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La violencia conlleva una intervención física y una intención: destruir, dañar, coartar. Es conocida la teoría de la triple violencia: la implantada, la reactiva contra ella y la represiva contra esa reacción. Pero no suele decirse que la cadena no se acaba ahí. Por lo general solo se vuelve a comenzar. La violencia tiene efectos miméticos contundentes: cuanto más se la quiere eliminar, más se la alimenta.

Para el régimen, “violencia” son aquellos actos que siente amenazadores para su poder porque no los puede controlar y ponen en evidencia su fragilidad y lo turbio que resultó este pendenciero asalto que intentó el forajido TSJ contra la Asamblea Nacional. Ahora realizan acciones para acallar las protestas cívicas en los cuatro puntos cardinales del país.

Por tal razón, no se conforma con la burla y los acostumbrados improperios e insultos, sino que pasa a la acción violenta, en la más pura postura totalitaria. El régimen se encuentra ahora prisionero de los propios demonios que ha ido desatando.

Tanto la Guardia Nacional Bolivariana como la Policía Nacional Bolivariana son el aparato militar mediante el cual se sostiene ese modelo de represión y control del régimen, ayudados por unos asesinos motorizados que de la manera más vil han enlutado numerosas familias en pocos días ; a saber, este cuerpo militar está disponible no para defender una ciudadanía exhausta de un imparable desbordamiento de la delincuencia , sino para garantizar que el modelo de injusticia que representa este perverso gobierno pueda atornillarse en el poder.

Luego, la brutalidad de estos despiadados seres, expresada como el uso arbitrario y desmedido, no es un acto aislado de unos militares fuera de control; es una política de Estado de este régimen tan ruin.

A medida que se deteriora la situación económica del país y aumenta la resistencia popular al régimen, en esa misma medida irá aumentando la intolerancia del régimen, la represión, la persecución de sus enemigos y la pérdida de derechos políticos de los venezolanos

Helos allí pues, sembrando el miedo, para disipar el terror que ya les alcanza, a sabiendas que no les quedan muchas opciones para evitar el ineludible desenlace que ya les alcanza.

Todas las acciones vandálicas y absurdamente amparadas, aupadas y ordenadas por el régimen tan sólo buscan neutralizar, mediante la amenaza, la agresión, el ataque y cualquier otro perverso método, la inevitable realidad de tener que entregar el poder, lo que nos obliga a recordar una vez más que el odio es la venganza de un cobarde intimidado, es la cólera de los débiles, es el miedo saliendo que les aflora.

Por tales razones, resistir activamente al régimen sigue siendo el camino, ese camino que nos conducirá a la meta para superar tanta desfachatez, corrupción e irrespeto al ciudadano, que nos llevará al objetivo definitivo: rescatar nuestro país de este totalitarismo retardatario y su recurrente aspiración por el control y sumisión de una sociedad que ya se hastió de ser pusilánime, temerosa, que ya no acepta las cosas sin querer cambiarlas; y que no permitirá que le restrinjan su libertad para sentirse segura, ya que no hay justificación moral para soportar el yugo de la coacción, la imposición o la violencia de un régimen en caída libre.

Sea propicia entonces la ocasión para repetir lo expresado un tiempo atrás: el origen del término coraje nos llega del latín cor (corazón) la palabra da la idea de poner al corazón en aquello que tengamos que hacer. Se trata de una de las más importantes y destacadas virtudes humanas. En todo momento, el miedo y el coraje han estado enfrentados. Cuando el coraje fue más fuerte que el miedo, las sociedades avanzaron y progresaron, pero cuando se impuso el miedo, se abrieron los espacios de la parálisis y del retroceso.

Persistamos entonces en la organización política y su correcta dirección, marchando, protestando y manifestando, pues se acerca ese anhelado momento en el cual el coraje y la dignidad se unen para mostrar que los venezolanos podemos y queremos vivir en paz y dentro del mayor respeto mutuo, como realmente lo merecemos. Aquí nadie se cansará de dar de sí lo necesario, pues entre todos propiciaremos ese momento que marcará el principio del fin de esta lamentable historia que no debió haber vivido nuestro pobre rico país.
Manuel Barreto Hernaiz




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