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Invertir cinco minutos en una caja y cancelar una compra es un recuerdo lejano para muchos ciudadanos, así como Manuela Delgado, ama de casa, quien confesó que no recuerda la última vez que compró algo sin hacer colas. 

Delgado consideró que hacer cola es hoy un mal cotidiano. “Después de la muerte, ver una cola es lo más seguro que vivirá cualquier venezolano”, ironizó la mujer, mientras tapaba su rostro con un cartón para cubrirse de la resolana. 

Así como ella cientos de personas esperaban en fila a que les llegara el turno de comprar dos cremas dentales, dos paquetes de harina precocida y dos paquetes de arroz en un establecimiento comercial de Naguanagua.   

Darwin Rojo conserva un recuerdo vago. La última vez que no hizo cola fue para comprar un refresco en un automercado. “Hoy todos estamos sometidos a estas colas. Sean mujeres, ancianos, discapacitados o compres cualquier cosa”, sostuvo. 

Los valencianos están condenados por su terminal de cédula, sentenció Carla Rivero. Cada ocho días debe concurrir a los mercados cercanos y ver qué consigue. En promedio invierte unas cinco horas en cola y puede visitar hasta tres abastos el mismo día.  

Rivero es abogada y entre sus ocupaciones no puede dejar a un lado hacer colas. (CB)




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