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Daniel
Pabón

Cambiaron
los tiempos y con ellos las demandas hacia los medios. Pero nunca, como con el
digital, la verdad había evolucionado tanto. El comunicólogo argentino Carlos
Scolaria punta que la digitalización está modificando el entorno laboral y los
actores de la comunicación social.

Lawrence Gobright, corresponsal de la agencia AP en
Washington, apenas alcanzó a verter esto sobre el telégrafo:“El Presidente fue
baleado en un teatro esta noche y se cree que esté mortalmente herido”. Era el 14
de abril de 1865, cuando asesinaron a Abraham Lincoln. Lo curioso es que, siglo
y medio después, los 87 caracteres del primer lead de la historia caben en un
mensaje de Twitter.

La verdad no cambia, sino que evoluciona. “¿Y qué es
la verdad?”, le preguntó Poncio Pilato a Jesucristo. Se trata de una de las
incógnitas más espinosas de despejar. El teórico francés Michel Foucault aproximó
que, en las sociedades occidentales, la verdad se centra en los sistemas de
poder que la produce no mantienen, como el Estado, las universidades y los
medios de comunicación.

En los medios el periodista no engendra verdades,
sino que, como intérprete de la realidad, representa verdades a través de
palabras, fotografías, sonidos y videos. Párese frente a una ventana y obtendrá
una visión enmarcada de un paisaje. Nárrelo y estará imprimiendo una verdad,
aunque más allá de los bordes haya otros elementos inapreciables. Las noticias,
empaques de verdades convertidas en informaciones, son como las ventanas.

Como la luz, aflora un hecho noticioso. Alguien que
lo atestigua lo escribe en Twitter. Otro, con cámara en el celular, lo
fotografía para Instagram. El comunicador, que lo escruta desde la teoría del
periodismo, debe deshojar una visión más inmediata para un sitio web y luego
otra más interpretativa para el impreso de mañana. Al final del día puede que
el hecho sea “periódico de ayer”, antes de haberse siquiera prendido las
rotativas.

Aparece, en ese reconfigurado espacio público, la
inédita posibilidad de que la gente produzca contenidos desde sus tecnologías
de información y comunicación, y ya no solo espere sentada los burocráticos
tiempos de los medios para consumirlos. Unos los llaman “prosumidores”. Y
otros, más atrevidos, le han puesto la etiqueta de “periodismo ciudadano”, por
su capacidad de registrar acontecimientos en lo inmediato.

Cada día se envían más de 500 millones de trinos por
Twitter. Facebook llegó a 1.500 millones de usuarios. Como escriben los
teóricos españoles Félix Ortega y María Luisa Humanes, al final tantos datos
deben ser descifrados por alguien. ¿Qué pasa si un tuitero común miente? Como
mucho, cerrará esa cuenta y abrirá otra. ¿Y qué ocurre si un periodista o medio
de comunicación mienten?

La respuesta pasa por una aclaración: antes de
divulgar, el periodista y el medio acuden, confirman, reconfirman, se aseguran.
Suman, así, otro ladrillo a una pared de credibilidad construida con las bases
del tiempo. “Como sea que las redes evolucionen, no nos parece que de ello se
desprenda el declive del periodismo”, zanjan Ortega y Humanes. “Las redes no
suplantan la necesidad de encontrar sentido a la realidad”.

Descartada la idea de que los nuevos acabarán con
los viejos, Andrew Hoskins y Ben O’Loughlinhablan de “medios renovados”: los
tradicionales, dada su centralidad en la vida política de las naciones, son
todavía medios importantes, mainstream,
dominantes; aunque esté cambiando su naturaleza en términos de sus canales de
entrega de información, sus prácticas laborales y hasta sus audiencias. En dos
platos: los mismos, pero diferentes.

La realidad, antes contada al compás de un
telégrafo, ahora se digitaliza en combinaciones de ceros y unos. El periodista
se está convirtiendo en un minero de Internet: escarba, separa la propaganda de
la información y, con sus herramientas, descubre y cuenta verdades.

Si ese pico de minero está afilado, como debe
estarlo el de los medios de comunicación de línea editorial independiente, el
periodista hallará piezas que aporten al cambio social, al desarrollo de los
pueblos y a la salud democrática. Si viene amellado por el poder político, no
saldrá a la superficie social sino un despropósito. La verdad es, por tanto, un
tesoro que solo los verdaderos encuentran.




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