Ambientalistas denuncian que en el país operan mafias organizadas dedicadas al saqueo de la fauna silvestre. (Foto Archivo)

Luis Felipe Hernández || @Infelipe_

En el centro de Valencia está Benito. Vende pollitos en plena acera. Confiesa que los pinta para que sean llamativos. Minutos después un niño le pregunta a su madre por qué las pequeñas aves no viven con sus mamás. Ella, sin respuesta alguna, se limita a sonreír tímidamente. El vendedor responde: hijo, hay gente en el mundo que hasta tiene elefantes. Su interlocutor con mirada atónita se retira con una posible y futura pregunta: ¿Por qué venden animales?

El tráfico de fauna silvestre es un hecho. Se evidencia al caminar en calles invadidas por el comercio informal o conducir en autopistas desoladas. Incluso es el tercer negocio ilícito más importante del mundo. Solo superado por el tráfico de drogas y armamentos, considera a coordinadora de Animanaturalis-Venezuela, Bianca Castillo. “Justamente por ser ilegal es difícil cuantificar una cifra exacta de cuánta es la ganancia, pero para tener una idea estimada podemos tomar las cifras de la Interpol, un valor de más de 10 mil millones de dólares anuales y Venezuela no escapa de ello”.

Castillo considera que Venezuela es diversa en especies animales vulnerables a la extracción ilegal en estados como Amazonas, Apure, Bolívar, Delta Amacuro, Sucre, Mérida y Zulia. “Las áreas más remotas lo serían más ya que monitorearlas se hace complicado”. Es por eso que el manatí, oso frontino y cunaguaro están amenazados o en peligro de extinción.

Mafias organizadas

Elio Ríos, del grupo ambientalista Amigos del Bosque, admite que luchar contra el tráfico de animales es una tarea peligrosa. “Son muy organizados”. Es la frase que Ríos acentúa con rigor. Pues los traficantes tratan de lidiar con especies fuertes y peligrosas dentro de vehículos que luego deben pasar desapercibidos en las alcabalas. “Espero que nunca esté mediado la corrupción interna en la vigilancia”.

A pesar de eso, siempre se busca la forma de encontrar alguna información que determine quienes son los culpables. “Es un peligro pero buscamos la manera de superarlos”. Estima que un ave exótica puede ser vendida de mil a veinte mil bolívares o un mono de diez mil a 30 mil.

Gouryuria Petrolanda, de la Fundación Plumas y Milagros, expresó que Carabobo es una región que no escapa del problema. “Las aves tienen demanda. Las capturan en Yaracuy, Cojedes y en el municipio carabobeño de Bejuma. De hecho solo 40% de ellas sobreviven”. Los encargados del negocio en la entidad las venden en puentes como Los Samanes, Santa Rosa, Boquete, Los Colorados e incluso frente al Acuario de Valencia. “Es más fácil para él utilizar a menores de edad para que las autoridades sean condescendientes”.

Actuación del Estado

El tema no es nuevo. En 1970 se aprobó la Ley de Protección a la Fauna Silvestre cuyo primer artículo se rige en proteger y “aprovechar racionalmente” los productos de animales. Castillo expresa que en el texto legal hay especies amenazadas o en peligro de extinción que siguen estando en la lista de animales de caza cuando debería de prohibirse y ser especies sujetas a conservación.

En la memoria y cuenta del Ministerio Público se pueden encontrar algunas cifras. Por ejemplo se incautaron entre 2013 y 2014, dos mil 62 especímenes en distintos estados del país que fueron devueltos a su hábitat natural. Aparte se liberaron 30 mil 310 tortuguillos, 38 mil 60 tortugas marinas, 434 ejemplares de caimanes del Orinoco, y 40 morrocoyes con una inversión de 3 millones 332 mil bolívares.

Especies en la mira

Los tres ambientalistas manifiestan que las especies exóticas son traficadas por su belleza. Pero otras por sus productos naturales. En el caso del jaguar -explicó Castillo- todo comenzó por el tráfico de su piel y por ser considerado plaga para los ganaderos. La coordinadora de Animanaturalis da una cifra: De 1968 a 1970 se registraron 152 pieles para exportarlas hacia Estados Unidos. “No se le sumaron las pieles extraídas por contrabando. Tampoco hay registros actuales”.

Petrolanda expresa que en Carabobo hay un tráfico ilícito de psitácidos (loros, guacamayas, cotorras, y pericos). El método de captura se basa en talar un árbol o subirse a él para sustraer a las crías o, en algunos casos, asesinar a las madres. Luego los sumergen en agua oxigenada “para que luzcan más exóticos”. El tiempo de agonía para estos animales, es de unos nueve días. Desde Venezuela se extraen unos 70 mil ejemplares al año.

Uno de los casos que más le preocupa al ambientalista Elio Ríos, es el de la Laguna Los Olivitos, en el estado Zulia. Allí habitan los flamencos. Especie predilecta para el delito que por unos bolívares, se trasladan en piraguas para comprar los pichones capturados y luego venderlos al exterior por dólares.

Este negocio no se detiene. Los ambientalistas argumentan que la educación como herramienta de cambio es fundamental, un trabajo difícil mas no imposible. Niños como aquel que cuestionó a Benito en el centro de Valencia, son un aliento que combate el deseo de posesión, mal que la sociedad ha adoptado y su erradicación, debe materializarse en los próximos tiempos. La denuncia es una herramienta. Por lo tanto se puede acudir a la sede Regional de la Guardería Ambiental de la Guardia Nacional Bolivariana más cercana.


(Foto Archivo)




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