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Pbo. Alfredo Fermín Vivas || @padrealfredof

¡Feliz Año para todos los lectores de esta columna! Después del nacimiento de Jesús, Mateo presenta un episodio muy curioso dentro del marco de la historia de la infancia del Niño Dios. No sabemos cómo pudo haber sido su reacción cuando, ya con uso de razón, sus papás se lo contaban como anécdotas de familia. La historia tiene como protagonistas a unos señores identificados como magos. 

Esa palabra describe a hombres de ciencia del lejano oriente, quienes habían estudiado en su cultura la expectativa de la llegada de un hombre misterioso, tal cual como las profecías del pueblo de Israel, pero en otro orden de ideas. Estas coincidencias fueron guiadas por Dios para provocar el hermoso encuentro. 

Semanas de camino pasaron hasta llegar a encontrar un pueblo de Palestina que, según sus investigaciones, tenía relatos de un rey que todavía debía nacer. La sorpresa se apoderó del rey Herodes, quien organizó una junta de guías espirituales para aclarar la cuestión. 

Se desempolvó la profecía que indicaba a Belén de Judá como la ciudad privilegiada para recibir al Rey de los Judíos, y fue allí cuando Herodes comenzó su plan macabro de preservar su poder a costa de lo que fuese necesario. 

La mentira y la hipocresía no se ocultaban de su rostro; estaba gestándose, para la historia, un gran asesino y, salvando las distancias, se perfilaba como el gran “patrón” de los promotores y defensores del aborto en el mundo de estos últimos siglos. 

Los magos siguieron la estrella, hasta que notaron que se paró sobre el sitio donde estaba el Niño. El Evangelio puntualiza que en ese momento se llenaron de inmensa alegría. 

Entrando en la casa, vieron al bebé con su madre, y el texto usa el verbo “postrarse” en clara alusión al reconocimiento ante la persona de Dios, según el uso propio que, de esta palabra hace la Biblia en sus dos Testamentos. 

Los regalos están cargados de gran significado. Oro era el don más apreciado en la antigüedad; el incienso era uno de los elementos del culto, porque el humo “subía a Dios”; la mirra, según la mentalidad antigua, tenía propiedades curativas. 

Todo esto la tradición cristiana lo traslada a Cristo y lo interpreta como el gran regalo para toda la humanidad, que se ofrece también a Dios y que vino para sanar-salvar al mundo.  

No perdamos de vista que aquellos hombres nos enseñan que no hay contradicción entre ciencia y fe. Comenzaron usando la razón, terminaron adorando a Dios. 




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