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“Los bárbaros que todo lo confían a la fuerza y a la violencia, nada construyen, porque sus simientes son de odio”. José Martí

Es tal la magnitud del cinismo y el descaro, de la burla y la  más abyecta ironía de este perverso régimen, que, en su totalitario proceder ahora pretende, mediante una “Ley contra el Odio”, restringir aún  más la libertad de expresión, de  criminalizar  los pareceres o legítimas manifestaciones de disenso político, al enfilar, precisamente, sus baterías cargadas de odio, contra  las redes sociales.

Este asunto del odio ya lo hemos puesto en el tapete en otra ocasión, pues se trata de un sentimiento que acompaña al régimen que nos desgobierna, desde sus cimientos, tal como recientemente lo recordaba Jesús Loreto C, al citar al historiador Elías Pino Iturrieta: “…En épocas de paz como las que se han vivido desde 1958, apenas estorbadas por capítulos contados de violencia, jamás el odio se convirtió, como en la época presidida por Chávez, en palanca capaz de mover multitudes. Pero el odio es piedra que va y viene, cuchilla envenenada que se devuelve. Nadie lo monopoliza para que marche únicamente en la dirección proyectada por su fundador, para que solo destruya a un tipo único de individuos”… ¿O acaso ya olvidamos lo de “freír las cabezas de los adecos”?

Odium es la palabra latina que parece haber dado origen al término odio. Odium est ira inveterata, el odio es ira inveterada, sostenía Cicerón. Se dice que el odio es la venganza de un cobarde intimidado, que es la cólera de los débiles, que es el miedo saliendo a flote. De acuerdo a los estudiosos del tema, el odio es un fenómeno degenerativo, una forma negativa del amor; corresponde al campo de las pasiones; no es, pues, cosa de la razón sino que tiene sus raíces en la esfera de la irascibilidad. Cuando se odia, no sólo se manifiesta el desacuerdo con el otro, sino que también se implica que no hay otra posibilidad que la de usar la violencia para aniquilarlo por la fuerza como primera opción, sin que la razón importe.

Existen en el pasado acontecimientos en que el odio ha desempeñado un papel importante, como las guerras de religión, las persecuciones de los judíos y de otras minorías, y entre los motivos desencadenantes aparecen el nacionalismo exagerado, el abuso de la religión y el abuso de las ideologías ya que hay individuos que se aprovechan de las ideologías para desplazar los problemas desde el campo de la razón al de las emociones; apelan a los instintos bajos de las masas y consolidan prejuicios para inculcar con más fuerza las ideologías en las masas. Y así lo hemos sentido desde hace tres lustros, en cuyo recorrido, más que preconizar la lucha de clase, el marxismo vernáculo ha inculcado el odio de clases.

Václav Havel, valiente luchador antitotalitario (intelectual, dramaturgo, y ex presidente de la república checa), en sus Discursos Políticos nos dejó una brillante reflexión sobre el origen del odio:…”He observado que quienes odian acusan a los que le rodean – y a través de ellos al mundo entero – de ser malos. El origen de su disgusto lo constituye la sensación de que los hombres malos y el mundo malo les niega lo que les pertenece… El odio entraña un gran egocentrismo… Anhelando la auto confirmación absoluta y no encontrándola, quienes odian se sienten víctimas de injurias pérfidas, malévolas y omnipresentes que deben ser eliminadas, para que al final, la justicia pueda abrirse paso. Naturalmente se trata de una justicia, según ellos la conciben, a su servicio: la entienden como la obligación del reconocimiento que se les debe por algo imposible, o el derecho que tienen a disponer de todo el mundo…”

Con este burda artimaña leguleya lo que se propicia es más odio…

Odio utilizado como estrategia política, odio como catalizador que activa rencores y mediocridades, odio como pulsión brutal, odio como un disuasivo poderoso para estimular la abstención y para darle argumentos a los abstencionistas, odio en las irritantes arengas que el madurado odio espera sean seguidas como órdenes, que no son otra cosa que una semilla de rabia, de hostilidad, de enfrentamiento, pues en eso ha consistido la trayectoria de esta absurda revolución: una reacción frustrada, un sentimiento mutilado que crece y fermenta odio y más odio; pues cuando  se odia, además de manifestar el desacuerdo con el otro, también se implica que no hay otra posibilidad que la de usar la violencia para aniquilarlo por la fuerza como primera opción, sin que la razón importe… 

El odio sólo puede ser superado si al ciudadano se le ofrece como meta de vida algo superior, meta que este odioso régimen, por su incapacidad, inmoralidad y ruindad…jamás podrá alcanzar.

Manuel Barreto Hernaiz

 




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