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Luis Vicente León || luis@luisvicenteleon.com

La oposición concretó el triunfo que se esperaba, aunque también ocurrió la reducción de la brecha que las encuestas registraron al final de la campaña. La oposición ganó con 16 puntos porcentuales, cuando llegó a estar en 30 en la precampaña. Pero el chavismo toma agua de su propio chocolate y las distorsiones creadas por ellos en 2010 se voltean en su contra y permiten que la oposición, con 57% de los votos, crezca hasta 67% de los diputados. 

Pero, luego del triunfo opositor quedan más preguntas que respuestas: ¿Y ahora qué?  ¿Se lograrán acuerdos o se irá por el barranco del conflicto de poderes? ¿La oposición podrá presionar cambios o el Gobierno intentará bloquearla usando su control férreo en el resto de las instituciones? que, por cierto,¿Seguirá siendo tan férreo después de la derrota? 

No pretendo dar respuestas a todas estas preguntas, entre otras cosas porque no las tengo.  Pero comparto algunas preocupaciones. 

Durante los últimos años el país se desacostumbró a la necesidad de negociación para dar gobernabilidad al país. El chavismo se convirtió en un tren que tenía frente a sí solo algunas bicicletas. Usó su fuerza y no dudó en aplastar cualquier cosa que se le pusiera al frente. Pero pensó que su poder incuestionable duraría por siempre. 

El problema es que se le fue su conductor principal; el suplente no es tan hábil como el anterior; la prepotencia los llevó a cometer graves errores y se negaron a rectificar; sus abusos unificaron al adversario y la población presionó la integración de las bicicletas y las convirtió, por el voto popular, en un tren alternativo con el mandato concreto de controlar al otro, idealmente sin chocar con él. 

¿Se resolvió con esto el problema? No todavía. Cambió la situación, hay nuevos poderes en juego y nada será como antes, pero no podemos aún estimar el desenlace. La mayoría calificada de la oposición solo funcionará si se logra mantener al 100% su articulación. El Gobierno podría abrir un poco el compás y negociar cambios básicos para garantizarse la gobernabilidad, pero también puede embestir con su tren al otro, poniendo de gasolina su control institucional sobre el  TSJ y el que tiene sobre las armas del país. 

No me queda claro si su control futuro sobre estos instrumentos será tan fuerte como en el pasado, luego de una derrota que debilita su relación directa con la gente, pero si lo tiene y lo usa, la pregunta entonces será ¿qué hará la oposición? Puede que al principio no quiera conflicto y busque presionar acuerdos sobre aspectos claves del país, pero si se encuentra cercada y despreciado el poder y la responsabilidad que le otorga y le exige  la Constitución, podría no quedarle otra vía que concentrarse en las acciones legales conducentes a sacar al Gobierno del poder (referéndum, asamblea constituyente, destitución de ministros y magistrados, juicios políticos)  y también en la defensa de sus derechos legítimos por la vía que corresponda. 

Si los dos trenes entienden que un choque entre ellos  terminará con un desastre en ambos lados quizás privilegien la necesidad de acordar. Pero si no, el conflicto está garantizado y no sabemos cómo será el desenlace final. Ojalá todos privilegien la racionalidad. 




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