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Eduardo Monzón

El orgullo de ser venezolano se concreta en la Gran Sabana, tierra de gracia dueña de una indiscutible belleza, capaz de cautivar a visitantes de todas partes del mundo. Las palabras parecen pocas para describir las maravillas naturales, los extraordinarios paisajes y las diversas sensaciones que vive el viajero en esta zona. Es un destino privilegiado para desarrollar el turismo de naturaleza.

El Parque Nacional Canaima cuenta con una superficie de 30 mil kilómetros cuadrados, el segundo más grande de Venezuela y uno de los más extensos del mundo. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1994.

El parque es guardián de extensas sabanas, largos ríos, numerosas caídas de agua, exuberante vegetación y los tepuyes, que son formaciones geológicas milenarias y únicas en el mundo. Todo brinda espectáculos irrepetibles, rodeados de magia y misticismo, propios de la etnia pemón, anfitriona de la zona.

El extremo oriental de Canaima es el más sencillo de explorar, ya que es atravesado por la Toncal 10, vía que abre camino hasta Santa Elena de Uairén. Esta es una carretera en perfectas condiciones que cuenta con detalladas señalizaciones frente a cada sitio de interés en la Gran Sabana.

Una de las mejores formas de estar en contacto genuino con la naturaleza, es darse un baño en algún río. Los de esta región del país son sin duda la mejor opción. Sumergirse en estas aguas es llenarse de energía poderosa que trasciende, restaura el cuerpo y el alma, además de disfrutar de vistas paradisíacas.

Adentrada en la Troncal 10, en el kilómetro  237 se encuentra Arapán-Merú, mejor conocida como la Quebrada Pacheco, una magnifica caída de agua, lugar perfecto para refrescarse y dejarse golpear por los chorros fríos que caen indetenibles para activar cada centímetro del cuerpo. En el lugar se puede pernoctar en churuatas y hay diversos servicios turísticos.

Adrenalina y diversión


En el kilómetro 244 está el balneario de Soroape, uno de los puntos más visitados por los temporaditas, que instalan sus carpas a lo largo de un extenso río con variedad de caídas y pozos de distintas profundidades, perfecto para tomar baños relajantes y escuchar el sonido del agua golpeando las piedras.

En el lugar hay una pequeña colina, ideal para subir a disfrutar de la vista imponente de la cadena de tepuyes. Los más visibles son el Roraima y el Kukenán. Más adelante hay un tobogán natural, en el que puede deslizarse en medio de la fuerza del agua por inmensas piedras rojas. Adrenalina y diversión aseguradas.

El puente sobre el Río Yuruaní se cruza en el kilómetro 247, se puede observar a poca distancia al Arapena-merú, conocido como el Salto Yuruaní, una caída de agua apoteósica, de belleza impactante. En la cascada de varios metros de ancho el agua de colores intensos se desplaza velozmente, dejando a su paso el resonar poderoso de su fuerza. Hay guías especializados con los que se puede realizar una caminata por detrás del salto y practicar body rafting, una actividad de alto riesgo que solo debe llevarse a cabo asistido por expertos y con los debidos equipos de seguridad.

Más abajo de la caída el agua es más serena, buena para tomar un baño que es lo más parecido a un elixir milagroso. La experiencia hace perder la noción del tiempo. Solo hay espacio para la felicidad, que parece interminable en medio de un lugar alucinante.




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