(Foto Archivo)

AFP

Con su obsesión por buscar la rosa perfecta, los creadores de rosas se han olvidado del aroma, un criterio que los países productores de África y América Latina han relegado al segundo plano.

“De 1930 a 1980, era necesario que las rosas fueran como [cristal de] Baccarat, en forma de cono, con pétalos que se abrían delicadamente. Las flores en forma hélice de avión estaban de moda”, cuenta Maurice Jay, presidente de la Sociedad Francesa de Rosas, que promueve la rosa desde hace más de un siglo.

Pero ahora, en los rosales de jardín “se vuelven a ver pétalos más arrugados, con una epidermis fina que deja escapar el aroma”. La rosa clásica “tiene distintos perfumes, pero es un caso excepcional. Es en este sentido que Only Lyon [una nueva rosa presentada en el Festival Internacional de la Rosa de Lyon] es un verdadero éxito”, explica Jay.

Su creador es el francés Arnaud Delbard. Desde hace tres generaciones su familia produce frutos y rosas en Malicorne (centro de Francia), buscando la rosa perfecta, que conjugue criterios estéticos (grandes pétalos y tallo alargado), técnicos (resistencia al transporte, el frío) y “sentimiento”, es decir olor.

Los Delbard crean una 150.000 variedades nuevas de rosa al año, de las que solo conservarán un pequeño número porque las redistribuyen después a los países cultivadores en forma de royalties.

Francia, y en particular la región de Lyon, es uno de principales países cultivadores de rosas (más de 3.000 variedades nacen a orillas del río Ródano, en Lyon).

Fue aquí donde en 1849 Jean-Baptiste Guillot creó “La France”, la primera rosa nacida de las mezclas de té, que da una enorme rosa solitaria al final de un largo tallo, el Santo Grial de las flores clásicas.

A finales del siglo XIX, Joseph Pernet-Ducher consiguió tras 13 años de investigación la primera rosa amarilla de la historia, llamada “Sol de oro”. Los anglosajones le llamaron entonces “el mago de Lyon”.

Francia sigue al frente del cultivo de nuevas variedades de rosas de jardín. Una actividad lenta que requiere al menos entre cinco y seis años para dar a luz una nueva flor.

– El aroma, una variable más –

En Malicorne, Arnaud Delbard estudia posibles asociaciones en una colección de miles de rosas (de China o Irán), blancas, fucsias, amarillas…, con aromas de litchi, almizcle, melocotón, rosa…, de largos tallos, más o menos espinados, de flores que se abren en hélice, en gajos…

Finalmente, Delbard elige dos variedades. Después, Catherine Morge, investigadora en Malicorne desde hace 20 años, “castra la rosa” quitando los pétalos y los estambres para despejar así el pistilo, antes de rellenarlo con polen de otra variedad. De esta unión nacerá un fruto que contiene decenas de semillas, que serán a continuación plantadas y probadas durante varios años.

Durante este lento proceso, el aroma solo es una variable más porque los países productores de África y América Latina quieren ante todo “plantas que consigan proezas técnicas”, admite Arnaud Delbard.

La producción de la mayoría de flores cortadas se encuentra deslocalizada en Ecuador, Colombia, Kenia o Etiopía, aunque aún subsiste en Francia en algunos invernaderos de le Var (sureste).

“Para producir rosas en Francia todo el año haría falta calentar y dar luz varios meses al año, lo que costaría demasiado económicamente y medioambientalmente”, asegura Delbard.

Evidentemente, producir en países tan lejanos implica tener flores que aguanten el transporte, con pétalos resistentes. Ahora bien, el aroma, que proviene de la descomposición molecular de pétalos, sale mejor en pétalos blandos. Por eso es imposible conciliar la producción tan lejos y el aroma, dice Delbard.

En este sentido, la nueva rosa Only Lyon, producida en Kenya y en Colombia y que simbolizaría el cultivo de rosas de la región francesa, es una excepción prometedora, un clásico vestido de blanco y rosa, con aroma a… rosa. 




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