo acontecido en San Félix o en Sinamaica, Zulia, observa Reyes, quien
reconoce que el gobierno tiene que actuar reprimiendo, para garantizar su
propia subsistencia y lo hace a través del miedo.

El analista conceptualiza la realidad como
un estado de “entropía social”, nacida de la precariedad. Después de 16 años de
un mismo gobierno que creó grandes expectativas en los desposeídos, ahora
están  en un estado de mayor precariedad
sintiéndose burlados, porque ni siquiera pueden garantizar la comida.

Y aunque el gobierno insiste en que este
ambiente de escasez y de tensión social lo genera el sector privado, para Del
Vescovo el 70% de las personas no cree en la guerra económica. “Generamos 8 de
cada 10 empleos formales, por lo que esta tesis no ha calado en la
colectividad”.

Según Fedecámaras, el 80% de los venezolanos
piensa que el gobierno debe resolver este problema con el sector privado. “Es
lo que estamos haciendo y proponiendo. Entablar un diálogo concreto y sincero
con ánimos de cambio para la toma de medidas necesarias, aunque dolorosas, como
reducir el déficit fiscal, con una disciplina del gasto público, eliminar el
control cambiario y la ley de precios justos, devolver aquellas empresas
expropiadas que no están produciendo a sus legítimos dueños. Es la única forma
de abastecer los anaqueles y combatir la inflación”.

¿Y qué le podemos sugerir a la ciudadanía?
“La indignación es uno de los recursos más poderoso como herramienta de
cambio.  Bien llevada y sostenida, con
foco y propósito, implica también responsabilidad, un nivel de autocritica
pensando cómo cada uno de nosotros se construyó esta crisis, porque  todos hemos participado por acción u
omisión”, recomienda el psicoanalista Liberman

Latinoamérica está llena de precedentes de
este tipo de crisis: En Chile con Allende; la revolución sandinista en
Nicaragua y las dictaduras militares en el cono sur de los años 70 y 80.
Períodos extensos de represión, conllevaron a consecuencias caóticas, de
carestía, inflación, exilio y sufrimiento.

Y si estos
países ahora viven otra realidad, significa que hay esperanzas. “Se necesita un
proceso de reflexión y de autocrítica, no para la venganza, sino para
comprender las herramientas disponibles para rescatar el potencial de este país
maravilloso, que late debajo de esta capa de miseria y oscuridad que nos separa”.




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